Todo parece un laberinto sin salida favorable: por la hostil política del próximo Gobierno de Estados Unidos –que también afectaría a su población– y por su tendencia a incrementar la tasa de interés al ahorro –para contener la inflación por la política económica expansiva– en los primeros días de este año el peso se ha depreciado en más de seis por ciento (40 por ciento en cuatro años), que afecta costos de importación y precios finales.

Por eso el Banco de México incrementó la tasa de interés y –aunque se niegue– se prevé que este año sea mínimo 5.75 por ciento, afectando el costo del crédito e inhibiendo tanto consumo e inversión directa, como empleo.

El incremento de precios de gasolinas y diésel impactan la cadena de producción y distribución con efectos negativos en los precios al consumidor. Así, la economía mexicana este año tendrá un crecimiento negativo en menos de dos por ciento.

Cuando se presenta la estanflación, o inflación con bajo crecimiento, las empresas procuran al máximo sus utilidades proyectadas y, aunque se pueda ceder algo en precios, producen en función de mercados que puedan acceder a sus productos; esto implica reducción de la producción y empleo efectivo, es decir, contratar por horas realmente trabajadas que la ley laboral contempla, o el despido según presupuesto de inversión en un ambiente de desaceleración o recesión económica.

Así que la economía se encuentra en un laberinto con rutas sin salida o barreras insalvables. Más de lo mismo, porque la situación actual no tiene origen de generación espontánea.

Antes del triunfo de proteccionista Donald Trump, la economía mexicana ya estaba en punto de quiebra, lo que afirmaron no sólo economistas académicos de universidades públicas, sino también las cuestionadas calificadoras internacionales como Standard & Poor’s y Moody’s, esto por varias razones:  incremento e inadecuado manejo de la deuda pública federal hasta llegar al 48 por ciento del PIB; poca fortaleza productiva frente a la desaceleración mundial, sobre todo en el manejo petrolero; aún sin verse los supuestos resultados positivos de las reformas estructurales –sobre todo la energética–; débil mercado interno por la reducción real de los salarios; corrupción rampante en todos los niveles; entre otras.

La economía en su laberinto no se presentó de pocos años acá, sino que es resultado de errores consuetudinarios en 30 años de neoliberalismo y de un modelo de apertura comercial y financiera que, si bien debió aplicarse dadas las condiciones naturales de expansión del capital internacional, no se planeó bien a bien tanto su implementación como el seguimiento de sus resultados tanto positivos pero sobremanera los negativos.

Con ingresos sólidos por petróleo (680 mil millones de pesos promedio anual sólo de 2010 a 2012), desde 1979 no se construyeron refinerías ni se modernizó la infraestructura petrolera, por eso hoy se importa alrededor del 50 por ciento de gasolinas y diésel; abandono al campo en su nudo más débil que son ejidatarios y pequeños propietarios que deberían abastecer de alimentos a la población mexicana, de ahí que hoy se importe en promedio más del 40 por ciento de lo que necesita el País; ausencia evidente de una política industrial coordinada entre las dependencias federales del ramo económico, acudiendo más a generar competencia entre las entidades federativas para atraer inversión; salarios y tasa de interés como anclas para contener inflación y depreciación, pero no como ejes del crecimiento económico; entre otros errores y omisiones.

Ante difícil situación, corresponde a gobiernos de los estados idear estrategias fiscales creativas para contener efectos negativos en la población, para transitar lo mejor posible por el complicado laberinto económico construido paulatinamente desde hace 30 años por sobresalientes economistas itamitas y tequitos… ¿y el bienestar cuándo? Por cierto, la “gallina de los huevos de oro”, el petróleo, aún no se agota.