La violencia criminal ha disminuido en Coahuila, pero otras formas de violencia se instalaron en la vida cotidiana: violencia familiar, agresiones contra mujeres, abuso sexual, drogas y riñas ocurren con frecuencia. Se trata de otro rostro de la violencia que no siempre aparece en los titulares, hasta que suceden casos como el ataque a una secundaria de Torreón. Especialistas advierten la necesidad de no invisibilizar estas violencias.
Sí. Coahuila tiene los niveles más bajos del país en violencia de alto impacto como homicidios vinculados al crimen organizado o secuestros. Pero debajo de esa calma persiste otra violencia. No siempre aparece en las estadísticas de seguridad ni ocupa las primeras páginas. Está en las casas, en las escuelas, en las colonias, en los bares, en las redes.
Se trata de una agresión que corre el riesgo de normalizarse, aseguran especialistas entrevistados.
El 1 de octubre, dos hermanos, cuates de 18 años, ingresaron a la secundaria General número 13 del ejido La Unión en Torreón. Entraron con petardos, cuchillos y hachas, y atacaron a la comunidad. Mataron a una subdirectora e hirieron a cuatro personas más, incluido un estudiante de 13 años.
Este hecho violento no puede considerarse como un hecho aislado, ni dirigir el tema únicamente a posibles asuntos de salud mental, sino que se tiene que abordar desde el ámbito estructural, asegura Fernando Araujo, investigador de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC) y doctor en Criminología.
Víctor Manuel Sánchez, investigador de la UAdeC, doctor en Políticas Públicas y experto en temas de violencia criminal y seguridad pública, distingue entre las distintas dimensiones de la violencia. La más letal, explica, es la relacionada con el crimen organizado, por sus efectos en secuestros, desapariciones y homicidios. Pero mientras Coahuila, acota, ha hecho un buen trabajo para controlar esa violencia macro, todavía existen áreas de oportunidad frente a las violencias cotidianas.
En ellas caben la violencia familiar, la violencia en el hogar, las agresiones contra mujeres y menores de edad, las pandillas, las riñas en colonias, bares y centros nocturnos, además del bullying y la violencia digital.
“Es una sociedad mexicana violenta”, resume, pues considera que esas microviolencias son una tendencia nacional.
El problema es que buena parte de esas conductas no siempre se reconocen como violencia. Marco Zamarripa, director del Consejo Cívico de las Instituciones (CCI) Laguna, explica que cuando se observan únicamente las estadísticas de los delitos de alto impacto, las dinámicas sociales que pueden convertirse en conductas antisociales o criminológicas pasan desapercibidas.
Son hechos que parecen menores. Pero no necesariamente lo son.
“Se vuelven conductas muy sutiles y al final terminan poco a poco, así como la gota que perforó la roca, erosionando la cohesión social”, señala Zamarripa.
Zamarripa señala que han advertido desde hace tiempo de deterioros muy focalizados que se dan cuenta también en el comportamiento antisocial. “Pudieran ser hechos menores, pero de no atenderse son un problema”, comenta.
Añade que si bien no hay banderas rojas en los delitos de alto impacto, se tiene que ser preciso que se está enfrentando a otro tipo de conductas que no son muchas veces percibidas.
LA VIOLENCIA QUE ESTÁ EN CASA
Una de las expresiones más visibles de esa otra violencia está dentro de los hogares.
Hasta agosto de este año Coahuila acumulaba 10 mil 331 carpetas por violencia familiar, de acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP). La entidad ocupaba el sexto lugar nacional por número de casos y el segundo si se considera la tasa por cada 100 mil habitantes, con 300.29.
En 2025 fueron 12 mil 634 denuncias por violencia familiar: un promedio de 34.6 cada día.
Para Bárbara Olivas, integrante de la colectiva Abogadas Laguneras, se trata de una incidencia “impresionante”. Y, a su juicio, no existe una política pública suficiente para combatirla.
“Hay un desinterés”, sostiene.
Marco Zamarripa del CCI Laguna, comenta que hay temas particulares como la violencia familiar en donde se ha documentado una alta incidencia que no siempre se convierte en datos estadísticos o denuncias. Esta situación hace más complejo los comportamientos y dinámicas, no solo para el Estado, sino también para organizaciones de la sociedad civil, explica.
“Muchas veces las conductas pasan desapercibidas y son difíciles de medir”, comenta.
