Una avería en el camino hacia el pueblo de Hércules en Sierra Mojada, llevó a descubrir la historia de Argelia, Jorge y Rafita: vulcanizadores sordomudos que construyen una vida a señas, lejos del ruido del mundo y en la soledad de un pueblo minero a la deriva.
Si no fuera porque que el chofer que nos llevaría se rajó, si no fuera porque agarramos por ese infame, inclemente, camino que separa a Hércules, Sierra Mojada, Coahuila, del resto del mundo, y si no fuera porque nos ponchamos, justo en el último tramo antes de llegar, jamás habríamos conocido a Argelia y a Jorge Espitia Sosa.
Argelia Guadalupe, 29 años, y Jorge, 43, son un par de hermanos sordomudos, dueños y trabajadores de una desponchadora en el pueblo de Hércules. De una desponchadora, lo que acá conocemos como vulka.
Dimos con ellos una mañana que buscábamos, desesperadamente, un taller donde nos compusieran dos llantas que se nos habían ponchado durante nuestra aventura, y qué aventura señor, en los fondos del desierto.
Sólo eso nos faltaba, pensé, que después de haber pasado una mala racha, todavía nos topáramos en el pueblo a una pareja de mecánicos sordomudos con los que, tal vez, no llegaríamos a entendernos nunca.
Quién iba a decir que, después de todo, acabaríamos siendo sus amigos, conoceríamos de cerca sus historias y nos dejarían hacerles fotos para el SEMANARIO.
Y aún sigo creyendo que, si no fuera porque nos arriesgamos a tomar aquel camino de miedo, que nos ponchamos, jamás habríamos sabido de ellos.
***
La tarde anterior habíamos llegado a la comunidad de La Esmeralda, segundo centro poblacional de Sierra Mojada, rastreando a un señor, propietario de una gasolinera que, supuestamente, nos llevaría hasta Hércules, en su troca, para realizar un reportaje.
En los días previos a la expedición consultamos varias voces que nos sugirieron, unánimes, ir por la ruta de Saltillo, San Pedro de las Colonias, Laguna del Rey, La Esmeralda y, de ahí, hasta Hércules, a través de un sendero de terracería de más de 100 kilómetros. La vía más corta, nos dijeron, pero, también nos dijeron, la más escabrosa.
Nuestro carro era pequeño, bajito, y en él sería más que imposible transitar por aquel camino montuoso que conducía al pueblo minero.
Teníamos qué conseguir, a fuerza, una troca, o a alguien que nos transportara en un mueble con buenas llantas y mejores muelles.
La otra era viajar de Saltillo a Camargo, Chihuahua, y ahí adentrarnos por una brecha plana de 160 kilómetros que nos mandaría directo, y sin contratiempos, a Hércules, pero, no, era dar muchos rodeos y perder más tiempo.
Al fin nos decidimos por la primera opción, sin intuir en la que nos metíamos, sin sospechar la que nos esperaba.
Eso sí, estoy convencido de que, si nos hubiéramos lanzado por el mejor camino, por camino fácil, jamás habríamos conocido a Argelia y a Jorge.
El pacto era que el gasolinero aquel de La Esmeralda nos trasladaría en su troca hasta Hércules, y a cambio nosotros le pagaríamos tres mil pesos por el viaje de ida y vuelta, aparte de dos noches de hospedaje en el hotel del pueblo y las comidas. Casi nada.
El contacto lo hicimos semanas atrás, por medio de un tercero en Hércules, que dijo ser amigo del vendedor de gasolina, y hasta entonces todo pintaba de maravilla.
Eran las 3:00 de la tarde cuando arribamos a La Esmeralda. Hacía un día nublado, pero encabronadamente bochornoso, nubes grises y gordas por todo lo alto, lo que se dice un calor canicular.
El plan era que llegando a La Esmeralda nos presentaríamos con el susodicho señor en su estación de gas, y de ahí nos arrancaríamos en su camioneta al pueblo minero.
Así lo hicimos...
La sorpresa fue encontrar el negocio, que era una suerte de rancho rodeado por chozas de adobe, completamente solitario, gente por ninguna parte.
Saludamos varias veces dando gritos en medio del solar, nos contestó el silencio.
Aguardamos entonces unos cuantos minutos en la gasolinera, y viendo que se hacía tarde y que el camino a Hércules, ya nos habían alertado, era largo y peliagudo, decimos llamar al celular del que sería, o mejor dicho no sería, nuestro guía y chofer.
