Estas son las historias de cuatro personas, David, Héctor, Marcela y Guadalupe, que se convirtieron en héroes y heroínas al permitir la donación de sus órganos y ofrecer un regalo de vida a otros. Porque si la vida es un milagro, las y los donadores son un milagro para muchos.
David, un papá superhéroe
En el altar, a los pies de la imagen de la Virgen de Guadalupe, reposa la fotografía de David García Horta vestido como un superhéroe:
Gafas oscuras, traje tornasolado, capa, gran pectoral, marcados músculos, detrás una ciudad de rascacielos.
Es la foto que Humberto, su hijo de ocho años hizo, desde su teléfono con ayuda de la inteligencia artificial, para su padre... superhéroe.
“Porque él considera que su papá es un héroe por haber dado vida a otras personas, y él así lo quiere recordar. Es un héroe que dio, que quiso donar, que dio los órganos para otras personas”, suelta Juana Horta Zamora, la madre de David y abuela de Humberto.
Ese día, el día de la donación, antes de que David entrara al quirófano, Nayeli Monserrat Salazar Torres, 29 años, la esposa, preguntó a sus hijos Humberto y Elian de siete años, si querían que su padre fallecido cediera parte de su cuerpo para dar vida a otros.
Los niños respondieron que sí...
“El doctor nos dijo que él era muy sano, que ya le habían hecho estudios y que era apto para domar todos sus órganos. Dice el doctor ‘piénselo’. Yo ya había mandado traer a mis niños, le digo ‘déjeme hablarlo con ellos’. Lo platicamos y ya, ellos tomaron la decisión de que sí se donara”, cuenta Nayeli.
David, 32 años, donaría la mayoría de sus órganos a gente que en vida no conoció ni llegaría a conocer jamás.
***
Cierta vez, David y Nayeli habían visto en la televisión una noticia que abordaba la historia de un paciente fallecido, cuyos familiares determinaron regalar sus órganos y salvar así la vida de varias personas.
“Le digo ‘ay, a mí sí me gustaría donar mis órganos’, dijo ‘no pues yo también. En sí lo que se va al cielo es el alma, el cuerpo los gusanos se lo comen, y si le sirve a alguien más... qué bueno’. Nunca nos imaginamos que va a pasar...”.
Pasó a finales de marzo, unos días después del cumpleaños de Humberto, el mayor de sus dos hijos.
David, quien padecía de una hipertensión no atendida, había sufrido un conato de desmayo y un intenso dolor de cabeza, en el taller donde laboraba como soldador y operador de maquinaria.
Nayeli cuenta que por ese tiempo habló con ella sobre la posibilidad de cambiar de hábitos, comer mejor, hacer ejercicio, mejorar la salud de la familia.
Soñaba con emprender un negocio, trabajar menos y ser un padre y esposo más presente en la vida de Nayeli y los niños.
Tenía el proyecto de construir un segundo nivel en la casa, y seguir luchando para que Humberto y Elian crecieran y estudiaran una carrera.
“Ellos eran su adoración... Siempre les decía ‘estudien, estudien mucho, yo los voy a apoyar siempre para que estudien, que le echen ganas a la vida’. Porque sí trabajaba mucho, mucho. Él no le tenía miedo al trabajo, siempre, todo el tiempo en el trabajo”, relata Nayeli y se cubre el rostro con las manos para llorar.
David fue trasladado de su trabajo a la clínica 70 del Seguro Social.
Allí el médico diagnosticó golpe de calor.
Era viernes.
Cuando llegó a casa el dolor de cabeza lo acometió con mayor intensidad, cosa extraña en David quien, al menos durante los años de matrimonio con Nayeli, no solía enfermarse.
“Él nunca se había enfermado de nada, nunca, de nada. Era muy sano”.
Amaneciendo el sábado Nayeli y David volvieron al IMSS.
El médico le recetó unas pastillas y lo envió al hospital de la colonia Saltillo 2000, la unidad de salud que le correspondía, para que lo checaran, pero como ya no alcanzó consulta, Nayeli resolvió llevarlo donde un galeno particular quien, tras valorarlo, lo despachó con medicamento.
De regreso en casa David dijo sentirse cansado, con mucho dolor de cabeza y se recostó.
Nayeli relata que ese día durmió más de lo habitual.
Llegada la tarde el dolor de cabeza recrudeció, y la presión arterial de David se disparó por encima de los límites normales, Nayeli no recuerda a cuánto.
Ya había anochecido cuando Nayeli y David se dirigieron de nueva cuenta a la clínica, en su carro, para buscar ayuda.
“Le digo, ‘vámonos, porque si te pones malo qué hago yo con los niños y contigo aquí’”.
Nayeli recuerda que él iba manejando.
En el hospital vieron a mucha gente aguardando turno. Temiendo que no lo atendieran, David prefirió acudir a Emergencias de la Cruz Roja.
Luego de haberlo mantenido por varias horas en observación, un grupo de médicos salió a la sala de espera para preguntar por los familiares de David García Horta.
Nayeli se espantó.
