¿Llegó la apocalíptica invasión extraterrestre ya?

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Opinión
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Lo confieso. Desde el instante que me enteré de la invasión extraterrestre profetizada por el tiktokero Eno Alaric, para ocurrir el día de ayer 23 de marzo, me metí a mi oficina, apagué la luz, bajé las persianas, me despedí de mis familiares y amigos más queridos (también agradecí a mis tres lectores más fieles), añadí pensamientos a las cartas que he escrito desde hace décadas para mis hijos y me hice acompañar de mi gato de tres colores llamado “Barza”.

Justo es decirlo, los dos teníamos una vasta dotación de comida; yo, de lonches laguneros de aguacate y tres tipos de vino tinto: San Juan de la Vaquería, Antiguas Bodegas de Perote y Cuatro Ángeles. El maridaje era, como lo exigía el momento, apocalíptico. Mi adorada Barza, en cambio, estaba feliz con croquetas del Costco y agua de la llave.

Yo estaba vestido con la camiseta retro del Santos Laguna antes de ser apropiado por Grupo Orlegi, unos shorts negros y mis sandalias Birkenstocks; mientras mi Barza lucía sus tres luminosos colores: negro, naranja y blanco. No encontré, la verdad, otra forma más digna de enfrentar una muerte o un salvamento extraterrestre, porque el mismo Alaric lo dijo con claridad: “Una especie alienígena muy hostil viene a recuperar la Tierra, no ganaremos. Otro extraterrestre salvará a algunos de nosotros”.

Le confieso, apreciado lector, quería pasar desapercibido ante una hecatombe que de acuerdo a este profeta de siglo 21, terminaría con el mundo para dejar sólo 8 mil humanos vivos sobre la faz de la tierra. Pensaba con ilusión infantil que sí ningún extraterrestre bueno o malo me veía, tenía más posibilidades de sobrevivir con otras 7 mil 999 personas ubicadas en algún lugar de la faz de la tierra. ¿Cómo encontrarlas en un planeta que tiene una longitud de 40 mil 75 km y un diámetro de 12 mil 742 km o distancia entre un extremo del mundo y el otro? La respuesta era irrelevante. Mi supervivencia y la de Barza estaban por encima de esa minucia.

Para no pensar en ello y reducir ese momento de tanta ansiedad, puse, en sonido casi inaudible, aquella canción cubana de los años 50, hecha famosa, por Tito Rodríguez y la Orquesta Aragón: “Los marcianos llegaron ya/ Y llegaron bailando ricachá Ricachá/ Ricachá, ricachá/ así llaman en Marte al cha, cha, chá...”. Cómo la ansiedad no cedía, puse la película “Los marcianos llegaron ya” (1955) con los inolvidables Adalberto Martínez “Resortes”, Evangelina Elizondo y “La Vitola”. Obvio, con subtítulos. La música y la película seguían: “Las marcianas muy bonitas en trajes de mamboleta/ Giraron en mil piruetas al ritmo del ricachá”.

Usted, apreciado lector, pensará que exageraba, pero no: hace semanas “el Gobierno de Estados Unidos derribó un par de aeronaves de las que se dio poca información al público”. Y en días pasados, “el Pentágono habló sobre una supuesta nave nodriza cerca de la Tierra”. ¡Qué miedo!

La música y la película terminaron. La ansiedad no cedía. Empezaba a sudar. Me sentía mareado. No soportaba tener a Barza -en éxtasis de ronroneo y ajena a la crisis extraterrestre- sobre mi regazo. Me puse de pie y empecé a caminar en el reducido espacio de mi oficina. Un preocupante silencio del exterior me asfixiaba. En ese momento, empecé a escuchar la voz de Orson Welles, cuando en 1938 hacía el radio teatro de un libro de ciencia ficción llamado “La Guerra de los Mundos”; y millones de estadounidenses, pensaron que los extraterrestres habían llegado para quedarse. ¡Estaba apanicado! ¡Ya valí madre!, pensé. En ese momento prendí mi celular y vi uno de los 333 mensajes de WhatsApp: “¿No vas a escribir sobre la salida de Miguel Osorio Chong de la coordinación del grupo parlamentario del PRI?”. Y pensé: “Este amigo -tiene la costumbre- de ver la tempestad y no hincarse. Con este pinche apocalípsis encima, ¿a quién le interesa su cantada remoción?”.

Apagué las luces de mi oficina, mi computadora y mi celular. En la oscuridad, me serví un vaso de tinto. Mordí uno de mis lonches laguneros. Abracé a Barza y esperé lo peor, mientras ella -con su agudeza gatuna- pensaba: “Pase lo que pase, mi rey, yo sobreviviré”.

(Una vez más, mi familia me abandonó en esta crisis apocalíptica.)

Nota: el autor es director general del ICAI. Sus puntos de vista no representan los de la institución.

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