Más de 180 mil mexicanos han sido deportados desde el inicio de la presidencia de Donald Trump, muchos de ellos después de años de haber vivido en Estados Unidos. Atrás dejaron familia, costumbres, amigos, una vida... Uno de ellos es Francisco González Jasso, un lagunero que vivió 35 años en Chicago hasta que fue arrestado. ¿Cómo rehace su vida una persona, al regresar, tres décadas después, al lugar que se abandonó?
Francisco González Jasso llegó de madrugada del 3 de noviembre de 2025 a Torreón, Coahuila, tierra que no pisaba desde hacía más de 30 años. Bajó del autobús y tomó un taxi. Al chofer le pidió que lo llevara a la colonia Jacarandas, donde había crecido antes de migrar a Estados Unidos. No se acordaba cómo llegar, así que le pidió al taxista que llegara hasta una preparatoria de la zona. Miró las calles de su barrio de madrugada y no las reconoció. Las miró muy feas, descuidadas. No recordaba dónde vivía. Miró los números en las casas, una por una. Descendió del taxi y pidió al chofer que lo esperara. No sabía si la casa a la que llegó era la misma donde creció y donde vivía su hermano.
“¡César, César!”, gritó Francisco, un hombre alto y de semblante rudo. En instantes se prendió el foco de la casa a la que le gritaba. Su hermano César salió. Y se abrazaron. Tenían 33 años sin verse.
Francisco, Panchito, de 55 años, 56 cumplidos en abril, había vuelto a casa después de ser deportado por autoridades federales en Chicago, donde vivió, estudió, trabajó, se pensionó, pagó impuestos, se casó, tuvo un hijo e hizo amigos las últimas tres décadas.
Panchito sólo quería dormir.
SE CAE EL MUNDO
Un grupo de agentes de la Patrulla Fronteriza detuvo a Francisco González Jasso el 28 de octubre de 2025, cuando el nacido en Torreón iba a comprar cigarros en el vecindario de La Villita, en Chicago.
“Ya me estaba esperando una van blanca”, recuerda el migrante. Francisco no les miró ninguna insignia de ICE, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos que ha estado en el foco de atención debido a los arrestos y detenciones abusivas de migrantes.
Panchito asegura que eran federales. No opuso resistencia.
Una historia del Chicago Sun Times refiere que el Departamento de Seguridad Nacional (DHS por sus siglas en inglés) lo estereotipó como miembro de la pandilla Latin Kings y fue arrestado durante el Operativo Midway Blitz, la campaña de deportación de la administración de Trump dirigida a “limpiar” las calles del área de Chicago de “criminales violentos”.
“Uno me pegó un culatazo. Otro me metió la punta y me rasgó. Estuve esposado, juntando el avión para que se llenara, 48 horas parado, esposado. Llegué malísimo de mi cuerpo, de mi dignidad, ante todo”, recita Panchito sobre lo vivido.
Un video en redes sociales muestra a ocho agentes de la Patrulla Fronteriza arrestando a Panchito. Alguien que grita “¡La migra!”.
Francisco fue llevado a un centro de detención donde duró cinco días preso.
“La vida en la detención creo que hubiera preferido estar en la cárcel que en el centro de detención”, dice Francisco y el coraje le provoca llanto. “Está tan peor, que ni los perros”, agrega.
Los días que estuvo detenido amaneció adolorido y descalzo, pero, sobre todo, pensando en qué iba a ser de su vida; pensando quién lo iba a ver, quién se iba a preocupar por él.
Recuerda que en el centro de detención había otras decenas de migrantes parados, detenidos, esperando. Asegura que miró pura gente trabajadora, que laboraba en las yardas, en la construcción. “Yo no vi ningún criminal”, afirma todavía con coraje.
José Israel Ibarra González, profesor investigador de Migración y Derechos Humanos en el Colegio de la Frontera Norte (COLEF) de Nogales, Sonora, explica que desde la presidencia de Barak Obama se comenzó a ver por primera vez un aumento preocupante del número de removals, el término eufemístico que se refiere a los procedimientos de deportación que inician las autoridades en Estados Unidos por violaciones migratorias, como ingreso ilegal o antecedentes penales en personas que ya tenían muchos años dentro del territorio. Ibarra González señala que entonces existía más coherencia: personas deportadas con antecedentes de haber cometido un delito mayor o menor.
