Fue rechazada dos veces por la Escuela Normal, ganó un amparo, se graduó y marcó un precedente para la inclusión educativa en México. Hoy, Brely De La Cruz y Flores no deja de desafiar los imposibles y quiere estudiar una maestría, obtener una plaza como docente de preescolar y llevar su historia de inclusión a todo el mundo.
Un sótano, gordas columnas de ladrillo, atenazados muros de piedra, luz tenue, ambarina, que apenas y es un reflejo, un soplo que chorrea en la tiniebla.
Al centro del sótano, improvisado como cinema, hay sillas, no muchas, y en las sillas gente, no mucha.
Al fondo del sótano, sobre un símil de pantalla de cine, una película que está por acabar.
En la escena final, los integrantes con síndrome de Down de un equipo de baloncesto se abrazan y brincan sonrientes, felices, eufóricos, triunfadores, con su entrenador, sin síndrome de Down, después de un duro partido de básquetbol que no ganaron, pero es igual.
La cinta se llama “Champions” y es parte del Ciclo de Cine de Inclusión que organiza la Dirección para Promover la Igualdad y Prevenir la Discriminación de Coahuila.
Pantalla que se apaga, enmudece, sala que se enciende con una luz alba que cae como cascada desde el techo, un panel de lámparas.
En el escenario, extremo izquierdo de la sala de cine, que es en realidad el sótano del Museo de la Revolución, centro de Saltillo, aparece ante el magro público una chica bajita, pelo largo, castaño, suelto, láctea piel, antiparras, blusa blanca, a rayas, jeans, 26 años y con síndrome de Down...
“Hay momentos difíciles, pero no imposibles, así que no importa si ganamos o perdemos. Al final del día, de la vida, lo que valen son nuestras acciones, decisiones y habilidades. Cada uno tiene cosas diferentes que aportar y eso es lo que nos hace únicos”.
Lo que nos hace únicos, dice la chica del escenario.
La chica se llama Brely De La Cruz y Flores, originaria de Nueva Rosita, municipio de San Juan de Sabinas, Coahuila, creadora de la Fundación Rompe Barreras A.C., conferencista, licenciada en educación prescolar, recién importada por la Dirección para Promover la Igualdad y Prevenir la Discriminación de Coahuila, y... tiene síndrome de Down.
LA REINA DE LOS ESCENARIOS
En otro tiempo, en otro lugar, Juan Antonio De La Cruz y Trejo, el padre, dirá por celular que a Brely, la chica del escenario, siempre le han gustado los escenarios.
“Ahorita con sus conferencias, pero antes le gustaba andar en los bailables. La recuerdo desde que estaba en maternal, luego ya participó en el jardín de niños en otro bailable, en los reinados en la secundaria. No quedó de reina, pero ella se sentía la reina. Siempre le ha gustado participar”.
Que no quedó de reina, pero que se sentía la reina, dirá Juan Antonio.
Más tarde alguien revelará cómo aún existen familias que a sus hijos, con esta condición, los esconden.
A Brely no.
Un mediodía de jueves, en su lugar de trabajo, escritorio, laptop, lapiceras, la muñeca con síndrome de Down que le trajo de Canadá su tía Marysol, de Canadá, a unas horas de que le den el resultado de su examen de ingreso a la maestría en educación especial, Brely dice, como los basquetbolistas de la película, que es igual, que no importa.
“Yo soy realista, si entro que bueno, porque le voy a dar continuidad a mi licenciatura; y si no entro tendré que averiguar otras variantes para seguir lo que terminé”.
-Te sentirás triste, que has fracasado, ¿no?
-No, si pierdo una batalla no implica que perdí la guerra.
Suelta Brely y se ríe con una risa desenfadada.
Tres días después Brenda Elizabeth, la madre, compartirá, por whatsapp, la carta que le mandó la Normal Regional de Especialización de Saltillo donde dice que Brely fue aceptada en el posgrado.
“Se preparó, estuvo estudiando mucho los contenidos que venían en el examen de admisión”, dice Juan Antonio.
-Usted le ayudó, ¿no?
-Entrecomillas. Yo le di materiales, le ayudo proporcionándole lo que ella necesita y ella atiende. Esa relación de papá y tutor educativo ya nos la sabemos, ya sabe ella lo que le pido que haga y lo que le pido que estudie como maestro. Ella se pone a hacerlo y le va muy bien. Los logros de Brely no son obra de la casualidad, no son fortuitos...
Que no son fortuitos, dice.
Después, Brely dirá que Juan Antonio, el padre, es su talón de Aquiles.
