ESMIRNA BARRERA

Esta semana tuvo lugar un suceso digno de mención. Sabemos que hay gente que critica a los saltillenses como mezquinos, tacaños y agarrados: no les falta razón, porque de que los hay, los hay. Pero siempre he dicho que en Saltillo se encuentra uno con muestras de solidaridad, amor o compromiso que tienen lugar fuera del aplauso o de los rituales de los políticos y, en veces, de los de los eclesiásticos.

Sucede que, en la última semana, digamos entre sábado y sábado, tuvo lugar un acontecimiento que echa abajo esa imagen de cicateros. Un dirigente campesino tuvo un problema grave de salud. Llegó a la ciudad en condiciones de urgencia. El diagnóstico fue que debería someterse a una cirugía fuerte. ¿Qué hacer si no cuentas con dinero?, el enfermo había sido rechazado de dos clínicas y en una tercera le dieron un presupuesto inalcanzable (y no sólo para un ejidatario). Al fin, gracias a personas solidarias, se encontró un cirujano y un hospital que presentaron un precio accesible y sin condiciones. Accesible, pero no para la familia. De inmediato se lanzó una solicitud de ayuda solidaria: había que reunir 60 mil pesos. ¿Lo creería usted?, en el primer día la familia los tenía en la mano.

En justicia debo mencionar la generosidad de la doctora Evelyn Aburto por un prediagnóstico, la del director de La Rosita, Guillermo Cázares, quien lo aceptó cuando aún no se reunía todo el dinero. No dejo de lado a otros que otorgaron ayuda (cada quien lo que pudo): alumnos y maestros de la Escuela de Ciencias Sociales, dos investigadores de Comunicación Social, ejidatarios, un diputado de Morena, el dueño de un restaurante, un sacerdote y varios activistas sociales. Fue asombroso, por decir lo menos, cómo los estudiantes (siempre desprovistos de recursos) empezaron a enviar o a depositar 100, 200 pesos, al mismo tiempo que campesinos del municipio de General Cepeda llegaban con su aporte. El sábado inicial yo los escuché decir afuera del hospital: “puedo vender una vaca”, “tengo cuatro chivas”.

Podríamos hablar de un milagro, aunque sea necesario advertir que la mención de milagro implicaría la intervención divina: fue una muestra de traspaso de valores que, aunque en pequeños montos, se dio con rapidez inusitada. Nadie preguntó por las circunstancias; enviaron su dinero sin averiguación previa ni fotos ni propaganda.

Cuando pude hablar por celular con el recién operado, me dijo que es más difícil pedir que dar. Siempre nos resistimos a la humildad, a decir a otros que los necesitamos. Tiene razón, pero, en el caso, los donadores revelaron una capacidad de resolver el problema sin elucubrar.

Juan Gamboa, campesino del ejido Jalpa, envió un breve mensaje que transcribo: “¡Hola, raza del rancho, saludos! Ya hace muchos años aprendí de Guillermo Silva, cura jesuita, algo que parece fuera de lógica, y es la resistencia a aceptar la ayuda. Esto es por considerar que pedir ayuda es estar derrotado. Sin embargo, pese a la resistencia y siendo consciente de esto hemos hecho campañas en el último año que han ayudado al menos a cinco compañeros que han tenido problemas de salud o siniestros, como el del compañero Manuel, al que se le quemó su casa: estos ejemplos de solidaridad por parte de un grupo muy grande de personas es la prueba de que otro mundo es posible”.

En 1985, cuando tuvo lugar el gran terremoto de México, los chilangos demostraron que podían resolver sus problemas sin el gobierno. Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska escribieron sendos libros sobre las formas de organización popular que se crearon de manera inmediata. Monsiváis habló de que la Comuna de París había tenido lugar en el Distrito Federal; Elenita reseñó la grandeza de la gente (incluyendo a señoras ricas de Las Lomas).

De alguna manera acabamos de ser testigos de un hecho que nos redefine. Tenemos la capacidad de superar inconvenientes fuertes sin andar mendigando o prometiendo fidelidad a un partido a cambio de una limosna (varillas, sacos de cemento, fertilizante o bolsas con comida). El sujeto de la historia, aquí y siempre, es el pueblo.