La situación cambió desde la primera administración de Donald Trump, asegura el investigador del COLEF, responsable académico del Observatorio de Política Migratoria y Derechos Humanos.
“El gran porcentaje de personas que están siendo removidas y regresadas, son personas sin antecedentes, trabajadoras”, precisa.
Al pasar la gestión de la migración de manos civiles a manos de seguridad y militares, se enfatiza en el fenómeno de la crimigración: el proceso en donde la migración irregular pasa de ser un delito administrativo, a uno penal.
“Estos grandes flujos que estamos recibiendo tienen un aparato que funciona para criminalizarlos”, explica José Israel Ibarra González.
Francisco migró por primera vez a finales de la década de los ochenta, pero asegura que lo estafaron. Cuenta que aquella vez ingresó al Río Bravo, helado, y se le quedó un tenis. “El de migración lo agarró y me dijo ‘tú venir y te lo doy’; nombre, así me fui descalzo... estaba haciendo un frío tremendo”, rememora.
Firmó su deportación y perdón migratorio.
Volvió a migrar después del casamiento de su hermana.
Sus papás tenían un negocio de frutas y verduras en La Alianza, el mercado más viejo de Torreón. Pero ni el dinero ni el espacio en la casa alcanzaba para los cinco hermanos. Francisco decidió emprender el vuelo. “Yo me tenía que volar”, rememora.
Cuando lo detuvieron en 2025, le señalaron que tenía ese caso de los 80. “Lo pagué”, les aseguró.
De la noche a la mañana le dijeron que era líder de una pandilla, casi casi de los talibanes, menciona con ironía. “La primera vez estaba mocoso, pero esta vez sí lo sentí. Qué puedes hacer... ya se acabó el corrido”.
“Me duele”, se sincera Panchito y los ojos se tornan vidriosos. Recuerda que cuando salió de detención, una pregunta le inundó: “¿Qué voy a hacer?”. Pensó en que ya no tenía a nadie en México, que tendría que volver a empezar.
“Crees que si fuera una persona mala hubiera durado tanto tiempo. Sólo por los cambios y esta persona”, reclama.
Fue deportado, como otros más de 160 mil mexicanos en 2025, según datos de la Unidad de Política Migratoria del gobierno federal.
“Haz de cuenta que de la noche a la mañana te cortan las patas, pum pum pum pum. Ya viene uno maduro. Ya está difícil acoplarse a la vida. Ya está uno grande. Te sientes fuerte, pero no creas, ya le pesa a uno. Allá no creas que estás de vacaciones. Allá te levantas a las tres de la mañana y a las cinco de la tarde ya debes de estar acostado porque todavía no sabes si vas a amanecer y ya estás pensando en la chinga que te toca mañana”.
Francisco firmó su salida voluntaria porque quiere tomar otro perdón. Quiere convivir nuevamente con sus amigos, y, sobre todo, limpiar su nombre. Para él su detención fue una ofensa. “Me quemé en todos lados... se siente feo”, comenta.
Donald Trump aseguró que deportaría personas con antecedentes criminales, entonces en muchas personas queda un estigma, dice Alberto Xicoténcatl Carrasco, director de Casa del Migrante en Saltillo.
“En la vida hay que tener una dignidad al 100 por ciento. Y yo la tengo”, dice Panchito.
SIN POLÍTICA DE REINTEGRACIÓN
Una mañana de marzo encuentro a Panchito barriendo el frente de su casa, en la colonia Jacarandas de Torreón. En su cochera había cajas de piso. Dentro de la vivienda su hermano César y otros amigos del barrio, quienes también vivieron en Chicago, trabajaban en la remodelación.
En esa casa donde ahora se sienta para narrar su vida de migrante y deportado, creció cuando era pequeño. Era la casa de su madre, quien murió hace 23 años. Perdió a un hermano en un accidente y otro más fue desaparecido. Panchito ya vivía en Chicago. Por su situación migratoria no pudo regresar a despedir a su madre.
“Cuando supe la noticia de su muerte, no sabes... olvídate”, recuerda. Ahora que regresó a Torreón, una de las primeras cosas que hizo fue visitar la tumba de su madre. Allí se estuvo por casi una hora.
Su hermano César vive en la misma calle.