“Siempre ha estado ahí picando piedra y motivándome día con día. Lo tenía en la escuela y en la casa. Fue un talón de Aquiles”.
Pero antes las cosas no eran así, antes fue distinto.
Y para contar la historia de Brely hay que ir un poco más en reversa, regresar la película, dice Brely una mañana en el salón de sesiones del Congreso del Estado, durante el evento “Parlamento en Educación Juvenil Coahuila 2026”, al que Brely ha venido con algunos de sus compañeros de oficina representando a la Dirección para Promover la Igualdad y Prevenir la Discriminación.
Antes de ahora Brely tuvo que recurrir a la justicia federal para que un juez federal ordenara a las autoridades de la Secretaría de Educación, a través de un amparo, el acceso de Brely a las aulas de la Escuela Normal Experimental de San Juan de Sabinas, primero como oyente, después como alumna regular, luego de una dura batalla de dos años.
“No me dejaban entrar dentro de la Normal Experimental, por fallar en dos intentos de examen de admisión. Después tuvimos que picar piedra y que consultar con un abogado”, cuenta Brely.
-¿Por fallar?
-No cumplía con los estándares del puntaje, ahí se basaba en los promedios, pero yo no le sé tanto a lo de los números. Mi madre sabe más sobre los promedios, sobre el ámbito legal y yo no tanto.
Dice Brely y sonríe, Brely sonríe siempre.
EL CAMINO DE LA INCLUSIÓN
Para llegar a la casa, claro frontispicio, dos niveles, arbolito, aparcadero, en el privado Altaria, centro de Saltillo, actual domicilio de Brely, hay que primero presentarse en la caseta, anunciarse con el vigilante, trasponer una puertita de forja, toparse con la panorámica de un parque, césped bien cortado, banquitas, quiosco, árboles, árboles, árboles, doblar por una calle a la izquierda, luego a la derecha, que es Farallón, y tocar en el 123.
Es el ocaso de un lunes.
En la sala, con sillones voluptuosos, paredes desnudas, la voz de una mujer:
“Lo que nosotros alegábamos era que no había adecuaciones curriculares en el examen, porque simplemente el sistema no sabía que estaba presentando una alumna con síndrome de Down, entonces no hay ninguna consideración. Lo que hace la escuela es que si presentan 500 alumnos escogen los 60 mejores exámenes de los que quieren preescolar y son los que entran. Brely no estaba dentro de esos 60 mejores exámenes, pero sí había muchos alumnos, sin ninguna discapacidad, que tenían un examen más deficiente que el de Brely. Para nosotros ese era un dato de que Brely tenía más capacidad que algunas personas sin discapacidad”.
La mujer se llama Brenda Elizabeth Flores Flores, es la madre de Brely, y está recordando el día que salió, llorando, de la oficina de un funcionario de la Secretaría de Educación del que, por salud mental, instinto de conservación o mecanismo de defensa, tal vez, ha olvidado el nombre.
Brenda dice que no le quiere dar fama.
“Me decía, de una manera muy ignorante, que ella no podía estudiar, porque tenía síndrome Down y nunca había habido una alumna con síndrome Down en la Escuela Normal. Y entonces le decía yo que no se había tomado la molestia ni de conocer a Brely ni saber la capacidad que ella tenía”.
Relata Brenda, pero no llora y no llorará una sola vez a lo largo de la charla, tampoco Brely llorará.
El karma, dice Brenda que el karma, llegaría cuatro años después, en la ceremonia de graduación de Brely, verano de 2024, cuando al funcionario que le había negado a Brely su pase a la Normal, le tocó poner en sus manos el título que la acreditaba como Licenciada en Educación Preescolar, promedio 9.2, un mínimo de adecuaciones curriculares.
Brenda dirá que, sin duda, esto fue obra del karma, que fue el karma.
“Las vueltas de la vida... y la persona que nos dijo que no se podía, tuvo que reconocer, públicamente, que sí se pudo”.
LA SUPERACIÓN
Pero para llegar al día de la graduación, hay que volver un poco al principio, dice Brely, que al principio, al 23 de agosto de 1999, la fecha en que Brely vino al mundo, equipada con un cromosoma extra en el par 21, en lugar de los dos que existen habitualmente, y la recibió el médico gineco–obstetra Juan Antonio De La Cruz Quiroga, su abuelo paterno.
“Fue cesárea. Ahí le noté la carita, desde entonces vi la cara de mija que traía... No hay problema ese estado de... Es una condición, ¿verdad?, que en este caso mi niña la ha superado al mil”, dice el abuelo Juan Antonio, 78 años, a media tarde de un miércoles, la misma sala, la misma casa.