Al otro lado del teléfono habló la desilusión, que no, que no nos acompañaría, que imposible, que no, que se hallaba trabajando y que, además, estaba lejos de La Esmeralda, que no podría, soltó el sujeto a bocajarro.
Supimos entonces lo que era sentir que el cosmos, con todo y Hércules, nos caía encima.
***
Cinco horas antes habíamos salido de Saltillo y ya nos punzaban las piernas y, lo que es peor, el asiento.
Al punto de la desesperación, los nervios reventados, no podíamos regresar a Saltillo con las manos vacías, me dije. Le preguntamos a nuestro fallido chofer y guía, si nos podía recomendar a alguien en La Esmeralda que nos llevara a Hércules, dijo que no, que en ese momento no había nadie en el pueblo, que todos los hombres andaban en el laburo, en la faena, que no.
No nos quedaba de otra que llamar al contacto de Hércules, ese que había arreglado con el gasolinero de marras lo de nuestro viaje.
Que el hombre nos había quedado mal, que se había rajao todito, que nos había plantado, que se había hecho ojo de hormiga, que se había echado pa atrás, le reclamé al alcahuete, un tanto alterado.
El de la troca, dijo el de Hércules, había quedado en confirmarle lo de la ida, pero que no le confirmó, y ahí fue el lío, pero que en ese mismo instante él hablaría con un primo suyo de La Esmeralda para que nos llevara.
La oferta sonaba bien, solo que ya había cundido en nuestro corazón el mal de la desconfianza, y entonces le preguntamos si no sería mejor irnos en nuestro modesto coche.
Pidió entonces le mandáramos por whats una foto del automóvil, se la mandamos.
No, que el carro estaba muy bajito, que no llegaríamos, que el camino era tremando y que, además, el cielo amenazaba lluvia y eso haría aún más peligrosa la travesía.
“Hay tramos donde se pueden quedar atascados por la lluvia”, nos previno.
Nada, nada, él se encargaría de negociar con el primo lo de la vuelta a Hércules y nos avisaría, que esperáramos, esperamos.
Al poco tiempo mi celular sonó con un sonido trepidante, era el contacto de Hércules, que el primo pasaría a recogernos a la Plaza del Reloj de La Esmeralda en cinco minutos.
El reloj de la plaza cantó entonces la hora con una canción de estación de radio ranchera a las 3:30 de la tarde.
Mientras se cumplía el plazo de los cinco minutos, aparcamos a la puerta de una tiendita de abarrotes para comprar un refresco y algún chuchuluco.
Saldada la cuenta preguntamos a la vendedora, una señora de edad, chaparrita ella, sobre si el camino a Hércules estaba bueno, y si podíamos llegar en un carro chico.
En eso, una mujer que salía de la trastienda dijo que sí, que recién ella y sus familiares habían viajado allá en un vehículo pequeño y aterrizado sin novedad.
“Ái despacito...”, aconsejó.
Una clienta que en ese momento entraba en el changarro, y que sin ser preguntada intervino en la charla, dijo que no, que un carro como el nuestro... ni pensarlo oiga.
Pasaron cinco, 10, 15 minutos y aquella media hora de espera en la calle se tornó eterna, interminable.
Volvimos a llamar al contacto de Hércules, que ya, que el primo venía para la plaza, que dando vuelta, en una troca verde, doble cabina.
Y pasaron otros largos 15 minutos, hasta que por fin apareció el dichoso primo al timón de la añorada pick up.
Cuando ya estábamos en su casa, que nos disponíamos a mudar el equipaje para su troca, el hombre, ¡no Dios!, se arrepintió.
Dijo que el camino estaba bueno, que claro que podíamos llegar en el compacto, y que después hasta nos lamentaríamos de haberle pagado por el viajecito.
Qué coraje, pensé, pero si no fuera porque él también culeó, jamás hubiéramos conocido a Jorge y a Argelia.
***
De inmediato, y sin vacilar, volvimos las maletas a nuestro coche, y enfilamos a cargar gasolina en la gasolinera del gasolinero rajao.
“Sí, ta feo el camino y en la noche se pone más feo”, nos informó el chaval que oficiaba de despachador en la estación de servicios, y yo sentí que algo frío me pasaba por la espalda.
Al fin la emprendimos rumbo a Hércules, justo cuando el cielo echaba a llorar con unas finas y tibias lágrimas, ¿lloraba por nosotros?