El investigador Víctor Manuel Sánchez dice que algunos tipos de violencia familiar por muchos años se ocultaron, pero que ahora, con mejor cultura de denuncia y mejores modelos de atención, lleva a que no pueda ocultarse y que se intente atajar.
En el caso de los dos hermanos que atacaron la secundaria del ejido La Unión, el fiscal Federico Fernández declaró que los jóvenes vivían en un contexto de desintegración familiar “delicado”.
Fernando Araujo, investigador de la UAdeC y doctor en Criminología, comenta que la desintegración familiar es un fenómeno vigente y explica que no es una cuestión donde únicamente se va generando o se va fracturando, por lo que se tiene que reconocer que no existen las condiciones materiales para que las familias puedan desarrollarse de mejor manera su vida.
Sin embargo, la violencia familiar tiene un foco especial. Las víctimas suelen ser mujeres.
Según testimonios del ataque en Torreón, los dos hermanos gritaron “¡Vamos por las mujeres!”.
La violencia contra las mujeres, dice Bárbara Olivas, integrante de la colectiva Abogadas Laguneras, no apareció de pronto. Se ha acumulado durante años. La violencia feminicida tampoco comienza necesariamente con un asesinato: se construye día con día, a partir de otras agresiones que pueden parecer menores cuando se observan por separado.
Comenta que a pesar de que se repite que Coahuila es un estado seguro y que no hay delitos de alto impacto como en el resto del país, sí existe un abandono “impresionante” en los delitos hacia mujeres, niñas y adolescentes.
Los datos de feminicidio muestran la dimensión más extrema de esa cadena. En 2024, año en que se solicitó la Alerta de Género que a la fecha sigue sin avanzar, se registraron 20 feminicidios en Coahuila. En 2025 fueron nueve casos. Hasta agosto de este año, el registro ya era de 20.
Sofía Díaz, representante legal de la Asamblea Mujeres que Luchan por Mujeres, advierte que reducir el fenómeno a los feminicidios deja fuera una parte mucho mayor de la violencia de género: abuso sexual, violaciones, violencia familiar y otras agresiones.
Coahuila también aparece entre los primeros diez estados con mayor número de mujeres víctimas de lesiones dolosas y de llamadas de emergencia relacionadas con violencia contra la mujer, abuso sexual, acoso u hostigamiento sexual, violación y violencia familiar, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.
“Si no disminuyes la violencia de género, los feminicidios tarde o temprano van a ocurrir”, afirma Díaz.
Para Bárbara Olivas, el problema también está en lo que ocurre cuando una mujer decide denunciar. Habla de una revictimización que termina desalentando a las víctimas, pues existe la impresión de que no hay interés en proporcionar seguridad y que las mujeres tengan certeza de que pueden denunciar si son víctimas o que pueden acudir a corporaciones de seguridad.
“¿Para qué hablo si no va a haber consecuencias?”, resume.
Díaz cuestiona que la respuesta institucional se concentre en crear organismos, puntos violeta o fiscalías especializadas sin garantizar que funcionen para quienes acuden a ellas. La pregunta, dice, no es solamente cuántas instituciones existen, sino qué ocurre con las víctimas después de entrar por sus puertas.
“Si así fuera, ¿por qué una persona que cuenta con medida de protección es asesinada por el agresor que previamente denunció?”, cuestiona.
NORMALIZAR LAS MICROVIOLENCIAS
Para Marco Zamarripa, director del CCI Laguna, el término de “microviolencias” sirve para nombrar aquellas conductas que, por su aparente menor gravedad, quedan fuera de las estadísticas o de la atención prioritaria.
El problema aparece cuando esas conductas dejan de ser excepcionales y se vuelven normales.
Un comentario sexista. Una humillación. El hostigamiento escolar o laboral. Una amenaza. Una agresión verbal. Una pelea que todos consideran parte de la convivencia.
Una tras otra, se acumulan.
“Como son normalizadas, invisibilizadas, luego las confundimos como costumbre y empezamos a aceptar”, explica Zamarripa. Esa aceptación, añade, puede permitir que una conducta se acumule hasta detonar en un episodio de mayor gravedad.
El caso de los dos jóvenes que perpetraron el ataque en la secundaria, son el reflejo de la falta de visibilidad a un tema, expone Lucía Sánchez Robles, terapeuta, enfoque terapia cognitivo conductual y terapia de aceptación y compromiso.