Otra mañana, en el área de marcha con cámaras y pantallas del Centro de Rehabilitación e Inclusión Infantil Teletón Coahuila, Raúl Díaz González Santibáñez, director médico, explica que el síndrome de Down, descrito en 1867 por el galeno británico John Langdon Down, no es una condición hereditaria, sino que más bien está asociada a la edad materna, tanto a la edad muy corta, como más allá de lo adecuado para ser mamá.
Brenda dirá que su embarazo fue normal.
Antonio, el abuelo, cuenta que Brely hablaba poco, que empezó a hablar muy poco y cambiaba el lenguaje.
Años después don Antonio se sorprendería de saber que Brely, la que al principio hablaba poco, era, es, una de las graduadas con el nivel de inglés más alto entre sus congéneres de la Normal.
Y más años después el abuelo Antonio se sorprendería de ver a Brely plantada en los escenarios, dictando conferencias sobre inclusión, discriminación, igualdad y derecho a la educación.
Al fin que a Brely, dice el papá, siempre le han gustado los escenarios.
“Invito a todos los padres, madres, familias, todos, con un miembro con discapacidad, a que sean agentes activos de la inclusión. La inclusión no es de una sola persona, es un trabajo en equipo, un trabajo colaborativo, del padre, madre, maestro, profesionistas, y los invito a que se haga una red de apoyo de inclusión. Los invito a que nos conozcan. Las personas con discapacidad también somos personas con metas, sueños y estamos trabajando para lograrlo”, dice Brely en un video producido por ella y proyectado durante una plática virtual con alumnos del diplomado en Inclusión y Vida Independiente para Personas con Discapacidad, impartido por la Universidad Anáhuac Online.
PADRES ORGULLOSOS
Hija de Juan Antonio De La Cruz y Trejo, doctor en Educación él, y de Brenda Elizabeth Flores Flores, contadora, ella, Brely fue la mayor de cuatro hermanos y portadora de trisomía 21, síndrome de Down.
“Entonces no había mucha información que digamos, además de que mis padres fueron padres primerizos, los nervios estaban a flor de piel, el qué dirán, tenían mucho miedo, y todo eso se les fue yendo con el paso del tiempo. Ahora me dicen ‘estamos muy orgullosos de ti, vas a cumplir todo lo que tú deseas...”, relató Brely en su primera entrevista para SEMANARIO, foro “Parlamento en Educación Juvenil Coahuila 2026”, 14 de mayo.
Brenda dirá que el haber parido a una bebé con síndrome de Down, le impactó, al principio:
“Porque era mi primera hija y aparte no conocía a nadie con síndrome Down. Rosita es una ciudad muy chica, somos 40 mil habitantes, y nos tocaron casos de que nos decían ‘fulano de tal tiene un hijo’, pero nunca lo conocimos porque nunca lo sacaron, lo tenían encerrado en su casa, nunca socializó”.
El doctor Raúl Díaz González Santibáñez, director médico del CRIT, contará que conoció casos de personas con síndrome de Down, y otras discapacidades, que permanecieron escondidas.
“Muy triste. Nos dimos cuenta que muchos de ellos eran resguardados en la casa. Vemos todavía adultos mayores que tienen síndrome de Down y que no pueden hablar, que se mueven con mucha dificultad, que no tienen educación, que no participaron en ninguna oportunidad de escuela, de formación”.
Brenda sintió de pronto como si la hubieran mandado al destierro en un país extraño, donde todos hablaban una lengua ininteligible para ella.
“No sabes cómo actuar...”.
-Lloró, ¿no?
-Sí, al principio sí lloras. No tanto por decepción, lloras porque no sabes cómo hacer la chamba de mamá que sea bien para ella...
Fue un pediatra, sin bola de cristal, quien al poco tiempo del nacimiento de Brely, se encargaría de predecir un futuro nada promisorio para ella, contra el que Brenda y Juan Antonio lucharían desde entonces.
“Nos dice todos los no: que no iba a poder hablar pronto, que no iba a caminar a su edad, que iba a tardar en hacer todo, que a lo mejor no iba a poder ir a la escuela. Nos dijo todos los no”, repite Brenda.
Apenas salieron del pediatra, Brenda y Antonio llamaron a una reunión familiar, y les dijeron a todos, “bueno, Brely tiene esto. Nosotros no conocemos lo que va a llegar a hacer, pero tienen prohibido, todos, hacer las cosas por ella y tenerle lástima, porque si no ella no va a lograr nada. Necesitamos que nos ayuden tratándola como tratarían a cualquiera de los demás, y la van a regañar igual que a los demás, porque si no, nos van a echar a perder el trabajo que nosotros hagamos”, platica Brenda.