Yo creo que sí, porque lo que siguió fue un martirio de cuatro horas, más de 100 kilómetros, rodando por una trocha como serpiente echada en mitad del desierto de arbustos, espinos y montañas, que aparecían y desaparecían en el horizonte con el movimiento del automóvil.
Todo lo que recuerdo es a nosotros, yendo envueltos entre las densas oleadas de polvo que levantaba el coche a su paso por la nada, la carrocería golpeando a cada rato contra las rocas y rozando con murallas de mezquites.
Era una trocha que, de vez en vez, se ensanchaba en muchas veredas, y nosotros perdidos, sin saber para dónde ir.
El páramo sin fin, ni un alma, ni un fantasma a quién preguntarle si es que íbamos bien para nuestro destino.
Y recuerdo a nosotros, cruzando con el compacto por los hondos arroyos que habían formado en la trocha las primeras lluvias de la primavera.
Las llantas del coche cayendo en pantanos de arena, atascándose.
Nos recuerdo también pasando por varias aldeas de casas de tierra, silenciosas, solitarias aldeas: San José de Carranza, El Alicante, y otras que de plano ya olvidé.
Nosotros reprochándonos, si hubiéramos sabido que el camino era este infierno, no arriesgamos.
Todavía nos veo al compañero fotógrafo Omar Saucedo y a mí, bajando del coche, construyendo con las manos y los pies una rampa de tierra y piedras, para poder atravesar un barranco que había cortado la trocha de tajo.
A Omar le preocupaba que las rocas puntiagudas, filosas rocas, pegando debajo del coche, dieran en el cárter, y entonces sí nos quedáramos tirados como náufragos en las honduras del desierto. Atardeciendo, la llanta delantera derecha del carro se rindió, tronó, se ponchó, nos ponchamos.
La llanta, al contacto con alguna piedra o con varias o con muchas, se había desgarrado por su cara externa y dejado escapar el aire.
Pero aún pienso que, si no hubiera sido por eso, jamás habríamos conocido a Argelia y a Jorge.
Puesta la refacción retomamos la marcha.
***
Ya oscurecía cuando entramos en Hércules.
Molidos por la odisea, decidimos descansar en el único hotel que hay en el pueblo.
Mientras bajábamos los bultos del coche, Omar notó que otra de las llantas se estaba desinflando.
Total, dijo, ya al día siguiente buscaríamos sin prisas dónde reparar los neumáticos averiados.
Fue así que conocimos a los hermanos Espitia Sosa, de la desponchadora.
Nos levantamos después del alba y, sin haber desayunado, trepamos en el compacto para ir en pos de una vulkanizadora.
Luego de dar varias vueltas topamos en una esquina con un cobertizo de lámina, sostenido por vigas y barrotes de madera. En su interior había profusión de máquinas, mangueras, cables, herramientas, una llanta de tractor.
Era la desponchadora de los hermanos Argelia y Jorge Espitia Sosa.
Apenas estacionamos salió a recibirnos un muchacho moreno, grueso, cabeza al rape, estatura mediana, vivos ojos, sonrisa a flor de labios, playera holgada y holgado pantalón.
Era Argelia, a quien en un principio nosotros confundimos, por su facha, con un rudo mecánico. Más tarde Prisma Vanessa, una de sus hermanas mayores, nos revelaría que se llamaba Argelia Guadalupe, y que desde niña se había acostumbrado a vestir como varón, después que hubo aprendido de su padre, junto con otros dos de sus hermanos, el oficio de desmontar, desponchar y montar neumáticos.
Argelia contestó a nuestro saludo con un ademán, trajo el gato hidráulico y se apresuró a quitar la llanta que Omar le señaló.
En un santiamén la vimos maniobrar sobre la rueda, asegurada a una estructura de fierro.
Repentinamente apareció en el taller un hombre alto, bronceada piel, cabello a la militar, barba de candado, robusto, del que en la plática con Prisma Vanesa sabríamos que se llamaba Jorge.
Me extrañó que en todo ese tiempo ni Argelia ni Jorge pronunciaran palabra, a diferencia de otros mecánicos que había conocido harto lengua suelta, boquiflojos, parlanchines, dicharacheros, albureros...
Hasta que los miré dirigirse a Omar con señas y sonidos guturales.
“Ah, son sordomudos”, aclaró el fotógrafo.