Los doctores le dijeron que había sufrido un episodio cerebrovascular, que ya estaba estabilizado, pero que era necesario trasladarlo al Seguro 2.
“Él me decía ‘no te espantes estoy bien, estoy bien’”.
***
En el sanatorio un médico de guardia les informó que al parecer aquel accidente cerebrovascular no había provocado en David secuela alguna, empero estaría bajo vigilancia y al día siguiente lo darían de alta.
David, que hasta entonces estuvo consciente, pasó el resto de la noche vomitando, a ratos dormía y a ratos conversaba con Nayeli.
“Le digo ‘¿cómo estás?’, dice ‘ya me siento mejor, estoy mejor, no te espantes’. Yo estaba espantadísima”.
Tan solo unos días atrás David había cumplido a Humberto y a Elian la promesa de organizar una salida de hombres, “nomas nosotros”, dijo.
Fueron al circo, dice Nayeli, ella se quedaría en casa.
“Yo ese día me enojé porque no me llevaron, pero bueno, digo, cumplió lo que prometió”.
Nayeli platica que la noche que lo internaron andaba una mosca revoloteando por el cuarto, y eso animó el buen humor de David.
“Dijo ‘ya huelo a muerto’, le digo ‘no, no digas eso, estás loco’, dijo ‘seguramente te voy a dejar sola, ya sé que estás bien mensa’, porque nos llevábamos así, le dije ‘no, no me puedes dejar sola...’”.
La mañana del domingo David despertó, que se sentía bien, anunció.
Estaba bromeando con Nayeli cuando una doctora se presentó para revisarlo, que ya solo le dolía una parte de la cabeza, le dijo David.
“Dice la doctora ‘déjame voy por un medicamento y te lo pongo’, en eso que la doctora se dio la vuelta él convulsionó, yo me espanté mucho”.
Los médicos lograron estabilizarlo otra vez e informaron a Nayeli que le aplicarían un medicamento con el que se quedaría dormido.
“Todavía le pusieron el medicamento y él estaba consciente, yo le decía ‘échale ganas amor, échale ganas’ y él me contestaba, me decía que sí”.
Al cabo de un rato David se quedó dormido, para ya no despertar.
“Me lo tuvieron que intubar en ese momento. Ya de ahí no reaccionó, ya no me le daban posibilidades, que era muy complicado...”.
***
El lunes, a las 3:00 de la tarde, una angiotomografía cerebral de cuatro vasos reveló que David ya no tenía vida en el cerebro, así le dijeron a Nayeli.
“El diagnóstico de muerte encefálica por vía legal, por la Ley General de Salud, tiene que ser con un estudio que se llama angiotomografía cerebral de cuatro vasos, que valora si hay flujo de sangre a nivel de cerebro. Y ese estudio cuando ya nos da el diagnóstico de muerte encefálica estipula, tanto por imagen como por reporte, que no hay flujo de sangre a nivel cerebral. Ahí se da el diagnóstico de muerte encefálica y el médico ya les dijo a los familiares. En ese momento los abordamos para platicar la cuestión de donación”, expone el doctor José Antonio Flores Guzmán, coordinador hospitalario de donación del Hospital General de Zona Número 2 del IMSS.
Al principio Nayeli se había opuesto a que David donara sus órganos.
“No te haces a la idea, no quieres. Ya después quise tomar en cuenta a los niños, que ellos decidieran, porque son muy conscientes de todo...”.
El doctor Flores comentó a la familia que, de aceptar, el corazón de David estaría destinado a salvar la vida de un niño de cinco años.
En ese momento Humberto y Elian dijeron que sí.
“Más que nada mi esposo le dio la oportunidad a otras personas. Uno se pone a pensar ‘¿y si fueran los de uno...?’”, medita Nayeli.
De acuerdo con los registros del Centro Nacional de Trasplantes, (CENATRA), hasta el mediodía del pasado 6 de octubre había en México una lista de entre 15 mil y 17 mil pacientes en espera de un órgano, su vida pendiendo de un milagro.
“Dicen que cada 10 minutos alguien se anota en una lista de espera”, abunda el doctor José Antonio Flores.
Horas después Nayeli y sus hijos vieron desfilar el cuerpo de David rumbo al quirófano para la donación en medio de la valla de honor formada por médicos, enfermeros, familiares y amigos, entre globos blancos y una salva de aplausos.
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Han transcurrido ya seis meses desde la partida de David, Nayeli cuenta que todavía lo mira en sueños.
“Al principio lo soñaba como que decía que no se quería ir, de alguna u otra manera siempre me daba a entender lo mismo. Y casi las últimas veces lo soñé como que estaba pidiendo una oportunidad, que yo no sabía qué hacer y que él tenía que venir...”.
-¿Habla con él?
-Sí, mucho, que ya esté tranquilo, que sí le vamos a echar ganas, que ya esté en paz, que ya descanse su cabecita, que ya hizo lo que tenía que hacer aquí...
HÉCTOR, UN DONADOR GRANDE
Claudia Patricia Mata Ríos había pedido tantas veces un milagro para su esposo Héctor Delgado Mercado, 54 años, que jamás presintió que al final de su vida el milagro para otras personas sería él, que él sería el milagro.