LA TRAYECTORIA DE VIDA
Un artículo titulado “Acercamiento a la inclusión educativa en la trayectoria escolar de una estudiante con Síndrome de Down hasta la educación normal”, escrito por Brely, en coautoría con su padre y la investigadora Martha Elena Borjón Montoya, y publicado en el libro “ESTUDIANTES AL CENTRO: CLAVES PARA ENTENDER LA EDUCACIÓN INCLUSIVA”, dice esto sobre el debut de Brely en el mundo de la “gente común”:
Que a los 40 días de nacida Brely inició su trayectoria educativa, tomando parte en el programa de estimulación temprana para el desarrollo motor en el Centro de Atención Múltiple, (CAM), número 17, de Rosita.
Y dice que en aquella época, las postrimerías de los noventa, aún se carecía de la información requerida para atender los casos de infantes o bebés con trisomía 21.
“En Rosita no había muchos centros de atención. Había un CAM que todavía está. Ahí la llevamos desde los 45 días a los dos años, nada más a que le dieran como estimulación temprana y masaje”, detalla Brenda.
Luego Antonio y Brenda, que habían empezado a documentarse, por medio de libros, acerca de la condición de su hija, le armaron una habitación de estimulación en su casa.
“Y comenzamos a hacer, ahora sí que, un experimento con ella”.
Un experimento, dice Brenda.
El resultado del experimento fue que la niña, con la ayuda de sus padres, maestros y terapeutas, logró los progresos en su desarrollo que hubiera logrado un nene sin síndrome de Down, de la misma edad.
“Logró hacer todo a su edad, a los seis meses se sentó, al año caminó”.
Tenía dos años cuando ingresó como alumna libre a un kínder particular. Ahí fue su educación inicial.
Un año después entró como pupila regular a otro jardín de infancia, regular.
Cuando a Brely la inscribieron en primero de primaria, antes de cumplir seis años, ya leía y escribía.
“Cuando salimos de con aquel pediatra que nos dio el diagnóstico mi esposo dice, ‘el doctor no es quién para decirnos lo que Brely va a lograr o no va a lograr. La única que nos puede decir es ella y está en nosotros lograr que ella haga grandes cosas’. Afortunadamente nos aplicamos, le enseñamos, fue aprendiendo todo. Para sorpresa de nosotros Brely hizo todo, como un niño normal. Eran cosas que el doctor nos dijo que no iban a funcionar y que nos fuimos demostrando que sí se podía. Si nosotros hubiéramos hecho caso al doctor, como una receta médica, a lo mejor Brely no hubiera logrado nada de lo que logró”, dice Brenda.
De aquella infancia no hay recuerdos tristes: la escuela, amigos de escuela, y una madre que le dijo, “nunca permitas que nadie te diga que no se puede, ni siquiera yo”.
LA FAMILIA
Las 4:00 de la tarde de un miércoles, privado Altaria, casa de Brely y sus hermanos.
Pamela, la segunda hija de la familia De La Cruz y Flores, 24 años, pasante de medicina, prefiere acordarse de cuando ella y Brely eran niñas, que jugaban a las muñecas, a los bebés, a la casita.
“Siempre íbamos para todos lados juntas, jugábamos juntas. Mi mamá siempre nos vestía iguales, íbamos a clases de lo mismo, a computación, baile. A donde mi mamá metía a una, metía a la otra”.
Que siempre iban a clases de lo mismo, dice Pamela.
-¿Cómo se llevan?
-Normal, siempre nos han inculcado verla como lo que es, nuestra hermana antes de ver cualquier discapacidad. Incluso mi abuela a veces nos regaña porque dice “no la molesten, no le digan cosas”, y yo le digo, “es que si les digo cosas a mis otros hermanos a ella también”. Como me llevo con ella es como me llevo con todos. No hacemos diferencia de nada.
-Ella es la mayor, ¿no?
-Y siempre, para todo, sale de que “yo soy la mayor, yo soy la mayor”.
Camila, 13 años, alumna de secundaria, la menor de todos, dice que no habla mucho con Brely.
“Casi nunca pasamos tiempo de que nomás nosotras dos, pasamos más tiempo con mis abuelos o con mis hermanos, los cuatro, o con mis papás. No nos llevamos tanto”.
-¿Por qué?
-Nomás... porque no nos gustan las mismas cosas a mí y a ella. Y, por ejemplo, mi hermana (Pamela) y yo tenemos los mismos gustos.
Es 27 de mayo, y en el 123 de la calle Farallón reina un ambiente festivo. La razón, cumpleaños 22 de Eros, estudiante del cuarto año de medicina, el tercero de los hermanos de Brely, su favorito, dirá ella.