Y yo me eché en cara el haber desairado tantas invitaciones a cursos sobre lengua de señas mexicana.
Por lo menos las imágenes pegadas en la panza de uno de los aparatos de la vulka, me decían que Jorge y Argelia eran católicos, devotos fervientes de San Francisco de Asís, San Judas Tadeo, el Sagrado Corazón de Jesús y el Ángel de la Guarda.
De rato, vimos también a Jorge trabajar encima del neumático que se nos había desgarrado unos kilómetros antes de entrar en Hércules, y que Omar había sacado del maletero para que lo arreglaran.
Al cabo de una media hora ambas llantas quedaron reparadas.
Entonces Argelia, de la que más tarde sabríamos era ducha en eso de la aritmética, escribió con el índice sobre el cristal empolvado del carro el costo del servicio: 500.
“Ándale, ahí está tu factura”, dijo Omar divertido.
Cuando nos retirábamos en el auto para comenzar a reportear, me dije que no podíamos irnos de Hércules sin hurgar en las vidas de Jorge y Argelia.
Bien entrada la tarde nos encontrábamos con Prisma Vanessa Espitia Sosa, la hermana de los mecánicos, platicando en el sombreado patio exterior de su casa.
Jorge, Argelia y Juan Carlos, también vulkanizador, y quien había muerto en un accidente ocurrido en la desponchadora años atrás, habían nacido sordomudos en el seno de una familia, los Espitia Sosa, de siete hermanos.
La infancia de Juan Carlos, Argelia y Jorge había transcurrido sin sobresaltos, salvo que los tres dejaron la primaria del pueblo, a falta de maestros especializados en la atención de nenes como ellos.
Y entonces su padre, un operador universal de maquinaria pesada que había migrado a Hércules tras el cierre de la mina de fierro en La Perla, Chihuahua, determinó que enseñaría a sus hijos sordomudos, el oficio de reparar llantas, como un modo humilde, pero honesto de vivir.
***
“Mis papás en La Perla tenían una desponchadora”, contó Prisma.
Prisma no sabe cómo fue que su padre, un hombre que a los 14 años había trabajado como barrotero en los yacimientos de metal de La Perla, logró instruir a sus tres hijos, imposibilitados para oír y hablar, en eso de remendar neumáticos.
Y no sabe cómo fue que sus hermanos, con los que la familia consiguió entenderse a señas, una lengua de señas casera, aprendieron a manipular mangueras, el gato, el compresor, las ruedas.
En adelante los tres hermanos se encargarían de la desponchadora que comenzó a dar servicio a la población de Hércules, trabajadores, proveedores y contratistas de Minera del Norte.
“Ellos se dedican a vulkanizar, que significa desponchar, cambiar llantas, desmontaje, montaje, y ellos le echan ganas, es muy bonito oficio. Nunca se han rendido, gracias a Dios. Le echan ganas porque tanta gente que... ¿cómo le explico?, que luego, luego se dio para abajo, y a ellos no los veo yo que andan ‘ándele, deme una ayuda’”, dijo Prisma.
La gente del pueblo se habituó a ver Argelia sin trenzas, aretes ni bilé, quitando, parchando y cambiando llantas.
Prisma Vanessa, contadora de profesión y madre de cuatro hijos, se haría cargo de sus tres hermanos sordomudos, hasta la fecha.
Sino que un día de hace 10 años que Juan Carlos se hallaba debajo de un tráiler, checándolo, el camión se arrancó, Prisma supone que el chofer no puso el freno de mano, y aplastó a su hermano.
En ese momento Prisma y su madre andaban recogiendo la casa, cuando se oyó como un camión frenando.
La escena fue terrible: gritos, gente corriendo al rescate de Juan Carlos, Jorge hincado, la impresión vuelta alaridos. Él estaba de frente cuando la tragedia.
Juan Carlos había tratado de levantarse, pero tenía el cuerpo reventado.
40 minutos después... murió en una ambulancia, de camino al hospital.
Pasado el duelo, la vida en la desponchadora siguió su curso regular.
Jorge y Argelia reparando llantas 12 horas al día.
“Frío o no, a las 7:00 u 8:00 de la mañana abren, y cierran a las 7:00 u 8:00 de la noche, pero si alguien llega ‘ándele, por favor, que mire...’, ellos se avientan. Hay gente que ha tocado a las 2:00 de la mañana, ‘tenemos un enfermo, vamos a salir’, sí, yo los levanto”, relató Prisma.
