“Dicen que hay escasez de combustible, por lo consiguiente:

“Haré ‘carpooling’: compartiré el auto con vecinos, compañeros de trabajo y padres de familia.

“Utilizaré transporte público.

“Caminaré las distancias que me pueda permitir. Emplearé el coche sólo para lo estrictamente indispensable.

“Y sobre todo, No haré estúpidas compras de pánico, para no propiciar una verdadera escasez o en su defecto agravarla”.

Dijo lo anterior ningún mexicano, nunca jamás en su tamalera vida.

Mire, yo no sé cómo están las reservas de cada gasolinería porque no me pagan por ir a revisarlas, pero hasta ahorita nadie se ha quedado tirado a la mitad del camino a esperar su lenta e inexorable muerte por inanición, sed o falta de WiFi, a causa del mítico desabasto de combustible.

Pero es obvio que si una considerable parte de los automovilistas reaccionan como los títeres enajenados que en buena medida somos, se van a hacer unas filas tremendas, dando la impresión de que en efecto ya nos cargó la falta de combustible y vamos a tener que pelear por éste a lo Mad Max –indispensable vestuario postapocalíptico. No niños. Favor de confirmar–.

Y, en el peor de los casos, se provoca que este recurso, que quizás sí iba a estar racionado por la política contra la ordeña de gasoductos implementada por el Tata macuspano, termine en efecto por resultar insuficiente.

Es igualito que el fin de semana de las elecciones, en el que se acaba la cerveza. No tenemos por qué beber más que lo habitual, pero vaciamos materialmente los Oxxos porque “#luegonovaber”.

Yo sólo le cuestiono: ¿Le indigna más el “huachicoleo” o una supuesta crisis de hidrocarburos que, sin conceder su existencia, se libraría con un mínimo de inconvenientes?

Y aunque fuesen un montón de inconvenientes, aún así yo votaría por erradicar a como diera lugar el “huachicoleo”, porque constituye un robo a gran escala que nos afecta un millón de veces más que todas las tristes historias que usted me pueda referir sobre su trágica lucha por llenar el tanque del coche.

¿No nos la pasamos diciendo, siempre, todos, que no creemos en recetas mágicas, ni en soluciones facilonas?

Pues aquí hay una medida que requeriría de toda nuestra comprensión, colaboración, entendimiento, participación, apoyo y respaldo para con el proyecto antihuachicoleros.

Pero parece que una buena parte de inconformes sí quiere ahora un Presidente que: o bien deje las cosas como estaban, o saque soluciones prodigiosas de una chistera sin que se nos despeine ni se nos incomode en absoluto.

Lo gracioso es que siempre se dijo que los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador esperaban milagros, pero ahora es la Presidenta del PRI la que quiere que se detenga la ordeña de ductos “sin afectar a la ciudadanía”.

Húrguese bien en las entrañas donde rebotan todos los asuntos de la conciencia y respóndase –no a mí, sino a usted–: ¿Qué tanto desea que se genere una crisis catastrófica?

¿Qué tanto le regodearía ver seriamente comprometida la productividad y movilidad del País? ¿Cuánto regocijo le provocaría el fracaso ya no digamos del Gobierno, sino de esta cruzada?

¿Ya se lo contestó? ¡Qué bueno!

Pero lamento informarle que no existe tal crisis. Hasta ahorita no me he quedado con ganas de ir a ninguna parte, ni me han faltado víveres o insumos por falta de energéticos.

Si hay filas en las gasolinerías, es por esas mismas ansias locas de echarle hasta el último quinto al carro, en vez de, como dicta la lógica, racionar, ser mesurado o mínimo consciente.

Menudo lío nos espera con México cuando se nos deje venir el apocalipsis zombi, o la epidemia de gripe puerca que viene en el libro de las Revelaciones, porque lejos de ser una nación, nos comportamos como estampida.

Claro, lo que pasa es que el columnista es pejezombi, chairo, morenaco, adorador del mesías. Bien, llega tarde, porque ya me han insultado antes llamándome panista y priista.

Pero no se trata de defender al Peje sino de cuestionar nuestro papel ante una supuesta eventualidad derivada de una política que, quizás en la forma pero nunca en el fondo, nadie se ha atrevido a refutar.

Parafraseando muy vagamente a Kennedy: No te preguntes cuánto puedes echarle de la Magna a tu carro, sino de cuánta gasolina puedes prescindir mientras pasa este –supuesto– racionamiento, a fin de cuentas, se trata de solucionar un problema que durante décadas desangra al País.

O bien, entréguese a la desesperación, mantenga siempre el tanque “full”, duerma dentro del coche haciendo fila en la gasolinería si es posible y vocifere hasta que el tiempo le otorgue la razón, que aquí nos vemos igualmente.

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