-Dice que él es su hermano favorito, declara Pamela.
-Dice que yo soy su hermano favorito, pero soy el único, la secunda Eros.
-¿Por qué el favorito?
-Pues quién sabe por qué será.
-No sé, yo creo que porque es el más calmado, vuelve a decir Pamela.
-Yo creo que porque no comparte cuarto conmigo, ataja Eros.
Brely que viene llegando de la oficina, después del trabajo, revira:
-¿Mi favorito?, Eh... más o menos, sí. Es el único que me soporta.
La sesión de fotos es en la calle, a la sombra de un árbol sin jardín.
En la foto Eros, Sofi la novia de Eros, Brenda, Brely, Pamela y Camila.
“Aunque nos va a faltar el padre...”, dice Brely.
“Alguien tiene que trabajar”, responde Brenda.
Un lunes a la 1:00 de la tarde, por larga distancia desde su trabajo como maestro investigador en la Normal Experimental de San Juan de Sabinas, Antonio De La Cruz, el padre, dice que a Brely en la escuela no la bulearon.
Que no, que, al menos, él no se enteró y que Brely nunca le dijo nada.
Que hubo compañerismo, amigos, amigas, que la adoptaron, la cuidaron, la protegieron, la acompañaron.
“Claro, había compañeros que le llegaron a decir algo, pero no recuerdo que Brely me haya dicho, ‘me dijeron esto, me dijeron’. Creo que ni lo guardaba ella en su mente ni en su corazón. Cuando estaba en primaria, secundaria les hablábamos a sus amigos, ‘la tarea, porque esta niña no anotó nada’, ya nos decían. En la Normal tenía una compañera de otro grado que la cuidaba mucho, la acompañaba a la cafetería y a todos lados. Siempre ha habido una persona ahí a su lado que la ayuda o la guía, que la ha acompañado”.
Cuenta el doctor De La Cruz y Trejo, y cuenta que el mayor problema ha sido con las instituciones que ponen barreras para que puedan las personas con capacidades diferentes progresar, seguir avanzando.
En algún momento Brely hablará de maestros de educación especial y de maestros sombra, que le ayudaron a sacar adelante sus materias.
-¿Fue difícil la escuela, Brely?
-Difícil no, retador sí. Yo no creo en la palabra imposible.
Dice Brely.
Su risa es la personificación de la certeza, si la certeza fuera una persona, se reiría como Brely.
Y Brely hablará de romper paradigmas, de no repetir patrones, de que cada uno sea el arquitecto de su propio destino, dueño de su vida, pero también hablará de trabajo corporativo, de redes de apoyo, de familia.
“Toda una aventura, igual que la vida, que es caótica, a veces, otras veces es agotadora, te puedes derrumbar, pero también te hace volar, en cuestiones de que tienes que creer en ti mismo. Habrá momentos en que llegues a no confiar ni en ti ni en los demás, porque la vida te va enseñando eso, te está deshumanizando, y es algo de lo que ya estamos hartos. No tengo que adaptarme a los demás o seguirles la corriente. A veces está bien ir a contracorriente, esa es la neurodivergencia, no tener miedo a ser diferente, a no conformarse, a no ser igual a los demás. Yo rompí patrones, rompí los esquemas y las barreras, además de que rompí las expectativas de mis padres, porque soy la primera hija, así que... súmale que hay que darle el ejemplo a los hermanos”.
Que rompió patrones, dice Brely.
ENFRENTARSE A TODO Y A TODOS
18 de mayo, 7:30 de la noche, conferencia en línea de Brely y Brenda, dirigida a alumnos del diplomado en Inclusión y Vida Independiente para Personas con Discapacidad, de la Universidad Anáhuac Online.
Brenda está compartiendo uno de los pocos episodios amargos en la vida académica de Brely, uno de los pocos, apenas una brizna de recuerdo, pero que Brenda no olvida.
Sucedió el día que unos compañeros de la secundaria vinieron para comunicarle sobre un castigo que la maestra de artes había aplicado a Brely, durante la clase.
“Me dijeron que la había parado en el rincón y que la había volteado a la pared y... haz de cuenta que la ofendió”.
Al siguiente día Brenda estaba en la escuela, a la puerta del salón, encarándose con la profesora.
“Le dije ‘maestra, nada más le quiero dejar en claro que si usted está buscando que Brely se vaya de la secundaria, lo que va a ocasionar es que usted es la que se va a ir, porque Brely no’”.