***
Hasta ahora Argelia y Jorge permanecen solteros y sin hijos.
Jorge tenía su novia, pero en casa lo regañaban porque... como le daba dinero...
“Le digo ‘noooo mijo’”, narró Prisma.
Argelia salió andariega, seguido se va con sus amigas y, por irse, a veces desatiende la desponchadora y le tienen que mandar un mensaje por celular con la palabra “YA”, que significa que tiene que venir pronto porque ha caído un cliente.
Parte del código que la familia ha inventado para comunicarse con Jorge y Argelia.
“En caso de que Jorge requiera que venga ella, que llegó un desponchado, le ponemos YA, ella sabe que la palabra YA es que en una chancita se venga rápido, y se deja venir. Y a veces ahí andan agarrados que por qué no se viene, que por eso no trae dinero, que porque no se queda en la desponchadora. Jorge sí es muy responsable”.
Le pregunté a Prisma si no tiene un álbum de fotografías de la familia, dijo que no, que se quemó la vez que se fue la luz en Hércules y se incendió la casa de su madre porque Argelia, que es medio trocha, dejó prendida una veladora, se echó a dormir, la veladora se cayó, alcanzó la pared que estaba forrada de tapiz y la casa se quemó con todo y álbum familiar.
Argelia salió viva de milagro, se tatemó los brazos, parte de la cara, y tuvieron que operarla.
“Fue un milagro grandísimo de Dios porque mi esposo apagó la casa él solo. No había agua, no había luz. Mi esposo agarró agua del baño, de la que estaba ahí contoy pipí, la aventó. Agarró el agua sucia de la lavadora y con esa. Mojaba mi esposo una cobija en la lavadora y la aventaba, y con eso apagó la lumbre, gracias a Dios.
“Argelia dice que cuando empezó a sentir el humo, lo caliente, salió como pudo, bendito Dios, ¿verdad? Se le pegaron las cortinas, ya estaban ardiendo, mi esposo llegó y se las quitó. No la habíamos visto tan quemada, uno de mis hijos, dijo ‘amá mi tía Argelia está quemada de la cara’, ‘cómo’, sí, traía una ampollota atrás de la oreja”.
Argelia que todo el tiempo estuvo presenta en la entrevista, hizo una seña como para decir que le dolía.
“Sí, dice que le dolía, andaba bien inflamada. Me acuerdo que llegamos con el cirujano a ciudad Camargo y nos dice ‘si ha de haber estado flaquita, no lo hubiera librado, pero gracias a Dios le ayudó lo gordito’”.
Un policía tomó fotos y videos de Argelia, sin permiso, y las mandó a la televisión.
Y aquí está vivita y coleando, activa para su desponchadora, dijo Prisma.
A la muerte de sus padres, Prisma refrendó su compromiso de que se haría cargo de Jorge y Argelia.
“Cuando mi mamá estaba intubada yo entré y le dije que no se fuera con pendiente. Como que lloró, le dije ‘yo me voy a hacer cargo de ellos’. Mi esposo estaba en una isla trabajando, ‘quiera él o no’, le dije, ‘no puedo consultarle a él porque estás en tu lecho de muerte y yo no puedo darme el gusto de preguntarle a él oye, ¿me dejas cuidar a mis hermanos?, no’, y yo me quedé con ellos”, narró Prisma.
Prisma los atiende, los lleva a misa y siempre que sale a un mandado lejos, carga con ellos.
“Haga de cuenta que yo les lavo, yo con ellos todo, como si fueran unos niños. Saben santiguarse. A veces viene el padre Christian y les echa la bendición, agua bendita, anda casa por casa. Cuando salgo me los tengo que llevar, me los llevo. Ay, porque siento que me falta el alma si no me los llevo”.
A pesar de que la vida en Hércules se ha detenido por el cierre de la minera, de vez en cuando viene gente a que Argelia y Jorge le reparen las llantas, menonas, constructoras y gente de los ranchitos cercanos.
Dijo Prisma, y yo me quedé pensando que si no fuera porque nos ponchamos en el loco camino a Hércules, jamás los hubiéramos conocido...
***
Merodeando por el pueblo, nos enteramos del caso de Rafael Rodríguez Ponce, Rafita, otro plebe sordomudo, dueño de otra desponchadora localizada a las afueras de Hércules.
Esta vez no íbamos a que nos desponchara alguna rueda, simplemente lo queríamos conocer, verlo de cerca.
