El alcalde electo de Saltillo, Manolo Jiménez Salinas, tiene una excelente formación humanista a través de la asociación civil Navidad en el Campo, un voluntariado que preside su madre, la señora Liliana Salinas de Jiménez, a quien Manolo ha acompañado desde niño llevando apoyos a las comunidades rurales de esta entidad, un legado de servicio al prójimo que Manolo ha retomado y extendido a programas urbanos de Saltillo para Bien y de apoyos a través de su casa de gestión.
 
Y es precisamente hoy, en la víspera de Navidad, cuando es necesario comentar respecto a ese prójimo al que Manolo está acostumbrado a servir y auxiliar, en ese ejercicio de solidaridad permanente tratando de lograr el bien común.
 
Y se entiende como el prójimo a la comunidad más desprotegida y vulnerable, la más afectada por las circunstancias adversas, los marginados del sistema actual, que los hay, asimismo, los olvidados del remedo asistencial panista, que viene a ser una caricatura de la caridad cristiana, muy diferente a la filantropía realizada por Navidad en el Campo.
 
Porque el bien común lo realiza esta asociación civil sin fines de lucro o motivaciones partidistas, ya que la expresión “bien común” es un concepto que se ha ligado con el PAN, pero que también fue usado en su momento por presidentes priistas como Miguel Alemán y Carlos Salinas de Gortari.
 
Asimismo, hay que agregar que el concepto de “prójimo” implica intuiciones más profundas dignas de comentar en víspera de Navidad.
 
Y no se puede entender ese concepto sin tomar en cuenta una de las lecciones más emblemáticas del cristianismo, la parábola del buen samaritano, que es uno de los conceptos bíblicos tomados en cuenta –entre otras muchas ideas y preceptos filosóficos– para fundamentar el espíritu de los derechos humanos.
 
Porque dicha parábola nos enseña que al prójimo al que hay que asistir es al que está caído, vulnerado, a punto de desfallecer, como el hombre que fue asaltado en el camino a Jericó, mismo al que un un sacerdote evita sin prestarle auxilio y que, de igual forma, es abandonado por un levita que no quiere manchas de sangre que le impidan entrar a su templo. 
 
Y es entonces que un habitante de Samaria –pueblo despreciado por los judíos– muestra solidaridad por el caído, le presta auxilio y lo salva de perecer.
 
Y aquí vemos cómo los maestros de la ley no sienten solidaridad hacia el prójimo. Tampoco misericordia. Y si acaso alguna vez ejercen la caridad lo hacen de una manera vertical, de arriba hacia abajo, degradando a quien la recibe, sin alterar la jerarquía del poder. En cambio la solidaridad se realiza de igual a igual, de manera horizontal, sin hacer de la justicia social una parodia de la caridad cristiana.
 
Y así debe ser el verdadero desarrollo social, sin populismo barato ni baños de pobreza, que no es un orgullo que en México existan tantas instancias oficiales de atención a pobres, porque el Estado no debe hacer obras de caridad, no está obligado a la filantropía sino todo lo contrario, sus funciones son obligatorias para eliminar la pobreza y llegar a la plena justicia social.
 
Es muy alentador que Manolo Jiménez entienda bien ambos conceptos: la asistencia social y el de desarrollo social. Qué bueno que tenga esa formación, esa experiencia y un sano equilibrio: ni buen samaritano ni ogro filantrópico. Combinado será mejor en la búsqueda del bien común y la justicia social. 
 
¡Feliz Navidad!