“Aquí se me hacía algo desconocido”, menciona sobre su regreso a Torreón. Reconoce que inicialmente hubo un choque por el cambio. Un día era un niño en el barrio, y el otro envejeces y estás de vuelta, dice. “Tienes que acostumbrarte”, recalca como si se tratara de una obligación.
Alberto Xicoténcatl Carrasco explica que muchas veces sí existe un choque cultural: desde la convivencia simultánea en dos idiomas, la alimentación, el rechazo social, la música, las redes sociales y familiares, el estigma del fracaso, hasta por el sentimiento de culpa por haber estado tantos años sin lograr una regularización.
Francisco lleva cinco meses acostumbrándose a su nueva vida.
“Yo tuve dónde llegar, pero cuánta gente que no tiene, chavos que con ningún peso. Gente que dejó su familia. De qué van a vivir. Es triste”, comenta Panchito.
Desde la advertencia de deportaciones masivas por parte del gobierno de Estados Unidos, el gobierno mexicano implementó la estrategia “México Te Abraza”, en donde los más recientes datos registran 189 mil 830 retornos de connacionales entre el 20 de enero de 2025 y el 18 de marzo de este año.
“El objetivo es garantizar una bienvenida cálida y humana a hermanas y hermanos en retorno; darles servicios, ofrecerles trámites y ayudarles a reintegrarse a sus comunidades”, ha dicho la Secretaría de Gobernación en sus comunicados.
Sin embargo, tanto José Israel Ibarra González del COLEF, como Alberto Xicoténcatl Carrasco de la Casa del Migrante de Saltillo, consideran que no existe una verdadera política de reintegración.
Ibarra González refiere que hay cuatro dimensiones que no se están atendiendo totalmente: el acceso a documentación, la reintegración laboral, la reconstrucción de su familia y la reconstrucción de su identidad.
“Son personas biculturales, binacionales. Tienen valores de los dos mundos”, expone.
El especialista del Colegio de la Frontera Norte asegura que muchos mexicanos regresan y no tienen acta de nacimiento, una CURP o una credencial de elector. Y como muchas veces ya no hay presencia de familia cercana, se pueden complicar los trámites.
Francisco ya tramitó su credencial de elector y su licencia de conducir. Regresó con su hermano, pero José Israel Ibarra afirma que casi una tercera parte de los mexicanos deportados que tenían muchos años en Estados Unidos, deciden vivir solos, en hogares unipersonales.
“Andan aquí y allá. Se van a su estado, se regresan, ya no encuentran esa acogida familiar”, señala María Concepción Martínez, la coordinadora del Centro de Día para migrantes “Jesús Torres Fraire” en Torreón.
Menciona que sí han notado un aumento en el flujo de mexicanos deportados que llegan a Torreón a comparación de otros años. Los describe como personas desesperadas, angustiadas y con impotencia porque los separaron de las familias.
Esta situación complica otras etapas como la búsqueda de empleo en sus lugares de origen.
“¿Cómo le vas a hacer para que ahora que están acá, consigan un empleo?”, cuestiona el especialista José Israel Ibarra. Señala que muchos retornados tienen estudios en Estados Unidos y no hay una estrategia de revalidación. Otros más cuentan con una licencia para oficios como electricista o jardinero, un concepto que no opera en México.
“Unos sabían ciertas maquinarias que en los procesos aquí no existen. En la construcción, que es donde más trabajan, es completamente distinto el sistema de allá y acá. Allá construyen con madera”, expone.
Es el caso de Francisco. En Estados Unidos acabó la secundaria. Allá se desarrolló y se recibió de Ingeniero en maquinaria pesada. “El hambre te hace ser lo que eres”, comenta. Trabajó en la cocina, de jardinero y los últimos 28 años laboró en la construcción. A últimas fechas fue mayordomo en una constructora e inclusive tenía unos meses de haberse pensionado antes de que lo deportaran.
A pesar de los obstáculos, sobrevivió. Comenzó a hacer una vida y enviaba dinero a su familia. Incluso después de fallecida su madre, enviaba dinero a sus hermanos.
Aunque no existe una cifra concreta, el investigador del COLEF señala que muchos retornados se ocupaban en la construcción. En marzo una noticia se hizo viral: un grupo de migrantes, trabajadores de la construcción, realizaban trabajos en una casa en Maryland cuando llegaron elementos de ICE. La dueña de la casa donde hacían los trabajos avisó para que los detuvieran y evitar pagarles.