Brely evoca así el momento:
“Yo no le di importancia, fue ignorarlo, hasta que vi a mi madre, como madre leona, ya me di cuenta de lo que me hizo la maestra. Honestamente yo pensé, ‘¿qué pasó, qué hice para que mi mamá se viniera hasta acá con la maestra?’. En toda mi trayectoria educativa así tuve que hacerle, ignorar lo que me hacían y dejarle ese reto a mi madre, que es la que me defiende a cuerpo y espada”.
Con el tiempo la maestra desistió de sus castigos.
10 años después, el karma, Brenda dice que el karma, que todo lo que haces, bueno o malo, se te regresa:
“Me invitan a dar una plática al CEREDI, (Centro Regional de Desarrollo Infantil y Estimulación Temprana), que es donde atienden a niños con discapacidad. Lo primero que veo, entre los papás, es a esa maestra de artes que me había hecho la vida imposible en la secundaria con Brely. Cuando termino de dar la plática se me acerca y me dice ‘yo le debo una disculpa’ y dice ‘mi hija tuvo un niño con autismo muy severo, su esposo la dejó a raíz de eso, ella tiene que trabajar para sacarlo adelante, yo me jubilé, soy la que me encargo del niño y estoy muy cansada porque ya soy grande y estoy lidiando con problemas para los que no estaba preparada. Y nunca se me va a olvidar que usted me dijo que si yo no sabía ser maestra de educación especial, no era su problema y tenía razón’. Ahora ella estaba en mis zapatos, pero lo tuvo que aprender, de la peor manera”.
La maestra en los zapatos de Brenda.
El karma.
EL ACOMPAÑAMIENTO
Soledad Trejo Carrillo es la abuela paterna de Brely, 76 años, maestra jubilada después de más de cuatro décadas de laburo, 38 en la Normal, y es una de las personas que ha acompañado a Brely desde que nació y durante casi toda su trayectoria escolar.
“Hicimos un equipo los papás con los abuelos y ahorita Brely ya está realizada, gracias a Dios. La acompañé en ese proceso de lo que fueron las escuelas, porque como, usted sabrá, los chicos con alguna condición o con algún problema, sea lo que sea, sea síndrome de Down, sea lo que sea, tienen problemas en las escuelas para ser comprendidos, aceptados”.
Soledad le consiguió tutores, maestros auxiliares a Brely, que le ayudaran en las tardes.
Hasta que se retiró y decidió desafanarse, dice que se desafanó, de todas sus tareas de maestra.
“Mi hijo me decía ‘ayúdala, apóyala’, le dije ‘no mijo, yo ya... Les toca a ustedes’”.
La época de secundaria y preparatoria de Brely podría resumirse en cinco palabras: conflictos que se fueron resolviendo.
“Se presentaron algunas situaciones adversas a los objetivos que se perseguían en pro de la inclusión, aunque estas no impidieron que se culminara con éxito la formación en estos niveles educativos, incluso con la satisfacción expresada por directivos y docentes de haber contribuido a este fin”, expone Brely en su artículo “Acercamiento a la inclusión educativa en la trayectoria escolar de una estudiante con Síndrome de Down hasta la educación normal”, publicado en la revista española Educación Inclusiva.
Juan Antonio dirá que han sido muy pocos los maestros que le han puesto piedras en el camino, que la mayoría han sido buenos con ella, que la han ayudado.
En la víspera de concluir el bachillerato Brely resolvió que estudiaría psicología, le encantaba la psicología, y recordó entonces la frase que desde niña le había repetido su madre: “Nunca permitas que nadie te diga que no se puede, ni siquiera yo”.
Sus padres la inscribieron en la Universidad Pedagógica Nacional, (UPN), que recién había abierto una sede en Nueva Rosita.
Aquí fue el preámbulo de una de las épocas de discriminación más drásticas para Brely.
“Primero, así como que querían captar, llenar, porque era la primera generación y no pos sí, ‘pásele, pásele, aquí está, inscríbanla’, abrieron la puerta y luego le fueron poniendo muchos obstáculos en el camino, que no podía y que esto y que... Lo mismo, ir poniéndole detalles que eran inexistentes”, narra Juan Antonio De La Cruz.
Los padres terminaron por sacarla.
UNA ELECCIÓN Y UNA LUCHA
Brely, que había crecido bajo la influencia de su abuela y su padre, maestros por vocación, no tardó en elegir carrera.
“Yo veía a las alumnas normalistas con mi abuela, con mi padre, las prácticas, los materiales. Con ese primer vistazo yo supe que quería ser como ellos”, dice Brely.
-¿Tuviste miedo?