Lo había acompañado desde que se casaron hacía 16 años, hasta el día que, luego de salir del quirófano tras haber donado sus órganos, Claudia ayudó al chofer de la carroza a rodar la camilla con el cuerpo de su marido para ser colocado al interior del coche mortuorio, rumbo a la funeraria.
“Mi esposo era un hombre alto y fuerte. Me dice el de la funeraria ‘ay, su esposo está bien grandote’, le digo ‘sí, y aparte es un grande, un grande’”, rememora Claudia.
Héctor había sido declarado muerto por infarto cerebral el pasado 18 de agosto, y entonces Claudia determinó cumplir con uno de sus últimos deseos: el de convertirse en donador de órganos.
“Como era diabético, siempre decía ‘no, yo ya estoy bien fregado, de mí qué van a... Nada, si ya estoy todo fregado... Le digo yo ‘tú eres una persona que se cuida mucho y todavía te falta muchísimo, tú estás sano’. Quién iba a pensar...”, narra Claudia.
Sobre la pregunta de ¿quiénes pueden ser donadores?, el médico Flores Guzmán aclara que la edad va de dos años a los 68 años, en una cuestión estricta.
“A los dos años se ve que la mayoría de los órganos ya están desarrollados en el niño. Y 68 años porque la población mexicana tenemos ciertas enfermedades propias de las regiones, que van lesionando los órganos, entonces dos y 68 años es el rango en el que se observa que los órganos pueden estar un poquito más funcionales”
Héctor donaría su hígado, riñones, corazón y otros órganos, devolviendo así la esperanza de vida a más de 10 personas.
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José Antonio Flores detalla que en una donación multiorgánica, un solo paciente puede regalar vida a más de 200 individuos.
“Les hablan a los que tienen de urgencias o de lista de espera, ‘oye, sabes qué, ya hay un donador’. Yo creo que esa llamadita para ellos ha de ser la llamada de su vida”.
Habían transcurrido cinco años desde que un doctor dictaminó a Héctor con diabetes e hipertensión, padecimientos que él mantenía controlados.
“No conozco a una persona más aplicada que él en sus consultas, citas médicas, medicamentos...”, dice Claudia.
Héctor había comenzado a sentirse mal el 24 o 25 julio, Claudia no recuerda bien a bien, mientras estaba de turno en la mina El Peñasquito, de Zacatecas, donde trabajaba como operario en la planta de molienda, desde 2009.
Era miércoles.
Héctor tenía un dolor de cabeza que lo había hecho ir tres veces al servicio médico de la empresa.
“Le dije que fuera otra vez y pidiera su salida”, narra Claudia.
El 29 de julio Claudia lo recogió a las afueras de un centro comercial ubicado al sur de la ciudad, y lo llevó para que lo consultaran a la clínica del IMSS Número 73.
Ese día empezó todo, platica Claudia.
A Héctor no se le calmaba el dolor de cabeza y tenía la presión arterial elevada. Después de dos horas y media los médicos de Urgencias consiguieron normalizarlo y fue dado de alta.
Para el viernes siguiente Héctor ya presentaba fiebre.
Claudia decidió entonces sacar cita con el internista de un hospital privado.
Luego de descartar una infección de garganta o estómago, el médico diagnosticó un posible cuadro neurológico, y ordenó que le hicieran una resonancia magnética del cerebro.
De vuelta al Seguro Social, a Héctor le habían cambiado dos veces el medicamento para la hipertensión, en un lapso de cinco días.
“Andaba muy desorientado. Me decía cosas que no cuadraban”.
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Un día que Talia, Venessa y Héctor, los hijos de su primer matrimonio, se presentaron a verlo fue el desconcierto para ellos, cuando su padre les aconsejó que se cuidaran porque él haría un viaje muy largo.
Recién Héctor, Claudia y Ximena, la hija de Claudia, acababan de regresar de unas vacaciones en Cancún.
Héctor había tomado a Ximena como suya, cuando ella tenía tres años, después que se hubo casado con Claudia, en 2010.
El día del viaje, mientras esperaban su vuelo en el aeropuerto de Monterrey, Héctor pidió a Ximena que le tomara una fotografía, justo cuando un avión estaba aparcado a sus espaldas.
“Le dijo ‘Ximena, tómame una foto, pero que salga el avión, porque ya me vi’. Ellos dos se la pasaban genial, increíble... Siempre estuvo muy pendiente de mi hija, él estuvo con ella desde preescolar, primaria, todas esas etapas. Le interesaba mucho que Ximena estudiara y ella decía ‘él es mi papá, yo no conozco otro papá’”, relata Claudia.
A su regreso el 20 de julio, Héctor estaba feliz. Aquellas, dijo, habían sido sus vacaciones de ensueño.
Era la primera vez que la familia se subía a un ferry y él venía fascinado.
Tras revisar los resultados de la resonancia de Héctor, el internista recomendó a Claudia que lo llevara de inmediato a Urgencias del IMSS.