Explica que se trata de microviolencias que vivieron y fomentaron.
“Ellos mismos se invisibilizaron, no salían de su casa, se borraron, la sociedad los borró, la familia los borró. Son situaciones que tienen varias aristas”, comenta la psicóloga.
Considera necesario investigar a fondo los motivos para evitar acontecimientos similares, pues refiere que se está llegando tarde a la educación emocional de los jóvenes y adolescentes. “Estamos llegando muy tarde. Tenemos que abordar desde el momento preciso para evitar más violencia”.
Dice que lamentablemente la violencia ya forma parte de muchos sectores y eso ha hecho, coincide con Marco Zamarripa, en que exista una normalización de la violencia. Como sociedad, dice, se necesita cerrar el ciclo, pues recalca que no es normal la violencia que se vive en las familias o en las escuelas. “Así se han formado generaciones”, dice
Marco Zamarripa considera necesario dejar de observar únicamente los delitos consumados y comenzar a mirar lo que ocurre antes.
El Consejo Cívico de las Instituciones Laguna ha desarrollado un modelo de prevención de la violencia familiar en polígonos del suroriente de Torreón, una zona donde se concentra una parte importante de los reportes al 911.
En la segunda etapa del modelo encontraron que tres de cada diez personas encuestadas habían sufrido directamente algún tipo de violencia en el hogar: agresiones físicas o verbales, amenazas, humillaciones o violencia económica.
También encontraron, en promedio, un establecimiento de venta de alcohol por cada mil 300 habitantes.
Marco Zamarripa comenta que lo ideal sería tener mapeado todo tipo de violencias.
Alcohol, drogas y otras conductas pueden funcionar como detonantes de la violencia familiar, explica Zamarripa. Pero el problema no termina en identificar un detonante. Las comunidades necesitan recuperar capacidades que se han debilitado: comunicación, confianza, participación ciudadana y mecanismos para resolver conflictos de manera pacífica.
“El tejido social es un monstruo de mil cabezas”, dice Marco Zamarripa.
Cuando esa red se deshilacha o se rompe, las amenazas constantes comienzan a normalizarse, sostiene.
Por eso considera indispensable no acostumbrarse a las microviolencias, porque algo tan sutil, puede quedarse en un “no pasa nada”, pero al final sí pasa.
La terapeuta Laura Sánchez opina que términos como “reconstrucción del tejido social” se oyen muy “bonitos, demagógicos y mediáticos”, pero se necesita saber cómo reconstruir ese tejido.
“Se queda mucho en cuestiones panfletarias, en intentos. Necesitamos clarificar cuáles son las metas para llegar al gran objetivo. Las metas como gobierno, como familia, como sociedad, sino sólo se queda en el mote, pero no nos dicen cómo”.
Ejemplifica el caso del abuso de sustancias tóxicas, pues dice que todos conocen el daño, pero “cómo prevengo, no nada más regañar al joven para que no lo vuelva a hacer”.
La terapeuta Sánchez expone que si se sigue el mismo rumbo se continuará con la violencia extrema como se vive en otros países, en donde ya se ha normalizado; y existen situaciones comunes como el uso de armas en las familias, como en Estados Unidos.
“El riesgo de normalizar es la indiferencia. Lo que le pase al otro mientras no me pase a mí”, dice.
LA VIOLENCIA CRECE EN LOS JÓVENES
La escuela es uno de los lugares donde esas violencias pueden encontrarse.
Víctor Manuel Sánchez de la UAdeC, señala que una persona puede pasar buena parte de su vida dentro de un plantel educativo, desde la infancia hasta la universidad. Ahí se forman amistades, grupos y relaciones, pero también pueden aparecer conflictos, exclusiones y agresiones.
La violencia escolar puede tomar la forma de una riña, bullying, violencia digital o un conflicto que escala.
El investigador advierte que la violencia no aparece de cero, sino que tiene un proceso gradual. “Va escalando”, explica.
Por eso considera que detenerla en sus primeras manifestaciones puede impedir que llegue a niveles mucho más graves.
Fernando Araujo, doctor en Criminología, coincide en que los episodios de violencia en escuelas no deben analizarse como hechos aislados ni reducirse exclusivamente a posibles problemas de salud mental.
Señala que los problemas y fenómenos sociales alrededor del caso, sí atañen a las autoridades e instituciones.
“Estas situaciones solamente se controlan con políticas públicas, entonces hay una corresponsabilidad en ese sentido”, opina.