Recargado sobre uno de los puntales que sostenían el cobertizo de su vulcanizadora, encontramos a un hombre alto, fornido, aperlada piel, barba, gorra, playera sin mangas, bluejeans, los brazos rayados: Rafita.
A señas le preguntamos si podíamos fotografiarlo, asintió.
En la desponchadora lo acompañaban dos señores que se dijeron sus amigos de toda la vida, desde niños, que jugaban en la calle.
Que si había en el pueblo familiares del mecánico con los que pudiéramos platicar, quise saber.
Los amigos de Rafita respondieron que su madre no estaba en Hércules, su padre se hallaba trabajando en los campos menonitas, y no regresaría hasta muy tarde.
Señalaron entonces un papel pegado a la entrada de la vulka, con un número de celular.
Llamamos, del otro lado respondió una voz de mujer que dijo llamarse Leticia Ponce Dávila y ser la madre de Rafa, que ahora estaba en Camargo, Chihuahua, y no podría contestar a la entrevista, comentó.
Nos fuimos.
Semanas después me contacté a la distancia con ella y me contó de Rafita.
Que había nacido sordomudo, que ella ni se había enterado hasta que su madre, la abuela de Rafael, notó que algo raro pasaba con el bebé.
“Dijo ‘sabes qué, Rafita a mí se me hace que no oye’”.
Al principio fue complicado entenderle, ya después la familia se acostumbró.
“Fue muy difícil. Todavía ahorita fíjese batalla uno para entenderle unas cosas y se enoja. Ái batallando lo sacamos adelante a él, a señas”, dijo Leticia, cinco hijos.
Rafa, lo mismo que Argelia, Jorge y Juan Carlos, no fue a la escuela, bueno, sí fue, pero como dos semanas. Sino que el maestro lo regresó, dijo que no podía atenderlo, que por atenderlo a él iba a descuidar al resto de los alumnos y nomás no. Leticia se puso triste.
“Lo quisimos meter aquí, estuvo un tiempo, pero nos dijeron los profesores que era muy difícil tenerlo a él ahí, porque necesitaba muchos cuidados”.
Hoy cuando menos sabe poner su nombre: Rafita.
Rafita, 36 años, había aprendido el oficio de desponchador trabajando con los hermanos Espitia Sosa, ya luego su padre minero le puso su propio taller para que tuviera algo en qué entretenerse y de qué vivir.
“Él nos ayudaba mucho, fíjese, es muy trabajador y todo, desde niño”.
A Rafa, además de reparar llantas, le gusta dibujar, pintar. Leticia no se explica cómo fue que adquirió ese don.
“Él solo agarraba los cuadernos y empezaba a pintar que caballos, así, lo que veía en la tele”.
Rafa sabe también de albañilería, y ama ir de visita a El Alicante, el rancho donde nacieron sus padres.
Le pedí a doña Leticia que me contara sobre los tatuajes de Rafa. Un amigo de él que vivió en Hércules varios años lo rayó, el escudo del América, el nombre de Michael, el hijo de una antigua novia al que Rafita y sus padres criaron desde crío.
La novia se fue para Camargo y ni Rafa ni sus padres han vuelto a ver al chaval.
Lo del América es porque Rafa es hincha del América desde siempre, y un tiempo fue futbolista de un equipo de Hércules.
Siendo niño sus padres lo llevaron a ver a un doctor a Chihuahua que les dijo sería muy riesgoso operarlo, puesto que se trataba de unas arterias que iban del cerebro a los oídos y estaban obstruidas, y así prefirieron dejarlo.
“Que se pusiera en riesgo pos no”.
Ya mayor le compraron unos aparatos para que pudiera oír, pero Rafa, los rechazó, no los quiso.
“Ya estaba impuesto a señas y así”, platicó Leticia.
Todos los días Rafa se la vive en su desponchadora, zurciendo ruedas, componiendo suertes, inspirando con su historia.
El dinero que saca se lo da a sus padres para que la vayan pasando, ahora que la cosa se ha puesto dura en Hércules con el cierre de la minera.
Cuando el trabajo afloja en el taller, Rafa se va con su papá a cargar pacas en los campos menonas.
“Ellos están muy apegados, donde quiera lo traiba”, dijo Leticia.
Pero algo me queda claro, que si no nos hubiera pasado lo que nos pasó, jamás habríamos conocido a Argelia, a Jorge y a Rafa.