“Dice ‘a su esposo le está pasando algo muy, muy serio...’. Ya llegamos a Urgencias de la clínica 1. El médico vio que traía algo de deterioro en las funciones cognitivas, ya decía cosas que no eran”.
La noche anterior en casa, Héctor se había levantado varias veces al baño, llevando consigo el celular, y hablaba por teléfono a Claudia que estaba en la habitación.
Le hizo 27 llamadas.
“El doctor le preguntó, ‘a ver don Héctor, ¿qué edad tiene?, y él le dijo ‘40 años’, le preguntó que en dónde trabajaba y le dijo ‘en la bloquera’. A mí se me empezaron a salir las lágrimas. Luego el doctor me preguntó qué de lo que él contestó era cierto, le dije ‘casi nada. Él tiene 54 años, no 40, y el trabajo en la bloquera lo tuvo a los 16 años. Ahorita trabaja en la mina’”.
A partir de entonces Héctor se quedó internado.
Había entrado en código amarillo.
Su deterioro mental y el dolor de cabeza fueron in crescendo.
Había pasado horas conectado a una bolsa de suero, sentado en una silla porque en el hospital no había camas disponibles.
Claudia reclamó a los médicos que lo hubieran tenido tanto tiempo sin cama y luego sin medicamento.
“Dijo un doctor ‘déjeme lo checo porque aparte lo tengo que valorar, no le puedo dar nada’. Mi esposo decía ‘vámonos a la casa, aquí no me hacen nada, están igual que allá’, porque en el trabajo tampoco le hacían nada, le daban un paracetamol”.
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Con los días la enfermedad de Héctor empeoró, había perdido reflejos, la noción del espacio, sus pupilas comenzaron a dilatarse, aunque no había dejado de reconocer a Claudia.
Más tarde una tomografía arrojó que la mitad de su cerebro estaba dañada.
“Desde ese momento me dijeron que su situación era grave”.
Héctor tenía el cerebro inflamado y eso le producía los potentes dolores de cabeza.
Los médicos preguntaron a Claudia si autorizaba que lo intubaran, Claudia accedió.
A Claudia le quedaría grabada, para siempre, en la retina esa imagen de su esposo enchufado a muchos aparatos.
“Ya no estaba consciente. Desde ese momento me estuvieron manejando los médicos que él en cualquier momento podía fallecer...”.
Vinieron entonces más tomografías y estudios de laboratorio.
A Héctor lo habían trasladado ya al cuarto 122, de la Clínica 1 del IMSS.
Héctor había sufrido un infarto cerebral que le dañó más del 50 por ciento de su cerebro, y tenía muy pocas posibilidades de salir avante.
“Un día y otro eran noticias cada vez más desalentadoras. Él no reaccionaba”, dice Claudia.
Recuerda que una noche un internista le habló de que en caso de que Héctor llegara a reaccionar, podían hacerle una traqueotomía y darlo de alta para que ellas se lo llevaran a casa, pero en estado vegetativo.
“Él me decía que no le gustaría estar en una situación en la que tuviera que depender de alguien para comer, para ir al baño, que tuvieran que empujarle una silla de ruedas. Y decía ‘si alguna vez me llego a encontrar en una situación así amor, ayúdame’. Yo le decía, ‘pero ¿cómo quieres que te ayude?’. Él era bien bromista, tenía un excelente sentido del humor, decía ‘tú amárrame un cordón en el pescuezo y aviéntame de la terraza’, era una forma muy burda de decir ‘toma decisiones’”.
La salud de Héctor no mejoraba, luego de más estudios los médicos concluyeron que ya estaba en fase terminal.
Fue la primera vez que a Claudia le preguntaron si Héctor era donador de órganos, al menos en su licencia de manejo decía que sí.
“Dijo una doctora, ‘¿pero a usted se lo expresó?’, ‘sí’, le dije, hablábamos de la muerte y de muchas cosas’, dice ‘yo le tengo que ser bien honesta, su esposo ya no tiene posibilidades... Él ahorita está respirando mecánicamente. Le quitamos la respiración y no sabemos cuánto tiempo puede durar, y por eso le pregunto, porque él en cualquier momento puede fallecer’”.
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Héctor fue llevado a la clínica 2 para la realización de una serie de angiotomografías.
Uno de los estudios arrojó que presentaba una actividad cerebral del cinco por ciento.
En ese momento el doctor José Antonio Flores Guzmán, coordinador hospitalario de donación del Hospital General de Zona Número 2 del IMSS, llamó a Claudia para una entrevista sobre donación de órganos.
“Mi función es ayudar al prójimo, captar pacientes graves que, lamentablemente, puedan tener un riesgo de fallecer, para nosotros abordar, ver el corazón bondadoso de estas familias para que acepten la donación. Yo me acerco con ellos. Es un arte el llegar ante un familiar que está viviendo un proceso de duelo porque le acaban de decir que su paciente falleció, su familiar. Es un arte”, explica el doctor Flores.
Héctor fue conducido al área de terapia intensiva y allí permaneció.
Después de que otra angiotomografía reveló una actividad cerebral nula, Héctor fue declarado sin vida.
