Soy un hombre viejo, usted lo sabe. Soy viejo por vocación desde muy chavo. La juventud la disfruté enormidades. Pasó rápido. Mi imagen a seguir e imitar fue y es la de mi padre, el sastre afanado en su tarea milimétrica frente a su máquina de coser y sus utensilios de trabajo. Como veía siempre a mi padre viejo, garboso, elegante, pulcro y endomingado en su colección de sacos de diferentes tonos, telas y cortes, crecí con su imagen a imitar. Mientras él, acodado en su mesa de trabajo, cortaba y zurcía las prendas ordenadas por sus clientes y tejidas a la medida, yo leía. Aprendí relativamente muy rápido a leer en mi infancia. Luego, se convirtió en mi vida misma. Con los propios espacios y juegos de niñez y juventud, pero la lectura se convirtió en mi vida. Un mundo mejor dentro de este mundo.

Y como soy viejo, leía desde chavo varias revistas las cuales aún habitan mi lengua y alfabeto: “Panorama”, “Siempre”, “Impacto”, “Revista de Revistas”, “Proceso”, luego llegaría “Nexos”, “Vuelta”, “Viceversa”, “Cambio” y un largo etcétera. En aquel tiempo todo era materia inflamable. Leía más revistas y periódicos que libros. Había una revista que me gustaba mucho, “Proceso.” Me caían bien sus redactores y lo aguerrido de su escritura y temas. Por aquel entonces, siempre pensé que iba a pasar lo que cada semana anunciaban en sus páginas: México estaba a punto de arder y colapsar. Si no era ese mismo día, al siguiente, de seguro. Para bien o como desgracia, México sigue de pie al día de hoy. Los cuervos que iban a picotear la carroña de todo mundo en este abnegado País, nunca se han cebado del todo con nosotros. Ya luego dejé de leerla. Tengo años sin leerla. Cuando voy a un kiosco de publicaciones, siempre la veo, la hojeo y listo. Siguen en su misma tónica: si no es hoy, mañana arde y acaba México.

Hace poco, y como siempre, fui a ver prensa y a comprar mi infaltable “TV y Notas”. Por no dejar y hacer un poco de tiempo, tomé la nueva “Proceso” en mis manos. Al final, en la sección de cultura, venían dos páginas con una entrevista a un buen periodista regiomontano, Diego Enrique Osorno. Osorno ahora produce documentales, una liga menor a ser cineasta. Al parecer tiene ya varios en las diversas plataformas, hoy tan de moda. Empecé a leer su entrevista. Y el tema me interesó por lo que a continuación voy a contar. Compré la revista y pagué su importe. Diego Enrique Osorno habla en ella de su nuevo documental, “Vaquero del Mediodía”, sobre la vida de un escritor regio de dos opúsculos de poesía que, en su momento, llamaron la atención del mismísimo Octavio Paz: Samuel Noyola (Monterrey, N.L. 1965). Noyola luego se perdió en la noche de la ciudad, se hizo invisible por vocación propia y sólo dejó dos textos publicados que hoy se quieren hacer historia y mito: “Nadar Sabe mi Llama”, con el cual ganó un premio del extinto CREA. Y luego Octavio Paz le publicaría el libro “Tequila con Calavera”. Los recuerdo vagamente. Deben de estar en mi biblioteca. No los encuentro.

ESQUINA-BAJAN

¿Samuel Noyola está vivo o muerto? Nada se sabe. Nada es creíble de todas las versiones que se dicen de él y que el periodista Osorno ha recopilado para su documental. En su momento, Samuel Noyola era requerido por medio mundo. Octavio Paz lo arropó bajo su ala protectora y así creció por algunos años. Se decía de él, estaba destinado a una gran empresa poética. Se decía era un poeta de altos vuelos con un único fin a seguir: la gloria. Toda. Y pocos o nadie sabe o recuerdan que Samuel Noyola, en aquel entonces (década de los noventa del siglo pasado) un efebo, un muchacho de cabellera de rizos y bucles enmarañados y con cara limpia, sin barba ni bigote, vino a Saltillo a presentar un libro del maestro Alfredo García. Lo hizo a invitación expresa del entonces director del IEBA, Armando de la Peña.

Ya luego Samuel Noyola –recuerdo– se quedó por un tiempo en la ciudad. Aunque iba y venía lo mismo a México que a Monterrey. Nada se le negaba. Vivía bien y bebía mejor. Bebía harto. Aquí le conocí e intercambié palabras con él. Tal vez una comida y unos tragos en un restaurante del centro. Ya luego, la que se creía la voz poética más prometedora jamás nacida, con la muerte de Octavio Paz, su estrella se fue eclipsando. Fueron famosas en ese entonces sus borracheras y sus relaciones amorosas. Virtud y condena por igual. Los extremos se tocan. Siempre. Pero que en este caso, y al parecer, lo llevaron a la tumba de la cual no hay sitio definido. Luego de publicar estos dos libros, opúsculos realmente, Noyola se fue a Nicaragua. Eran los tiempos de la revuelta sandinista. Luego, se lo tragó el olvido.

Hoy el periodista Diego Enrique Osorno lo retoma para un documental que no he visto, pero que en la revista y entrevista se transcriben fragmentos y los nombres de los que aportaron su testimonio. Por aquellos años que Samuel Noyola crecía bajo la férula de Paz, los chismes eran incorregibles: éste y junto con el Nobel y su mujer, hacían un trío. Esto mismo se retoma en la publicación. Y es que Noyola no tenía pruritos morales en materia amatoria. Se entregó a la vida y la vivió. Él mismo, insisto, se hizo invisible. Eligió su derrotero. ¿Desaparición forzada? Ni pensarlo. Ni encaja ni empata. Lo bien cierto es el testimonio escalofriante de Jennifer Clement en el documental: “La última vez que lo vi estaba acostado en la calle, con unos trapos encima, sucio, sucio… Las uñas negras, negras, sin dientes, con el cabello todo aplastado, medio dormido, medio borracho, y pues yo ahí vi la muerte”. De espanto. El efebo eligió su propia vida. También eligió su muerte. Prometo buscar sus libros en mi biblioteca y releerlos.

LETRAS MINÚSCULAS

Creo recordar que Martha Margarita Tamez por largo tiempo mantuvo una fuerte amistad con él.