-Digamos que es algo complicado. A veces sí tengo miedo, pero yo suelo aparentar no tenerlo, porque es el firme de la hermana mayor, de que aunque tenga miedo, tengo que seguir fuerte porque es el ejemplo que les voy a dar a mis hermanos.
Se registró entonces en el concurso de admisión para ingresar a la licenciatura en Educación Preescolar de la Escuela Normal Experimental “Profesor José Federico Borjón de los Santos”, de San Juan de Sabinas.
Dos veces fue rechazada.
Sus padres aseguran que eso obedecía más a su condición de joven con síndrome de Down, que al puntaje obtenido en las pruebas.
“No le permitían el acceso a la educación superior por tener síndrome de Down. En aquel tiempo, el argumento del Secretario de Educación era que Brely no podía entrar porque nunca había habido un alumno con síndrome Down en la Escuela Normal. Nosotros decíamos ‘es un ignorante, ¿por qué no decir que puede ser la primera?’, Era un nivel de ignorancia que nosotros no creíamos”.
“¿Y ya probaron con un amparo?”, les preguntó por aquellos días alguien, un conocido.
Los padres de Brely no sabían nada sobre cuestiones legales, pero decidieron probar.
Fueron entonces a un juzgado federal en Piedras Negras, donde un abogado les explicó y les ayudó con lo del amparo.
Después fue la zozobra, la incertidumbre.
“Como el amparo era contra la Secretaría de Educación Pública, que era la que no le permitía entrar al nivel superior, teníamos la duda de que si era contra el gobierno nos fueran a dejar a la mitad del caso, sin respuesta”, dice Brenda.
A las pocas semanas un juez federal emitió una sentencia provisional del juicio de garantías interpuesto por los papás de Brely, en la que ordenaba a las autoridades educativas el acceso inmediato de la joven a las aulas de la Normal, como alumna oyente.
Era enero de 2020, mitad de ciclo escolar.
Un mes y medio después salió la sentencia definitiva, en la que el magistrado obligaba a la Secretaría de Educación a recibir a Brely como alumna regular.
“Y les pone a la Normal ciertas condiciones como que el director será el encargado de vigilar la permanencia de ella en la escuela, que no haya actos de discriminación por parte de maestros y alumnos, que vigile que se dé una buena inclusión educativa. Brely tuvo muy pocas adecuaciones curriculares, los maestros, por lo mismo que no querían que entrara, no le hacían adecuaciones curriculares. Y estaba doblemente presionada, porque nosotros queríamos que ella demostrara que estaban mal ellos, al no querer que ella estudiara. Le decíamos, ‘tú no te puedes permitir equivocarte, porque están los ojos puestos en ti’, y dar lugar a demostrar ellos que la inclusión no estaba permitida o decir, ‘ven, les dijimos que no era correcto que se incluyera’”.
Narra Brenda de vuelta a su conferencia en línea con alumnos del diplomado en Inclusión y Vida Independiente para Personas con Discapacidad.
Que no podía equivocarse, le dijeron a Brely sus padres.
“En la carrera le exigieron como a cualquier alumno y Brely respondió, a lo mejor dedicándole un poco más de tiempo o con un doble esfuerzo, pero respondió igual que los demás”, dice Brenda.
LIMITACIONES POR IGNORANCIA
El director médico del CRIT, Raúl Díaz González Santibáñez, advierte que es increíble que el mundo cierre sus puertas a personas como Brely.
“Todavía hay gente que tiene esas limitaciones de pensamiento, yo no lo considero maldad, lo considero ignorancia. No saben que una persona con esta condición puede hacer una vida tan normal como cualquier otra persona. La inteligencia de estas personas cada vez nos sorprende más, el caso de ella nos sorprende. Una chica que está desarrollándose, que hizo su carrera, que va a hacer su maestría, que está abriéndose paso en el mundo. No es un acto de caridad el acto de darles una oportunidad en la vida, es un acto humano, de derechos”.
Últimos meses, del último año de la carrera, otra piedra de tropiezo en el camino de Brely: una carta, la carta que un grupo de alumnas habrían hecho llegar a los directivos de la Normal con un inventario pormenorizado de los supuestos desatinos escolares de la estudiante.
Carta malograda.
“Ya luego nos dimos cuenta de que estaban manipuladas por un maestro de los que no habían querido que Brely entrara. Es lamentable que en vez de aprovechar la presencia de Brely como aprendizaje, vaya, porque ellos iban a ser futuros maestros y sí o sí iban a toparse con algún alumno con discapacidad en sus grupos cuando ejercieran, se hayan prestado a hacer actos de discriminación y a juzgarla”, reprocha Brenda.
Años después, Brely acostumbraría cerrar sus conferencias, agradeciendo a la vida el haber transitado por caminos pedregosos.
