Un asesino llamado conciencia

Politicón
/ 2 agosto 2021

Si esta película la hubiera hecho Jack Palance, o Yul Brynner, o Charles Bronson, o Steve McQueen, habría sido un peliculón. Pero la hizo Audie Murphy, y entonces es solamente una película.

Se llama “No name on the bullet”. “Sin nombre en la bala”. No sé con qué titulo llegaría a México cuando se exhibió aquí -seguramente en el Palacio- allá por 1960. La dirigió Jack Arnold. Se especializaba este cineasta en películas de horror (hizo “El monstruo de la Laguna Negra”); pero si le ponían un buen guión en la mano era capaz de producir una obra maestra. Tal es el caso de otra película que hizo: “Rugido de ratón”. La dirigió en Londres, con Peter Sellers, Jean Seberg y Leo McKern en los papeles principales. El resultado fue una de las mejores comedias que se han hecho. Es la única película que recuerdo en que empiezas a reírte aun antes de que comience la película. Arnold se dio el lujo de hacer una broma con el solemne símbolo de la Columbia Pictures, aquel de la hermosa mujer ataviada con ropajes griegos que levanta en alto una antorcha, como la Estatua de la Libertad. Cuando empieza a correr el rollo y aparece la solemne dama emblemática, un ratón irrumpe en el cuadro y hace que la señora pierda toda compostura. La dama lanza un grito de espanto, como cualquier mujer que ve un ratón, y se levanta las faldas presa de pánico. Leonard Slatin, el célebre crítico de cine, dice que el minuto que dura esa escena es uno de los más sorprendentes y divertidos en la historia del cine.

El film que digo, “No name on the bullet”, es por completo diferente. Su trama es muy interesante. A un pueblo del Oeste llega un pistolero bien conocido en la región. Se sabía que era un sicario a sueldo: si alguien quería matar a algún enemigo suyo contrataba a ese hombre para que hiciera el trabajo. Su método era muy sencillo. El tipo era rapidísimo para sacar la pistola y disparar, lo único que tenía que hacer entonces era obligar a sus víctimas a enfrentársele. Ninguno tenía su rapidez. Todos morían, y el pistolero podía alegar que había disparado en defensa propia.

Cuando el asesino llegó al pueblo, los notables del villorrio, todos hombres perversos y malvados, se echaron a temblar: ninguno sabía a quién había ido a asesinar el gatillero. Todos tenían algún motivo para ser muertos; todos habían hecho algo en la vida que habría justificado aquel castigo. Pero ¿quién era la víctima elegida?

Al final mueren todos los malos sin que el pistolero haya tenido que disparar una sola bala. Uno se suicida presa de la angustia que le causa la presencia del asesino; otro mata a un tercero porque cree que ha contratado al hombre para que lo mate a él; dos más se dan muerte entre sí al acusarse mutuamente de ser los que trajeron al matón; el último acecha en la sombra al pistolero para matarlo, pero se equivoca y es otro el que le dispara a él. El asesino, en síntesis, representa la conciencia de cada quién, que cobra siempre la paga del pecado.

Por ejemplo, en este momento mi conciencia me está reprochando que haya escrito acerca de películas en vez de haber comentado la consulta hecha ayer por la 4T acerca de si se debe aplicar la ley o no. La conciencia no perdona.