Su familia entraría al área de terapia intensiva para despedirse de él.
Era 18 de julio.
“Le di las gracias por haberme elegido su compañera de vida, por todas las cosas que vivimos buenas y no tan buenas, por ser un padre excelente para mi hija. Por eso me duele mucho que se me fue”, dice Claudia.
Claudia había permitido cumplir la voluntad de Héctor de regalar vida, un milagro de vida para alguien más.
“Él era una persona muy desprendida y muy servicial, ayudaba a mucha gente. No había posada de los niños que me dijera, ‘vamos por los bolos de los niños del catecismo’. Colaboramos con una asociación de niños con cáncer, apadrinamos a un niño de la asociación”, dice Claudia, las lágrimas rodando en cascada por sus mejillas.
Otro día se hallaba formada en la valla de honor, mirando cómo su esposo salía de la terapia intensiva, en su cama de hospital, de camino al quirófano entre globos y aplausos para la donación.
“Me pasé varios días pidiendo un milagro para él, y él fue el milagro...”.
MARCELA: “YO QUIERO DONAR...”.
“Familiares del donante Escobedo Muñoz Marcela”, la voz del orador retumbó con ímpetu en el auditorio de la clínica 2 del Seguro Social.
Fue el pasado viernes 25 de septiembre, durante la conmemoración del Día Nacional de la Donación y Trasplante de Órganos y Tejidos.
Las autoridades del Instituto habían llamado a los familiares de pacientes donadores para entregarles un reconocimiento como muestra, dijeron, de profundo respeto y gratitud por un acto de generosidad que permitió brindar nuevas oportunidades de vida.
En total fueron 13 los nombres que el maestro de ceremonias leyó en la lista de donadores homenajeados que no estuvieron, que ya no están, entre ellos el de Marcela, 48 años.
Sin embargo, gracias a esas 13 donaciones, este año el Hospital General de Zona Número 2 del IMSS se ha colocado en el lugar tres del ranking de donación a nivel nacional.
“Hemos logrado romper las metas que nos ponen. La difusión ha dado su fruto, yo creo que los coahuilenses tienen un corazón bondadoso”, dice el doctor José Antonio Flores.
Al final de la entrega de placas y diplomas la pantalla del auditorio se iluminó con un video sobre la vida de Marcela, contada por Ángela Zamudio Escobedo, su sobrina – ahijada.
Marcela había sido una mujer de carácter fuerte, pero alegre, gustaba de caminar y practicar zumba, era selectiva en cuestión de amistades y amante de los animales.
Pensando que sus órganos podrían servirle a otra persona que tal vez lo necesitaba, la familia, con la anuencia de la madre de Marcela, aceptó donarlos.
“Si me pudiera comunicar con ella le diría que ayudó a mucha gente y que... Si le pudiera decir eso, yo sé que ella estaría muy feliz, estaría contenta de saber que pudo ayudar a alguien (...) ella estaría muy feliz”, dijo Ángela frente a la cámara, la voz entrecortada por los sollozos.
En el auditorio el llanto de los asistentes, una multitud de médicos, enfermeras, enfermeros y familiares de los donantes, se sobrepuso a la música melancólica que ambientaba el video.
***
Otra tarde, en la casa familiar, Mary, una de las hermanas, baraja unas fotografías donde aparece Marcela con sus perros Dulce y Beethoven, Marcela con Fifi, su gato, que había vivido 19 años y muerto solo un mes antes de que Marcela falleciera a causa de un derrame cerebral.
“Ella amaba los gatos, los perros, le pesaba mucho verlos sufrir en la calle o que los atropellaran. Cuando se enfermaba su gatito decía ‘ojalá hubiera donantes animalitos, para poder salvarlo’, y dijo ‘en vida quiero dejar estipulado que voy a donar mis órganos algún día que ya no esté’”.
Ese día llegaría el pasado 11 de enero, como a las 9:30 de la noche.
Marcela había entrado en su casa, como siempre, a eso de las 5:30 de la tarde, después de regresar de su trabajo de ama de llaves en un hotel, y saludado a sus padres.
“Mamá, papá, ¿qué hacen?”.
Mary se hallaba contestando mensajes, mientras veía televisión, cuando la miró pasar al baño.
“Volteó y me vio, normal, como siempre”.
De rato El Pachón, una de las mascotas de la familia, empezó a ladrar con gran desaforo.
“Entraba, salía, entraba, salía, le dije ‘ay, qué tienes Rufino, ya cálmate’”.
Habían pasado como 10 minutos desde que Marcela se metió en el baño.
“Hasta que el perro vino directamente hacia mí, así, ladre y ladre, insistente y luego sale...”.
Los ladridos del perro condujeron a Mary hasta la puerta del baño.
Mary escuchó entonces unos lamentos que provenían del interior del sanitario.
“Le digo ‘Marce, ¿qué tienes?, ábreme la puerta, no estés jugando...’”.
Marcela no respondió.
Mary fue entonces al cuarto de sus papás en busca de ayuda, pero ya estaban durmiendo.
Se dirigió después a la segunda planta de la casa donde vive su hermano, y juntos intentaron forzar la cerradura de la puerta del baño, pero no lo consiguieron.
