“Tercera llamada, tercera. Principiamos”.

Este amigo mío actuó en el teatro. Ahora actúa en la vida –todos lo hacemos–, pero aún hoy, a pesar de los años transcurridos, se le hace un pozo en el estómago cuando escucha esas palabras.

Mi amigo piensa que hay más vida en el teatro que en la vida, y desde luego más verdad. Respeta y admira a los actores porque tienen el valor de renunciar a ser lo que son para ser otros. Cuando este amigo mío era actor se olvidaba de sí mismo. Ese olvido es uno de sus más bellos recuerdos. Al entrar a escena despertaba del sueño de la vida.

Ahora ya no es actor mi amigo. Es –¡qué desgracia!– el hombre que es. Antes era 
muchos hombres. Tenía muchos nombres. Hoy es un sólo hombre y tiene un sólo nombre, nada más.

Pero de vez en cuando mi amigo va al teatro. Eso quiere decir que va a la vida verdadera. Ahí vuelve otra vez a ser actor. Vuelve otra vez a ser quien era. 

Cuando la luz de la sala disminuye se le ilumina el corazón. Y siente un pozo en el estómago cuando oye aquellas palabras: “Tercera llamada, tercera. Principiamos”.

¡Hasta mañana!...