Jesús Castro
Al fondo del pasillo, en el hospital de la avenida Lincon en Chicago, hay un pabellón de niños desahuciados. Normalmente luce lúgubre y triste, pero cierto día de 1972 algunas criaturas sonrieron por última vez, entre globos, serpentinas y trucos de magia.
¡Pogo, Pogo, Pogo!, gritaban todos, excepto uno de los presentes, Mark Miller, el ayudante en turno del payaso, un adolescente de "mirada tierna y ojos vidriosos", según lo describió un diario local el día en que salió de la Corte, donde acusó a su "amigo feliz" de haber abusado sexualmente de él.

John Wayne, no el actor de Hollywood, sino un hasta entonces respetado hombre de negocios de la ciudad, que se había abierto paso en la vida gracias a sus aptitudes para el comercio, estaba siendo acusado de sodomía. En la puerta de la cárcel, de pie y ante la mirada morbosa de todos estaba Marilynn Myers, su esposa, a quien juró con el rostro empapado en llanto que era inocente. Diez años fue su sentencia, pero no cumplió ni la mitad, porque su buena conducta le granjeó la libertada condicional año y medio después.

Para ese tiempo, sin embargo, Marilynn se había convencido de la homosexualidad de su marido y le pidió el divorcio. John, quien a partir de entonces y por el resto de su vida usó el apellido Garcy, evitando su segundo nombre, volvió a iniciarse como vendedor de productos casa por casa en otro barrio de Chicago.

Su rostro sonriente abría puertas y provocaba simpatías. No tardó en volverse a casar e iniciar un negocio de albañilería y decoración, donde no obstante la prosperidad que se palpaba, era característica la rotación de personal. A los empleados despedidos jamás se les volvía a ver.

Ahora Garcy caminaba por las calles con gallardía, volvió a ser respetado y declarado "el hombre del año". Por su parte, Pogo, el payaso regresó a las fiestas infantiles de beneficencia, con distinto maquillaje y nombre. Pero en su casa la felicidad no abundaba. Su segunda esposa lo abandonó cuando se dio cuenta de que era homosexual.

Después, ella declararía que también por la suciedad entre la que John Garcy acostumbraba vivir, pues tenía prohibido que se asearan ciertos rincones de la casa, sobre todo el sótano, de donde cotidianamente provenía un desagradable olor.

Cinco años más tarde, Garcy fue despertado por un golpeteo incesante en la puerta de su casa. Jeffrey Rignall había sido desocupado dos días antes y ahora, acompañado por la policía, lo acusaba de haber intentado matarlo, como a sus otros compañeros. Rignall, de 17 años, aseguró ser homosexual, igual que la mayor parte de los empleados de John, a quienes éste seleccionaba personalmente por su buena apariencia y porque procedían de ciudades lejanas. Luego, aprovechando la corta edad de sus trabajadores, abusaba sexualmente de ellos y una vez que se hartaba, los invitaba a su casa, los torturaba y luego los asesinaba.

Cuando Garcy les abrió, la policía notó el fétido olor en el jardín y en la sala del obeso hombre. La inspección del lugar no se hizo esperar. 25 cuerpos de hombres, entre los 7 y los 29 años de edad, fueron encontrados enterrados por toda la casa, y 5 más en las márgenes de un río cercano.

En febrero de 1980 inició el jucio y 8 años después John Garcy fue condenado a 21 cadenas perpetuas y 12 penas de muerte. Antes de su ejecución, el hombre declaró a un diario que no había sido él, sino otro "yo" que vivía en su cuerpo, al que denominaba Pogo Hanley, quien había cometido los asesinatos. "Pogo es quien hizo esas cosas malvadas" afirmó.

Un Día de las Madres de 1994, John Garcy entró a la cámara de ejecuciones para recibir la inyección letal. Media hora antes de que el veneno entrara por sus venas, volteó a ver a los familiares de sus acusados. Sus últimas palabras fueron, "You can kiss my ass".