Panchito asegura que no fue fácil hace más de tres décadas. Pisó suelo norteamericano y no sabía qué hacer. “Los dólares no están en la carretera. Tienes que enseñarte”, dice como si se tratara de discurso motivacional.
A Panchito le llega actualmente su pensión de Estados Unidos. Dice que es poco, pero le rinde bien en Torreón. “Hay calmadito”, comenta en tono de resignación. “Vivir lo que me toca vivir, día tras días”, añade.
A sus 56 años duda que le den trabajo en algún sitio. “Ya me consideran de la tercera edad”, dice. Buscará emplearse hasta que termine de remodelar la casa. Quizá ponga un puesto de gorditas o se vaya de empacador a la Soriana. “De lo que caiga”, platica. “Siempre he sido trabajador”, añade orgulloso.
El gobierno federal en un comunicado del 19 de marzo aseguró que se han entregado más de 93 mil copias certificadas de actas de nacimiento y Cédula Única de Registro de Población (CURP) y que en colaboración con el Servicio Nacional de Empleo y la Secretaría del Trabajo, 14 mil 228 personas tienen un empleo formal.
Concepción Martínez, del refugio para migrantes en Torreón, cuenta que han recibido casos de mexicanos deportados a los que les rompen sus papeles y llegan sin documentos. En el Centro los ayudan para tratar de reunificarlos con sus familias y vuelvan a tener documentos de identificación cuando es posible.
A Panchito no le ofrecieron ningún seguimiento de empleo o documentos en la frontera.
Fue repatriado por Matamoros, Tamaulipas, el principal punto de devolución de mexicanos en 2025. En ese año, 33 mil 35 “eventos de devolución” de mexicanas y mexicanos de 160 mil 192 eventos en el año fueron por esta frontera, según datos de la Unidad de Política Migratoria.
José Israel Ibarra González del COLEF cuestiona las estrategias para insertar laboralmente a las personas retornadas: “¿Cuáles son sus habilidades?, ¿cómo hacer recertificaciones en la Secretaría de Educación, en la Secretaría del Trabajo para poder incorporarse?”.
No existe una política de seguimiento a la reintegración a mediano y largo plazo, insiste.
Además, señala que se necesita una estrategia porque en la negociación con el presidente Donald Trump, lo que se acordó fue hacerles difícil a las personas deportadas que vuelvan a intentar entrar a los Estados Unidos.
“Esta estrategia de contención no tiene un seguimiento en cuanto a las consecuencias con las personas deportadas y con su núcleo familiar. Es la gran diferencia, por lo que ahora se necesita una planificación de mediano y largo plazo”, comenta.
SENTIMIENTO BINACIONAL
Después de 35 años de vivir en Estados Unidos, Francisco dice que también tiene sangre norteamericana. Estados Unidos le abrió las puertas. “Yo me lo gané”, dice seguro. “Me siento de los dos lados”, comparte.
Por eso el sentimiento en un inicio, fue como si se le acabara el mundo.
El director de la Casa del Migrante de Saltillo, Alberto Xicoténcatl Carrasco, menciona que personas como Francisco tienen una cultura híbrida cuyas formas de vida en ocasiones son complejas, pues solamente ellas y ellos logran entender esa construcción de la forma de vivir el mundo. Entre el rechazo y la aceptación en las comunidades.
José Israel Ibarra González del COLEF señala que personas como Francisco son de facto ciudadanos norteamericanos, aunque no tengan la nacionalidad. Fueron a la escuela, aprendieron el idioma, crecieron en el mercado laboral de Estados Unidos y absorbieron valores.
En Chicago, Panchito rentó el mismo departamento por 25 años. Allá quedaron bienes, dos automóviles, ropa, pero, sobre todo, una comunidad que lo quería, afirma.
“La gente me aprecia allá. Tengo muchos amigos”, cuenta.
Por eso el especialista habla de la necesidad de una estrategia de reconstrucción de la familia, de la identidad.
Mientras Francisco platica ese sentimiento binacional, su teléfono suena. Es su hermana que vive en Mazatlán, Sinaloa. Quiere confirmar un pedido de camarón que le enviará a Panchito.
-¡5 kilos, carnala!