“Me dice mi hermano, ‘sal a buscar ayuda, vamos a tirar la puerta’”.
A los pocos minutos Mary regresó con unos vecinos quienes, después de romper una ventana, lograron entrar.
Detrás de la puerta encontraron a Marcela, desvanecida.
Hacía media hora que Mary había llamado al 911 para solicitar una ambulancia.
Cuando los paramédicos revisaban sus signos vitales, Marcela empezó a vomitar y a convulsionar.
“A los paramédicos y los doctores se les hizo raro y nos preguntaban que si había hecho algún coraje, algún disgusto, que checáramos su celular, que preguntáramos en su trabajo, pero no”.
Apenas arribó a Urgencias de la clínica 1 del IMSS, los médicos la intubaron, que iba mal, dijeron.
Luego de practicarle una tomografía de la cabeza, los doctores concluyeron que Marcela tenía el cerebro anegado en sangre y ya no había nada que hacer.
Determinaron luego que Marcela fuera llevada a la clínica 2 para practicarle un último estudio.
Cuando el médico José Antonio Flores Guzmán abordó a la familia para plantearle la posibilidad de una donación, la mayoría accedió.
Sólo la hermana mayor y la madre, doña Enriqueta Muñoz, se habían opuesto a última hora por motivos religiosos.
“Dice el doctor, ‘¿está segura?, porque como la mayoría habían dicho que sí, yo ya mandé la papelería y las personas que van a recibir los órganos ya están en ayuno, pero si usted me dice que no ahorita mismo levanto el teléfono. Aunque les va a matar las ilusiones a las personas porque ya habíamos hecho el proceso’, y dijo ‘la mayoría son niños’. Mi hermana se arrepintió, lloró, dijo ‘no doctor, yo lo digo por mi dolor, pero adelante...’”.
José Antonio Flores dice que una de las razones que siguen pesando a la hora de tomar la decisión sobre la donación de órganos, es la cuestión cultural.
“Ciertas creencias que ni siquiera están fundamentadas en la Biblia. La Biblia no te fundamenta que tú ya no vas a ser digno si te quitan una parte del cuerpo por ayudar al prójimo. Hay más versículos en la Biblia, en el Nuevo Testamento, donde te dicen que el ayudar al prójimo es a lo que vinimos”.
***
Con base en las respuestas de los tests que la coordinación de donación aplica a los familiares, los motivos por los que las personas se niegan a donar son tres: cuestiones religiosas, los parientes no se ponen de acuerdo, y el tercero que no sabían lo que el ser querido había dispuesto en vida.
La despedida en la valla de honor, rumbo al quirófano, delante del cuerpo médico y la familia de Marcela, fue conmovedora.
Marcela había donado córneas, tejidos, piel, huesos, páncreas y riñones, para 15 niños.
“Ya soy grande, pero si mi corazón sirviera para otra persona...”, habría dicho doña Enriqueta, la madre de Marcela, el pasado 25 de septiembre en la ceremonia de entrega de reconocimientos a las familias de los donadores.
La respuesta fue una ovación de palmas.
Mary la siguió viendo en sueños.
“Que ella salía de entre el mar, en una luz resplandeciente, y me abrazaba, ‘dile a mi mamá que estoy bien, que ya no me llore, dile que estoy bien, que aquí donde estoy, estoy muy bien, muy bien, muy bien...’”.
GUADALUPE: AYUDAR HASTA EL FINAL
El día de la valla en honor de doña María Guadalupe Tinajero Aguilar, 62 años, la gente se impresionó al ver llorar a sus tres hijas.
“Pero se sentía una emoción de que sí querías llorar, en mi caso no sabía de qué, si era tristeza, si era felicidad, si era orgullo, porque no cualquiera tiene esa oportunidad. A lo mejor tú puedes decir, ‘quiero ser donador de órganos’, pero la forma en la que falleces no es óptima para donar...”, dice Indira Mendoza Tinajero, hija de doña Guadalupe, la hermana mayor.
Un mes y medio antes de su partida Guadalupe había externado a Indira su deseo de convertirse en donadora de órganos, después que miró en la televisión una noticia sobre una persona que decidió, en vida, dejar algo más que una huella en sus semejantes.
“Ella me dijo que si algo le pasaba a ella le gustaría ser donadora’”.
Un día Guadalupe estaba comiendo acompañada de otra de sus hijas y sus nietos, cuando de repente se empezó a sentir mal.
“Dijo ‘siento raro el brazo’”.
En cuestión de minutos la mitad de su cuerpo dejó de funcionar.
Sus familiares la llevaron inmediatamente al hospital del ISSSTE, en un coche particular.
Era el 25 de febrero de 2026.
La víspera Guadalupe y su hija Indira habían ido a desayunar, parecía un día normal.
No hubo presentimientos.
“Platicamos de sus nietos, de lo que iba a hacer. Era algo que no se veía venir, un accidente, a fin de cuentas, ni era que estuviera enferma, postrada... Mi mamá era hipertensa, tuvo un accidente cerebrovascular. Todo fue muy rápido...”.
