La ridícula democracia

Opinión
/ 19 agosto 2021
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De acuerdo con una nota de agencias, el 30 por ciento de la población en EU no se quiere vacunar y es más o menos la misma relación que se guarda a una escala mundial.

Así que poniéndonos tajantes y honestamente socarrones, podemos afirmar que más de 2 mil millones de seres humanos no habrían tenido ningún problema en elegir a Paty Navidad como su líder, representante, vocera o habrían al menos militado de su lado y sin empacho, en su anticientífica y negacionista causa.

Tan solo bajo este criterio, ya habríamos rasurado del padrón electoral a un tercio de los votantes nomás por zopencos.

¡Pero espere... hay más!

Tampoco es como que el 70 por ciento restante sea de puras lumbreras sólo por adherirse al bando de la razón en este asunto en particular (así es, ‘Señor/Señora Conspiranoias’, la vacunación es incuestionablemente la postura correcta y eso no lo vamos a someter a ningún debate absurdo y estéril).

Bien, como ya le digo, el puro hecho de militar del lado de la verdad tampoco convierte a nadie en eminencia de manera automática. Se puede llegar a la verdad por las razones equivocadas: Por accidente, por borrego, por indiferencia y hasta por llevar la contra; en cualquier caso, una feliz chiripada.

Creo que son poquísimos, realmente una muy delgada minoría, los que toman sus decisiones basados en datos verificables y la experiencia histórica. El grueso del género humano está (estamos), en su más amplia mayoría, condicionado por los prejuicios, emociones, sentimientos y adoctrinamientos.

En el mejor de los casos, quizás seamos competentes para tomar decisiones en el área de nuestra especialidad. Yo por ejemplo, como periodista e investigador, soy muy bueno escogiendo aguacates según el día y la hora en que piense hacerlos guacamole para que estén en su punto. Así, los poetas saben cuándo es hora de meter sus proyectos para una beca del Fonca; o los priistas cuándo es tiempo de cambiarse a Morena.

Pero en lo concerniente a las decisiones que nos afectan a todos, está demostrado que en vez del juicio utilizamos el último tramo del tour digestivo... en una amplia mayoría.

Y en eso consiste la democracia: Permitir que la mayoría de una minoría tome pésimas decisiones en nombre de la totalidad.

Mas con todo y lo deficiente, imperfecta, falible, cucha, fea, gacha, panda y jorobada, la democracia no es lo mejor sino lo único que tenemos para medio mal regularnos. Las otras dos opciones son regresar a la monarquía –y qué flojera tener que vestirnos otra vez como vasallos de la corte, con mallas y todo (y seguramente yo me vería como Woody Allen en “El Bufón”)–; y la otra sería volver a la ley de la jungla, lo que no veo del todo mal, ya que podríamos comernos a los veganos y vegetarianos y ellos no tendrían manera de objetar.

Pero de regreso a la realidad, la democracia es aunque lo dude el endeble sostén de nuestra civilización y quizás, en una mejor analogía, es la democracia la delgada y tambaleante pared que mantiene a raya a los dictadores genocidas totalitaristas.

Y no se crea que nuestros popularmente electos gobernantes no tienen algunos rasgos en común con Stalin, Mao, Idi Amin o el simpatiquísimo Tío Adolph. Cualquiera que se aplasta en el trono comienza a escuchar que sus nalgas le susurran que necesita prolongar su régimen por unas cuatro o cinco generaciones más. Y lo único que lo evita es... ¡Exacto! Nuestra vieja, destartalada y no siempre confiable democracia.

Tampoco se trague el cuento de que la democracia es perfecta en los países desarrollados y apenas un remedo parchado y de segunda en África, Centro, Sudamérica y Coahuila. En todas partes el sistema deja mucho qué desear.

Los gringos que se arrogan la patente del Mundo Libre ni siquiera eligen a sus gobernantes, sino a un cuerpo colegiado que los escoge por ellos (digo “cuerpo colegiado” y pienso inevitablemente en una “teibolera” con su uniforme escolar).

Y muy a propósito (de los gringos, no de las profesionales del tubo), estuvieron a nada de ver seriamente dañada su democracia a la salida de Donald Trump, quien a través de diversos mecanismos intentó invalidar la elección. De haberle salido su jugada, Estados Unidos estaría al día de hoy estrenándose en el nada selecto club de las dictaduras.

La idea del hombre-oso-cerdo, Trump, era colar a un incondicional en el Departamento de Justicia para que desconociera el resultado electoral, alegando diversos fraudes.

Así es, los dictadores siempre invocan las fisuras de la democracia para urgir al pueblo, no a ejercerla de una mejor manera, sino a barrerla definitivamente, con ellos como líderes absolutos (claro, porque el deber los llama, no porque sean unos malditos enfermos de poder).

Fue así que Trump sentó el precedente para que otros gobernantes cuestionaran su sistema democrático (pese a que sus respectivos gobiernos emanan de los propios organismos electorales).

Busque notas sobre cómo Jair Bolsonaro se ha convertido en un acérrimo crítico del sistema de votación brasileño, de manera que una eventual derrota en los comicios del año próximo será desde luego culpa de del organismo “que opera en su contra” y no de la voluntad popular.

Y sin ir más lejos, dígame usted, quién ha convertido al Instituto Nacional Electoral en el fabuloso enemigo de los mexicanos, al que urge sanear y reformar y de ser preciso destruir para refundar desde sus cimientos, bajo los elevados estándares morales y éticos de la 4T. ¡Exacto, el Geppetto tropical del show matutino más aburrido en la historia de la televisión!

Por más que la democracia signifique a una no muy brillante mayoría tomando decisiones en nombre de todos los demás estamos obligados a defenderla casi con la vida, pues de lo contrario, el régimen se nos convierte en un solo loco, idiota y megalómano decidiendo por todos.

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