De acuerdo con la Real Academia Española (RAE), un experto o una experta es una persona especializada o con grandes conocimientos en una materia. En realidad, no es una definición sorpresiva, pero sí una definición olvidada o desestimada. Después de todo, parece que tenemos una plaga de expertos en todos los temas e incluso expertos que tendrían que pedirle a la RAE que ajuste la definición para poder terminarla con “...grandes conocimientos en una o más materias”.

Con tanta “información” que pasa por nuestras pantallas es muy fácil sentirse informado y enterado sobre el o los temas de moda, y compartir opiniones rara vez sustentadas en datos duros o en una investigación mínima razonable. Seamos sinceros, prácticamente todo aquel que tiene internet está armado con mucha información que (malamente) nos puede hacer sentir infalibles. Reportes o investigaciones parciales o de autoridades poco o nada calificadas en la materia, comunicadores o líderes de opinión que sueltan información no verificada y, sobretodo, nuestro afán de estar un paso adelante del último meme, generalmente contaminados de nuestro muy personal sesgo de confirmación (confirmation bias: tendencia a interpretar nueva evidencia como una confirmación de nuestros propias creencias o teorías).

Y así, después del ébola, SARS, H1N1 y MERS, y en un mundo que goza el máximo nivel de sofisticación tecnológica de la historia, llegamos muy pobremente preparados a la quinta epidemia del siglo 21. Y a medida que surgen nuevas o se convierten en más graves (como es el caso de la pandemia del COVID-19) pareciera que hay más y más “información”, más y más “expertos” que lo único que hacen es confundir y generar pánico en medios informativos y, especialmente, en redes sociales. ¿A quién creerle si incluso los líderes formales de los países o los estados tienen un conflicto entre sacrificar puntos de popularidad y sacrificar ciudadanos? Aún en el mejor de los casos de un líder bien intencionado, técnicamente informado y hábil para comunicarse, podemos ver que se le cuestiona y pone en duda si su actuar fue apropiado, si su tiempo de reacción fue razonable, si sus intenciones fueron políticas o humanistas. Con o sin razón, la población se ha vuelto cada vez más renuente a creer lo que le dicen.

En Estados Unidos y en México tenemos ejemplos extremos de cómo la gente puede ciegamente seguir o ir en contra de lo que Trump o AMLO digan. Para esos en los extremos, no importará evidencia, estudio o dato, ya que su instinto de supervivencia y su preferencia política solamente estarán alineados cuando su propio sesgo se los permita. Los expertos reales de los que se rodean los presidentes de estos dos países, con credenciales y credibilidad impecables, empiezan a sufrir un degaste injusto, pero natural que poco a poco los hace perder autoridad. Pocos políticos en posiciones de liderazgo de una nación tienen respeto por los datos y la ciencia (pienso en Merkel). Trump y AMLO han demostrado una y otra vez que la única ciencia que les cuadra es la que confirme su ocurrencia del día. Aquellos asesores (expertos) que consistentemente se atengan a la ciencia y a los datos, eventualmente serán reemplazados por otros que logren estirar la ciencia a modo para confirmar el sesgo político de su jefe.

Vino a mi mente el tema de los (verdaderos) expertos en esta coyuntura, no sólo porque son necesarios y muy escasos, sino porque pudiéramos pensar equivocadamente que estamos rodeados de ellos. La gran mayoría serán falsos; otros tendrán credenciales, pero su preferencia política les nublará la ciencia; en ocasiones sentiremos que nosotros somos el experto. El reto es poder ver y escuchar, entre tanto ruido y verdades alternativas, para saber lo que nos conviene y a quién creerle. En cuanto al tema del COVID-19 y la aportación que ofrecemos a quienes nos rodean, mi recomendación es empezar por contestar honestamente la pregunta: “¿Eres experto en el COVID-19?”.

José De Nigris Felán

Columna: En tr3s y do2