-¿Cuánto le pediste?
-Ponle 6. Ahorita te llamo, carnala.
Panchito vuelve a la conversación. Asegura que cuando regresó a su barrio se sintió como niño. Miró todo acabado. Mucha gente que ya no estaba, otros que murieron. “Es un volver a empezar”, recalca.
En Estados Unidos contrajo matrimonio con una mujer estadounidense, pero nunca pudo regularizar su estancia. Cuando se divorció, se nulificó todo proceso. Tuvo un hijo fuera del matrimonio con quien tiene poco contacto.
“Ya ha de saber... si le importara poquito”, menciona sobre su único hijo, ciudadano estadounidense. “Alla somos ingratos”, comenta sobre la separación.
Tal vez no sea forzosamente el caso de Francisco, tomando en cuenta el distanciamiento con su hijo, pero la realidad es que muchos mexicanos deportados con años en Estados Unidos eran parte de la primera generación de familias mixtas que tuvieron una segunda generación nacida en aquel país. José Israel Ibarra González explica que la estrategia de Estados Unidos es pegarles a los jefes del hogar que estaban permitiendo que la segunda generación creciera y tuvieran una educación.
“Ahora qué hacen: pegarle al tejido social de las comunidades, obligando a la segunda generación que tienen su ciudadanía, se queden, y se queden estancadas. Están rompiendo el tejido”, comenta el responsable académico del Observatorio de Política Migratoria y Derechos Humanos del COLEF.
En ese sentido, cuestiona qué hará el Servicio Exterior Mexicano para defender y atender a las familias que no tuvieron con quién dejar a sus hijos, que quizá pierdan la custodia.
LOS RIESGOS DE NO TENER ESTRATEGIA
José Israel Ibarra González del COLEF menciona que de no atenderse este fenómeno y desarrollar una estrategia de atención, existen riesgos como la captación de los retornados por el crimen organizado.
“Si hablas de estos perfiles de años en Estados Unidos y los obligas a regresar a Tierra Caliente, a dónde van a llegar, y si no les ayudaste a conseguir empleo, imagina estas personas que pueden ser elementos para reclutarlos, porque tienen habilidades que adquirieron en Estados Unidos como el idioma, o que tienen familiares que pueden ser sujetos de extorsión o secuestro. Porque resulta que los mandaste a sus lugares de origen, pero no hay una estrategia de protección”.
Alberto Xicoténcatl de la Casa del Migrante de Saltillo menciona que el programa mexicano está diseñado para retornar a los connacionales a sus estados, ni siquiera a sus municipios de origen, pero sin que haya un seguimiento.
“Si queremos una correcta inserción social, si queremos comunidades mucho más saludables en términos de convivencia social, política, sí es algo primordial, sobre todo, para que las personas tuvieran un choque cultural menos agresivo”, comenta.
Además, están los perfiles de desplazados forzados internos. Es decir, muchas personas deportadas, dice el especialista el COLEF, fueron desplazadas por la violencia, y llegaron a través de la CBP, la aplicación que eliminó Donald Trump en donde se podían agendar citas de asilo. Estas personas venían huyendo del crimen organizado en sus estados, como Michoacán, Guerrero, Chiapas.
Según estadísticas de la Unidad de Política Migratoria, en 2025 se registraron 14 mil 412 “eventos de devolución” de personas de Chiapas, el estado del país con la mayor cantidad. Le siguieron Guanajuato, Guerrero, Veracruz, Oaxaca y Michoacán, todos territorios con fuertes problemas de narcotráfico. De Coahuila fueron 3 mil 154 eventos. En 2026 la tendencia es similar.
Ibarra González recuerda que muchas personas migrantes comenzaron a huir hace una década, cuando en la presidencia de Biden lograron argumentar el “miedo creíble”, en sus citas migratorias, lo que sirvió para recibir una parole humanitaria, el permiso temporal en el que ciudadanos extranjeros podían permanecer en Estados Unidos por razones urgentes de emergencia.
Sin embargo, al regreso de Trump, a todos ellos los etiquetan de “deportables”.
“Muchas personas que entraron de forma legal. Apenas habían dicho ‘aquí logro sobrevivir’. Ahora con estas deportaciones los están obligando a regresar al lugar de donde estaban huyendo”, comenta el investigador del COLEF.