“Dice ‘agradezco a las personas que me pusieron las piedras y que no creyeron en mí, porque eso me hizo la mujer que soy hoy’. Es una lección de madurez y de cómo ha afrontado ella los obstáculos que le han puesto”, dice Brenda.
“Cada piedra que te lancen, tú hazte una pared”, refuerza Brely.
EL TRIUNFO
La fotografía es de julio de 2024, el día de la graduación de Brely.
En la imagen aparecen sus hermanos y sus papás, Brely vestida con la toga y la banda roja de la Normal, a su lado Brenda, ataviada con el birrete, radiante, feliz, como alguien que ha alcanzado un sueño gigante.
Andando los días, Brely, que ya se había hecho de fama pública ser la primera licenciada en Educación Preescolar con síndrome de Down en todo el país y por sus hazañas en el campo de la inclusión educativa, se hizo más famosa aún: entrevistas en periódicos, apariciones en noticiarios de canales de televisión nacional.
“La Secretaría de Educación en ese momento no pudo cacarear mucho el caso de Brely, que era nacional, que salió en televisión nacional. No pudieron presumir mucho el que había culminado su carrera, porque estuvieron en contra de que entrara a la universidad”, se ufana Brenda.
Hace más de dos meses Brely recibió en su celular un mensaje que la dejó pasmada.
Era de la oficina de la Dirección para Promover la Igualdad y Prevenir la Discriminación, adscrita a la Secretaría de Inclusión y Desarrollo Social, en el que le ordenaban que se presentara a trabajar al día siguiente.
Brely se hallaba en Rosita, con sus padres.
“Ya nos habían dicho que le ofrecían trabajo, que si había la posibilidad de que se fuera a Saltillo, no le dimos importancia. Un día me hablan de la Secretaría de Inclusión y me dicen ‘oye, dale la oportunidad, no te vas a arrepentir, ella va a aprender. Tanto trabajo que han hecho en su independencia para que no avance. No la limites’. Hicimos de tripas corazón y entregamos la papelería, pero se tardaron como dos meses en hablarle, dijimos ‘no, ya no le hablaron’. Y de repente un día... Hoy la escuchamos muy contenta, incluyéndose en la vida laboral, ya más madura. No sabemos cuánto tiempo va a estar ahí, pero sin duda lo estamos haciendo como un experimento para que ella se demuestre a sí misma que sí puede”.
Como un experimento dice Brenda.
En la clausura de un debate sobre leyes y pueblos originarios, Casa de los Saberes Jurídicos de la Suprema Corte en Saltillo, Patricia Esther Yeverino Mayola, la titular de la Dirección para Promover la Igualdad y Prevenir la Discriminación, dirá que sin duda fue un cambio radical en la vida de Brely.
“El cambio es que ya no está viviendo en Rosita y, bueno, yo supongo que ha de ser un reto tanto para la familia, como para ella. Es parte de lo que tenemos que seguir aprendiendo: a buscar la autonomía y la independencia de las personas que viven con discapacidad”.
-¿Cómo ves tu futuro, Brely?
-El futuro... es algo que no debe preocuparme, porque el futuro ya vendrá...
Epílogo.
En 2019 Brely, en colaboración con Brenda su madre, creó la Fundación Rompe Barreras A.C., en la que, a través de pláticas, ambas comparten su experiencia y trayectoria de inclusión, toda vez que brindan asesoría sobre este tema a familias con hijos discapacitados. Su trabajo de tesis, que es un estudio de su caso realizado por ella, ha sido publicado en forma de artículo por la revista española Educación Inclusiva, especializada en temas de inclusión, y en el libro ESTUDIANTES AL CENTRO: CLAVES PARA ENTENDER LA EDUCACIÓN INCLUSIVA, editado por la Universidad de Murcia, en España.
Brely ha llevado sus charlas a distintos escenarios en Coahuila y otros estados de la República. En 2024 cursó el diplomado en Inclusión y Vida Independiente para Personas con Discapacidad, de la Universidad Anáhuac Online, con las mínimas adecuaciones curriculares. Recién fue llamada a integrarse al área de prevención de la Dirección para Promover la Igualdad y Prevenir la Discriminación del gobierno estatal. Y ha sido aceptada en la maestría de Educación Especial que imparte la Escuela Normal Regional de Especialización. Actualmente tiene invitaciones para asistir como conferencista a los países de España, Argentina y Colombia. A la par lucha por obtener una plaza como docente de educación preescolar en algún jardín de infancia. Y ella y su madre proyectan escribir un libro sobre experiencias y estrategias de inclusión educativa.