Después de episodios graves, las respuestas suelen concentrarse en protocolos reactivos, como los operativos mochila. Pero, a su juicio, no ha existido un acompañamiento sistemático que permita saber cómo ha evolucionado la violencia dentro de las escuelas.
“No hubo y no hay un acompañamiento, un seguimiento sistemático a cómo ha evolucionado la violencia”, expone.
Araujo considera que el primer paso debería ser construir un diagnóstico que permita identificar dónde están las violencias, cómo se manifiestan y quiénes son los jóvenes que las experimentan.
Detrás de algunas de esas expresiones, añade, también existen jóvenes que se sienten desplazados.
El investigador plantea que determinadas identidades juveniles pueden construirse a partir de vacíos y de la sensación de no pertenecer. Algunos jóvenes, dice, pueden sentirse relegados por una estructura educativa que no logra comprenderlos ni arroparlos, mientras al mismo tiempo enfrentan la exclusión o las microviolencias de sus compañeros.
“Se sienten relegados y no hay una estructura educativa que los arrope”, señala.
La psicóloga Laura Sánchez añade que se necesita una proyección de resultados, de las estrategias propuestas, pues dice que es común ir a escuelas, cárceles, anexos y dar pláticas, hacer intervenciones, dar consejos, “pero ahí nos quedamos”. Dice que se necesita analizar si funcionó y si no, reforzar. “No buscamos los resultados”, critica.
Además, señala que la visión adultocéntrica está impidiendo enfocarse en las juventudes, adolescencias e infancias, pues expone que la violencia expresada por los jóvenes no basta con decir que es un asunto de manejo de emociones, pues se trata de una suma de factores.
“La rabia que pueden sentir por no tener acceso a ciertas necesidades, los recelos que pueden traer, quizá por haber sido golpeados, las indiferencias que siente, es una suma de factores”, ahonda.
Recalca que hay una juventud que necesita ser visibilizada y escuchada; que necesita ser validada y no verla únicamente con la visión adultocéntrica.
Dice, además, que se olvida que no basta únicamente con la familia, sino que se tienen que crear lazos.
LA VIOLENCIA QUE SE REPRODUCE
Hay otro elemento que atraviesa estas expresiones: la exposición permanente a la violencia.
Víctor Manuel Sánchez, especialista en violencia criminal, observa que esta está presente en los hogares, las escuelas, las colonias y las redes sociales. Esa exposición puede generar insensibilidad frente a conductas que antes habrían provocado alarma.
“Tenemos un país muy violento que tiene presencia criminal en muchas zonas”, comenta.
También identifica procesos de imitación en ataques dirigidos contra escuelas. Señala que, en distintos lugares, después de un ataque pueden aparecer otros que retoman símbolos o elementos del anterior. En el caso de Torreón, observa patrones similares.
El doctor en Criminología, Fernando Araujo también habla de las llamadas réplicas y de la manera en que determinados acontecimientos violentos pueden convertirse en referencias para otros jóvenes. En ese proceso intervienen las identidades construidas alrededor de determinados contenidos y comunidades digitales.
Por eso considera que las redes sociales y las empresas digitales también tienen una responsabilidad. No basta con reaccionar cuando ocurre un ataque: es necesario entender qué consumen los jóvenes y cómo determinados contenidos pueden reforzar identidades o dinámicas violentas.
El doctor en Criminología también refiere que esas identidades y fijaciones que construyen las juventudes son derivado de vacíos, del sentirse desplazados. Por tal motivo, dijo que habría que cuestionar el papel de la institución educativa como estructura, pues considera que privilegia cierto tipo de juventudes e infancias, y desplaza a jóvenes que no cumplen satisfactoriamente con los estándares.
El especialista agrega que se tiene que entender qué está pasando en la juventud y darle las condiciones de vida óptima, calidad educativa, certeza cuando salgan de estudiar, pues ahí tiene mucho que hacer el Estado en términos generales, apunta.
Para la psicóloga Laura Sánchez, se tiene que jerarquizar como familia los objetivos y entender qué es lo importante primero.
“Todos los programas que están implementando, están llegando tarde, estos anuncios de dar educación emocional en las escuelas, pues desde cuándo no debimos”, señala.
Reconoce también que hay una sobreexposición a la violencia porque, aunque suene trillado, dice, el acceso a tanta tecnología no es favorable en ocasiones. “Tenemos que supervisar lo que están viendo, lo que consumen, hablarles de límites, hablar de derechos”, menciona.