Se trataba, le dijeron en el sanatorio, de un derrame interno, justo al centro del cerebro, pegado al tallo. No había mucho qué hacer...
***
Doña Guadalupe habría estado internada una semana en la Unidad de Cuidados Intensivos del ISSSTE, los doctores esperando a ver si respondía, pero no.
Durante esa semana los médicos plantearon a la familia dos escenarios:
En el primero Guadalupe en su casa, con muerte cerebral, en estado vegetativo, dependiendo de una máquina.
En segundo Guadalupe con muerte cerebral, desconectada de la máquina hasta que su corazón dejara de latir.
“Un doctor nos dice, ‘en muchos casos cuando se dictamina muerte cerebral y el paciente es joven o no tiene enfermedades complicadas, se valora y, si la familia lo desea, se da el proceso de donación de órganos’. Lo dejó sobre la mesa, ¿no?”, platica Indira.
Finalmente, y luego de varios estudios se confirmó que Guadalupe tenía muerte cerebral.
“La verdad es que ya estábamos preparadas, ya veíamos escenarios no muy favorables, y desde ese momento lo empezamos a valorar mis hermanas y yo. Los médicos nos preguntaron que qué pensábamos, inmediatamente dijimos sí a la donación. Para nosotras sus hijas, su familia nuclear, fue una decisión fácil porque ella ya nos lo había dicho recientemente, entonces estábamos cómodas con eso.
“Sabiendo que a lo mejor en otra ciudad alguien estaba orando por esa esperanza y saber que mi mamá le iba ayudar. En nuestro caso sabíamos su voluntad y creo que eso nos ayudó a sobrellevarlo y saber que, aunque ya no está sigue haciendo lo que le gustaba, que era ayudar a otras personas”,
Dice Indira y se sorprende de llorar con un llanto imprevisto.
“Pensé que no iba a llorar”.
En el ISSSTE, les explicaron los médicos, no contaban con el proceso para realizar la cirugía de donación, por lo tanto tenían que vincularse con el Hospital General o el Seguro 2, que son las instituciones autorizadas para ello en Saltillo.
“El Hospital General nos dicen ‘vénganse en la noche’. Llegamos y nos dicen ‘¿saben qué?, acaba de haber un accidente y la Unidad de Cuidados Intensivos va a estar ocupada, pero la clínica 2 la va a recibir’”.
Las recibió el doctor José Antonio Flores Guzmán, coordinador hospitalario de donación.
Que tenían que repetir el protocolo para la donación que habían hecho en el ISSSTE, volver a practicar las pruebas, determinar que sí era muerte cerebral, subir los datos a la plataforma del CENTRA para que los hospitales de diferentes lugares donde había pacientes en espera de un trasplante, levantaran la mano.
“Pasó un día, dos días, no recuerdo bien, y nos da la fecha de la valla de honor, dice ‘para que se vengan’”.
“Ella que siempre tuvo sus manos abiertas para el prójimo, ha convertido su partida en un amanecer para otras familias. Ha decidido, incluso, más allá de su tiempo terrenal, que la vida no se detenga, permitiendo que la luz de su bondad siga latiendo en otros cuerpos”, habría dicho el doctor Flores en su discurso de despedida.
Guadalupe logró donar riñones, tendones, piel y hueso, otra oportunidad de vida para alguien más.
“Se beneficiaron, nos decía el doctor, más de cinco personas de México, Monterrey y creo que de Guadalajara. Más que nada eso es lo que me conmueve, de que alguien ahorita tiene un riñón, alguien ahorita tiene un pedacito de lo que sea que le faltaba... Y eso es lo bonito. Para nosotros en ese sentido fue fácil.
“Por eso yo creo que es importante hablar de eso, de que a mí me gustaría ser donadora, para que en el momento que, Dios no lo quiera, sucedan estas cosas y que les planteen esta opción no les caiga como balde de agua fría o los agarren en curva, porque no sabías cuál era la voluntad de la persona”, aconseja Indira
-¿La extrañas?
-Ay, cómo me gustaría hablarle por teléfono y decirle ‘fíjate que ya va a ser el cumpleaños de mi hija’, eso es lo que cuesta, que a quién le hablas. Yo creo que esa es la parte difícil...
GUADALUPE: AYUDAR HASTA EL FINAL
El día de la valla en honor de doña María Guadalupe Tinajero Aguilar, 62 años, la gente se impresionó al ver llorar a sus tres hijas.
“Pero se sentía una emoción de que sí querías llorar, en mi caso no sabía de qué, si era tristeza, si era felicidad, si era orgullo, porque no cualquiera tiene esa oportunidad. A lo mejor tú puedes decir, ‘quiero ser donador de órganos’, pero la forma en la que falleces no es óptima para donar...”, dice Indira Mendoza Tinajero, hija de doña Guadalupe, la hermana mayor.
Un mes y medio antes de su partida Guadalupe había externado a Indira su deseo de convertirse en donadora de órganos, después que miró en la televisión una noticia sobre una persona que decidió, en vida, dejar algo más que una huella en sus semejantes.
