ESMIRNA BARRERA
Estima la FAO que la pandemia podría provocar a finales de este mes, un aumento de hasta 132 millones de personas afectadas

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), estima que la pandemia podría provocar a finales de este mes, un aumento de hasta 132 millones de personas afectadas por el hambre en todo el mundo y, desgraciadamente, mensualmente son 10 mil niños los que mueren por esta causa.

Para el caso de México la FAO prevé un incremento de siete millones de personas que se sumarían a los casi 10 millones de marginados que en el país cotidianamente padecen hambre.

Indudablemente, los impactos del colapso económico y social provocado por la pandemia, como el desempleo masivo, la desigualdad, la alteración de la producción y los suministros alimentarios, el cierre de los centros productivos y la reducción de la ayuda humanitaria, han coadyuvado al esparcimiento del letal “virus del hambre”, afectando silenciosamente a los grupos más vulnerables del mundo y de México.

Este tema es fundamental para luchar contra la insensibilidad que tenemos de esta realidad, especialmente en esta temporada de navidad en donde se tiende al consumismo y despilfarro, pero también a la generosidad.

El hambre es la desigualdad: la forma más brutal, más violenta, más intolerable de la desigualdad”.
Martín Caparrós, periodista argentino.

PREGUNTA

¿Por qué en un mundo de 7 mil millones de habitantes, que produce alimentos para 12 mil millones, 900 millones de seres humanos mueren de hambre? Esa fue una de las preguntas en la que se basó el periodista argentino Martín Caparrós para recorrer, durante cinco años, ocho países para escribir el libro “El hambre” (Ed. Planeta), en el cual aborda la presencia ignorada de esta realidad en el mundo, un tema que hoy, desgraciadamente, sigue vigente.

En su andar Caparrós descubrió personas que sufren hambre, seres humanos que, por ejemplo, a pesar de tener sobrepeso, se encontraban malnutridos. Martín acudió al origen que causa el hambre y la desnutrición en el mundo para denunciar una despiadada realidad: “los hambrientos son la gente que le sobra al capitalismo”.

IMPOSIBILIDAD

En un pueblo de Níger, Martín estaba conversando con una mujer que durante su vida solamente había comido una bola de harina de mijo, en un momento determinado Martín le pregunto a la mujer: ¿todos los días comen mijo? A lo que ella contestó “no, solo cuando lo tenemos”.

Luego Martín preguntó a la mujer: “Si pudieras pedirle a un mago cualquier cosa, ¿qué le pedirías?” La mujer respondió: “Una vaca que me dé mucha leche. Si vendo un poco de leche puedo comprar las cosas para hacer buñuelos y venderlos en el mercado y con eso más o menos me las arreglaría”. Atónito, Martín replicó: “Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas”. Ella contestó: “dos vacas. Con dos nunca más voy a tener hambre”.

Para una persona que no padece de hambre ese anhelo podría significar poco, pero para esa mujer lo era todo. La gente que padece hambre no puede desear, ni pensar distinto. Carecen de futuro y hoy ante la pandemia sus esperanzas para sobrevivir sencillamente no existen (https://www.youtube.com/watch?v=D3amG7 eQLao#t=14).

¿Cómo nos es posible dormir en paz con este inmenso cargo de conciencia, con esta tremenda deuda moral?”.
Carlos R. Gutiérrez, columnista

SIN CORAZÓN

El autor sostiene que “el hambre es la desigualdad: la forma más brutal, más violenta, más intolerable de la desigualdad”. No se trata de escases de alimentos en el mundo, sino del endurecimiento del corazón humano. Es cierto, en el planeta no faltan alimentos, sino corazón, como lo comenta Caparrós: “Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. Entre ese hambre repetido, cotidiano, repetida y cotidianamente saciado que vivimos, y el hambre desesperante de quienes no pueden con él, hay un mundo de diferencias y desigualdades”.