RIÑAS Y ADICCIONES
Otra violencia muy vigente son las riñas. Hasta agosto de este año se acumulan 3 mil 975 denuncias por lesiones dolosas: 16.5 cada día. La tendencia indica que superará las 4 mil 842 denuncias que se presentaron en 2025.
Víctor Manuel Sánchez habla de pandillas y riñas en barrios, bares y centros nocturnos. Zamarripa agrega que algunos de los homicidios que todavía ocurren en la región Laguna están relacionados principalmente con contextos de riña.
Por eso considera importante saber dónde están las comunidades en conflicto, qué escuelas pueden convertirse en puntos de escalamiento y cuáles son las familias que requieren atención.
El problema es que no existe suficiente información para construir un mapa de riesgo, dice Marco Zamarripa.
“Muchas veces las conductas pasan desapercibidas y son difíciles de medir”, explica el director del CCI Laguna.
Algo similar ocurre con las adicciones. No hay una cifra precisa de los consumos o de personas que ingresan a centros de rehabilitación. En lo que va del año suman 2 mil 560 carpetas abiertas por narcomenudeo, más de la mitad fue por posesión simple, según datos del SESNSP.
Zamarripa advierte que a nivel estatal no existe un número exacto de anexos y que muchos operan en la clandestinidad. Algunos carecen de infraestructura, personal especializado o condiciones adecuadas para ofrecer tratamiento.
Faltan psicólogos, psiquiatras y recursos para atender un problema que, dice, empieza a generar malestar en una parte importante de la sociedad.
Regular estos espacios, considera, es prioritario. Pero los anexos tampoco pueden convertirse en la respuesta automática a las adicciones.
PREVENIR ANTES DE QUE ESCALE
Coahuila puede presumir de haber contenido una parte de la violencia más letal. Pero esa reducción no significa que las condiciones sociales que producen otras formas de violencia hayan desaparecido.
Una mujer que deja de denunciar porque sabe que será revictimizada. Un niño que aprende que los golpes son una forma normal de resolver un conflicto. Un adolescente que queda fuera de su grupo y encuentra pertenencia en comunidades digitales violentas. Una familia donde las amenazas se convierten en rutina. Una colonia donde una riña deja de sorprender. Un joven que consume drogas y termina en un anexo sin condiciones adecuadas para rehabilitarlo.
Son hechos distintos. Pero pueden compartir un mismo territorio: una sociedad que aprende a convivir con la violencia hasta que deja de reconocerla.
Marco Zamarripa, director del CCI Laguna, propone cambiar precisamente esa mirada. Dejar de entender estos hechos como asuntos privados y comenzar a tratarlos como problemas de salud pública y de la sociedad.
Para ello, considera necesario un monitoreo cualitativo: conocer lo que ocurre dentro de las aulas, medir la percepción de las violencias y anticiparse a los delitos, no solamente contarlos cuando ya ocurrieron.
“Monitorear lo que sucede en las escuelas de forma permanente”, plantea. “No es responsabilidad de una sola persona o una instancia de gobierno. Es responsabilidad de todos y es ahí donde tenemos que apostarle a la prevención temprana”, agrega.
La terapeuta Laura Sánchez habla de la necesidad de abrir espacios de conversación fuera de juicios, pues señala que los jóvenes en ocasiones no hablan porque están acostumbrados a ser invalidados.
“Necesitamos escucharlos más, ver que ellos también tienen su propia construcción del mundo, también pueden proponer opciones”, comenta.
Víctor Manuel Sánchez habla de prevención y considera que la solución al problema parte de todos: gobiernos de todos los niveles, la sociedad, la familia, vecinos, compañeros de clase. “Hay tipos de conducta que no son adecuados y se tiene que alertar para tener un ánimo preventivo y no punitivo”, dice.
Fernando Araujo habla de diagnóstico y políticas públicas. Comenta que lo que está en manos de las autoridades en el corto plazo es la construcción de un diagnóstico que identifique, por ejemplo, cómo es la situación de violencia en las escuelas para empezar a desarrollar un análisis, y entender o identificar dónde se focalizan estas violencias, y las violencias que se experimenta.
Las propuestas son distintas, pero coinciden en algo: la violencia no comienza cuando aparece un arma.
Mucho antes hubo una señal.