Añade que se desconoce qué les preguntan a los mexicanos deportados y considera que sería indispensable tener la historia relacionada con la violencia. “¿Cuál es el estudio que les hacen cuando llegan al albergue?”, pregunta.
Francisco González, Panchito, asegura que lo único que le preguntaron al entrar en México fue cómo lo habían tratado las autoridades de Estados Unidos. Le dieron refugio en Matamoros, Tamaulipas, su tarjeta del Bienestar y dos mil pesos que usó para llegar a Torreón en autobús.
UN NUEVO COMIENZO
A cinco meses de su regreso, Francisco se siente libre de que nadie lo busque, que nadie lo critique o lo discrimine. Allá siempre hay discriminación, asegura. El güero es el güero y el moreno el moreno, comenta.
Prefiere escuchar el “bienvenido” en México, al “lárgate” en Estados Unidos.
Tiene ganas de que empiece el béisbol y ver al Unión Laguna, el equipo de Torreón. Allá era fan de los White Sox y los Osos de Chicago en el futbol americano.
Panchito me pasa a su casa que está remodelando. Me presume la televisión de 75 pulgadas que se compró y que asegura nunca tuvo oportunidad de adquirir en Chicago. “Estoy arreglando todo a mi gusto”, platica con orgullo.
Cuando volvió a su barrio le impactó mucho el deterioro, mismo que también alcanzó la casa de su mamá.
“Si me toca vivir dos, tres años, con un día gozarlo a todo lo que da”.
Después me pasa a su cuarto. Dice que en el clóset guarda la ropa -una camisa de vaquero, un chaleco- que llevaba cuando lo detuvieron, misma que quiere que le pongan el día que lo echen a la tierra. “No traía nada, días sin bañarme”, recuerda.
Se trata de un recuerdo que no puede volver a vivir. El día en que sintió que se acababa el mundo.
Panchito vive acostumbrándose a su nueva vida: lava, arregla, barre, limpia, va por gorditas, camina rumbo a Soriana. Sigue activo.
Panchito lo ha entendido así: un día estás arriba, pero no sabes cuándo el avión cae. Por eso su filosofía es sencilla: vivir como si fuera el último día de su vida.
Lo que más le gusta de haber regresado a México, es levantarse y estirar los pies. Allá en Chicago era levantarse y comenzar la friega. Andar en carretera, a pico y pala, recuerda.
En abril vuelvo a visitar a Panchito. Viste una gorra de los Blackhawks, el equipo de hockey de Chicago. Su casa sigue en remodelación. Ya tiene paredes pintadas, pero el trabajo todavía es largo. Las cajas con pisos siguen en la cochera. Su hermana y su sobrina que viven en Mazatlán estuvieron de visita los últimos días. Ella no lo había visto desde hacía 35 años. “Estaba embarazada cuando se fue”, me dice la hermana, Sandra.
Panchito insiste en que buscará por segunda ocasión el perdón para entrar a Estados Unidos. Arreglar un visado y regresar. No busca dinero, sino limpiar su nombre y volver para visitar a sus amigos, su verdadera familia del otro lado de la frontera.
-¿Se imagina ya su vida aquí en Torreón?
-Sí. Esa entrada y saludar a la gente. Apoyar. Lo que viví, no quiero que lo vivan otras personas. Ver amigos de 30 años. Los buenos te buscan, los malos te olvidan.
Panchito no está solo. Tiene a su hermano, su cuñada y su hermana. “Allá quieres oír tu sangre”, asegura.
Reconoce que está triste, pero confiando en Dios, en la terapia y en pensar que tiene que vivir el día a día.
“Si allá comías burgers, aquí comes gorditas. De todos modos, comes”, reflexiona.
Le gustaría que algún abogado lleve su caso. Su objetivo es limpiar su nombre, ningún otro.
Panchito quiere sacar lo bueno y malo de su experiencia. Por eso se ha empeñado en comprar cosas para la casa que está remodelando. Amueblarla a su gusto y dejarla como alguna vez la tuvo mamá hace más de tres décadas, antes de que migrara.
Panchito quiere estar en paz. No quiere problemas.
Se siente a gusto de regreso en su tierra. Quiere sonreírle a la vida. Muchas veces se ha caído y muchas veces se ha levantado, refiere.
“Así es la historia de Panchito”, dice Panchito.