IMPACTANTE…

El autor advierte a los lectores sobre la lectura de su libro: “si usted se toma el trabajo de leer este libro, si usted se entusiasma y lo lee en –digamos– ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre unas ocho mil personas: son muchas ocho mil personas. Si usted no se toma ese trabajo esas personas se habrán muerto igual, pero usted tendrá la suerte de no haberse enterado. O sea que, probablemente, usted prefiera no leer este libro. Yo creo que haría lo mismo. Es mejor, en general, no saber quiénes son, ni cómo ni por qué. (Pero usted sí leyó este breve párrafo en medio minuto; sepa que en ese tiempo sólo se murieron de hambre entre ocho y diez personas en el mundo. Respire aliviado.), cifra hoy incrementada por la pandemia”.

INDIFERENCIA TOTAL

¡Qué barbaridad! Mientras existen personas que desperdician la comida y recursos como la mismísima agua, hay otros seres humanos que se mueren de sed y hambre. ¿Qué le ha sucedido al ser humano? ¿En verdad la humanidad ha progresado? ¿En qué consiste entonces el bienestar y la solidaridad?

El escritor y periodista español Miguel Delibes tiene algunas respuestas a estas interrogantes dignas de considerar:

“El verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo. Ni en fabricar cada día más cosas. Ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la naturaleza, ni en sostener a un tercio de la humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones hombre-naturaleza en un plano de concordia.

(…) El hombre, ciertamente, ha llegado a la luna, pero en su organización político-social continúa anclado en una ardua disyuntiva: la explotación del hombre por el hombre o la anulación del individuo por el Estado. En este sentido no hemos avanzado un paso. (...) Así, quede bien claro que cuando yo me refiera al progreso para ponerlo en tela de juicio o recusarlo, no es al progreso estabilizador y humano –y, en consecuencia, deseable-, sino al sentido que se obstinan en imprimir al progreso las sociedades llamadas civilizadas”.

¡Quiero apearme!

(…) El dinero –continua el autor - se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso al hombre. Con dinero se montan grandes factorías que producen cosas y con dinero se adquieren las cosas que producen esas grandes factorías. El hecho de que esas cosas sean necesarias o superfluas es accesorio. El juego consiste en producir y consumir, de tal modo que, en la moderna civilización, no sólo se considera honesto sino inteligente, gastar uno en producir objetos superfluos y emplear noventa y nueve en persuadirnos de que son necesarios.

(…) Porque si la aventura del progreso, tal como hasta el día la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: ¡Que paren la tierra, quiero apearme!”.

EN ESTA TEMPORADA…

Los comentarios de Delibes son ciertísimos: estamos como estamos porque el sistema imperante ha convertido al ser humano en un medio para ser utilizado y manipulado para fines egoístas, por eso se ignora al hambre.

Es cierto: en lugar de mirarnos como personas nos vemos como cosas; por eso, no reconocemos el rostro de la indigencia; por eso, a pocos les importa el hambre que padecen millones de personas en el mundo. Por eso, escasas personas saben que el hambre es una forma de violencia. La más brutal.

Desgraciadamente, a pocos les conmueve y convoca a la personal acción el hambre y la desolación en la que, en estos instantes, intentan sobrevivir millones de mexicanos, aparte de cargar con el miedo de la pandemia.

Propongo: en esta temporada navideña seamos totalmente austeros y emprendamos, anónimamente, una cruzada para atenuar en nuestra propia comunidad y desde nuestras trincheras, un poco el hambre que muchos cercanos cotidianamente padecen.

Concuerdo con Martín: “¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”.

Agrego: ¿Cómo nos es posible dormir en paz con este inmenso cargo de conciencia, con esta tremenda deuda moral? ¿Por qué, ante esta visible tragedia, nuestros brazos permanecen cruzados y nuestras miradas se posan en los aparadores navideños?

Programa Emprendedor Tec de Monterrey Campus Saltillo