“Ella me dijo que si algo le pasaba a ella le gustaría ser donadora’”.
Un día Guadalupe estaba comiendo acompañada de otra de sus hijas y sus nietos, cuando de repente se empezó a sentir mal.
“Dijo ‘siento raro el brazo’”.
En cuestión de minutos la mitad de su cuerpo dejó de funcionar.
Sus familiares la llevaron inmediatamente al hospital del ISSSTE, en un coche particular.
Era el 25 de febrero de 2026.
La víspera Guadalupe y su hija Indira habían ido a desayunar, parecía un día normal.
No hubo presentimientos.
“Platicamos de sus nietos, de lo que iba a hacer. Era algo que no se veía venir, un accidente, a fin de cuentas, ni era que estuviera enferma, postrada... Mi mamá era hipertensa, tuvo un accidente cerebrovascular. Todo fue muy rápido...”.
Se trataba, le dijeron en el sanatorio, de un derrame interno, justo al centro del cerebro, pegado al tallo. No había mucho qué hacer...
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Doña Guadalupe habría estado internada una semana en la Unidad de Cuidados Intensivos del ISSSTE, los doctores esperando a ver si respondía, pero no.
Durante esa semana los médicos plantearon a la familia dos escenarios:
En el primero Guadalupe en su casa, con muerte cerebral, en estado vegetativo, dependiendo de una máquina.
En segundo Guadalupe con muerte cerebral, desconectada de la máquina hasta que su corazón dejara de latir.
“Un doctor nos dice, ‘en muchos casos cuando se dictamina muerte cerebral y el paciente es joven o no tiene enfermedades complicadas, se valora y, si la familia lo desea, se da el proceso de donación de órganos’. Lo dejó sobre la mesa, ¿no?”, platica Indira.
Finalmente, y luego de varios estudios se confirmó que Guadalupe tenía muerte cerebral.
“La verdad es que ya estábamos preparadas, ya veíamos escenarios no muy favorables, y desde ese momento lo empezamos a valorar mis hermanas y yo. Los médicos nos preguntaron que qué pensábamos, inmediatamente dijimos sí a la donación. Para nosotras sus hijas, su familia nuclear, fue una decisión fácil porque ella ya nos lo había dicho recientemente, entonces estábamos cómodas con eso.
“Sabiendo que a lo mejor en otra ciudad alguien estaba orando por esa esperanza y saber que mi mamá le iba ayudar. En nuestro caso sabíamos su voluntad y creo que eso nos ayudó a sobrellevarlo y saber que, aunque ya no está sigue haciendo lo que le gustaba, que era ayudar a otras personas”,
Dice Indira y se sorprende de llorar con un llanto imprevisto.
“Pensé que no iba a llorar”.
En el ISSSTE, les explicaron los médicos, no contaban con el proceso para realizar la cirugía de donación, por lo tanto tenían que vincularse con el Hospital General o el Seguro 2, que son las instituciones autorizadas para ello en Saltillo.
“El Hospital General nos dicen ‘vénganse en la noche’. Llegamos y nos dicen ‘¿saben qué?, acaba de haber un accidente y la Unidad de Cuidados Intensivos va a estar ocupada, pero la clínica 2 la va a recibir’”.
Las recibió el doctor José Antonio Flores Guzmán, coordinador hospitalario de donación.
Que tenían que repetir el protocolo para la donación que habían hecho en el ISSSTE, volver a practicar las pruebas, determinar que sí era muerte cerebral, subir los datos a la plataforma del CENTRA para que los hospitales de diferentes lugares donde había pacientes en espera de un trasplante, levantaran la mano.
“Pasó un día, dos días, no recuerdo bien, y nos da la fecha de la valla de honor, dice ‘para que se vengan’”.
“Ella que siempre tuvo sus manos abiertas para el prójimo, ha convertido su partida en un amanecer para otras familias. Ha decidido, incluso, más allá de su tiempo terrenal, que la vida no se detenga, permitiendo que la luz de su bondad siga latiendo en otros cuerpos”, habría dicho el doctor Flores en su discurso de despedida.
Guadalupe logró donar riñones, tendones, piel y hueso, otra oportunidad de vida para alguien más.
“Se beneficiaron, nos decía el doctor, más de cinco personas de México, Monterrey y creo que de Guadalajara. Más que nada eso es lo que me conmueve, de que alguien ahorita tiene un riñón, alguien ahorita tiene un pedacito de lo que sea que le faltaba... Y eso es lo bonito. Para nosotros en ese sentido fue fácil.
“Por eso yo creo que es importante hablar de eso, de que a mí me gustaría ser donadora, para que en el momento que, Dios no lo quiera, sucedan estas cosas y que les planteen esta opción no les caiga como balde de agua fría o los agarren en curva, porque no sabías cuál era la voluntad de la persona”, aconseja Indira
-¿La extrañas?
-Ay, cómo me gustaría hablarle por teléfono y decirle ‘fíjate que ya va a ser el cumpleaños de mi hija’, eso es lo que cuesta, que a quién le hablas. Yo creo que esa es la parte difícil...
