Especial

Durante siglos la vida humana en la Semana Santa giraba en torno a lo religioso, el luto por la muerte de Jesucristo se manifestaba en casi todos los aspectos de la vida: la comida, el silencio, se suspendían las audiciones de programas de radio o televisión que no tuvieran relación con las ceremonias religiosas y en el ambiente social imperaba un halo de tristeza.

En las tres últimas décadas del siglo 20 pausadamente la religiosidad de la Semana Santa se fue diluyendo, ya no eran los templos los lugares de reunión, fueron relevados por las playas y el asueto; la religiosidad y los ritos fueron debilitándose aunque aún conservan vigencia en amplios sectores de los estratos populares.

Quién lo iba a pensar, la pandemia de COVID-19 con el confinamiento ha modificado de tajo las costumbres religiosas del cristianismo, ahora todo es virtual, los días santos, jueves, viernes, sábado y domingo de Resurrección los puedes seguir en Facebook u otros medios en internet, desde al papa Francisco en la ciudad del Vaticano hasta el clérigo más modesto al servicio de los pobres. Si tienen acceso a la red pueden unirse a las ceremonias religiosas de este tiempo desde cualquier lugar.

Dando un vuelco de la religión a la pandemia de COVID-19, sabemos que la modernidad con la revolución digital arrasa y se impone. De hecho, las creencias del siglo 14 que culpaban al demonio de las epidemias fueron superadas por la investigación científica cuando se descubrieron las vacunas, que son una aportación valiosa de la actividad científica del siglo 19 con el desarrollo de la bacteriología.

En México el desarrollo de la investigación epidemiológica tuvo un gran avance durante toda la primera mitad del siglo 20, de hecho se erradicaron la viruela y la poliomielitis, y se controlaron la tos ferina, la difteria y el sarampión, pero bajo el imperio de los gobiernos neoliberales las áreas de investigación fundamentales para atender con eficacia las contingencias se desmantelaron.

Ana María Carrillo Fraga, médica y socióloga de la UNAM, especialista en historia de la medicina y de las epidemias, afirma que México ha perdido autosuficiencia para hacer vacunas y ha desmantelado o disminuido buena parte de la infraestructura sanitaria con la que fue capaz de responder de forma eficiente a contingencias, como las que representan un contagio generalizado, esta destrucción se debió en parte a la entrada de las empresas trasnacionales, al descuido y falta de capacidad del Estado para hacer diagnósticos.

La especialista advierte que ahora el País importa la vacuna antirrábica, contra tuberculosis y antisarampión, las que se producían en la nación desde 1888 y en los años treinta hasta los ochenta del siglo 20.

En esa época había recursos humanos y tecnológicos, así como capacidad para producir, controlar, almacenar y distribuir biológicos en la cantidad, calidad y oportunidad requerida. Había autosuficiencia y se exportaban las vacunas a 15 países, ahora falta mayor articulación para conjuntar investigaciones y apoyo económico para configurar políticas, afirman especialistas.

Es evidente que el Estado debe retomar su papel en la prevención de la salud, además de mejorar los servicios públicos para fortalecer a la nación ante situaciones de emergencia, la crisis sanitaria actual muestra la necesidad urgente de unir ciencia y políticas públicas.