Agencias
En estas historias predomina la tristeza, son de terror del conflicto en sí
En Bagdad en mayo de 2003, en medio del caos, el temor y la esperanza (es fácil olvidar cuánta esperanza había en aquellas primeras semanas cuando los estadounidenses y los iraquíes empezaron a conocerse cara a cara después de años de tiranía y guerra), Jimmy y Lena fueron de los primeros en enamorarse. Él era un oficial de carrera en el Ejército de Estados Unidos -capitán James Michael Aheam de Concord, California, ganador de dos Estrellas de Bronce, veterano de giras en Corea, Kuwait y Arabia Saudita. Ella era de una familia de clase media en Bagdad que había visto días mejores. Su madre era divorciada, su hermano y cuatro hermanas se esforzaban para guardar las apariencias cuando los soldados estadounidenses tiraron la estatua de Saddam de su pedestal y pusieron al mundo de cabeza.

"Sabes, eres una dama realmente preciosa". Jimmy le dijo a Lena el primer día que se conocieron, cortejándola con la gentileza franca y sincera que los estadounidenses habían conocido en aquellos días de Gary Cooper y Clark Gable. Él llevaba alimentos para la familia y comía con ellos cuando le era posible. Él apercibió a los vecinos que retaban a la familia Ghader aseverando que Saddam les había confiscado una casa.

Lena tenía 27 años y Jimmy 39. Sin embargo, tales diferencias de edad son comunes entre las parejas iraquíes, y él era alto y atractivo -Lena aún comenta sobre sus ojos azules- y él además era muy amable.

Ellos se habían conocido lo suficiente en un mes, menos tiempo del que había tomado para Estados Unidos conquistar Irak, cuando le pidió que se casara con él. Luego al mes siguiente él se había ido, de regreso a los Estados Unidos. Entonces, cuando terminó el proceso de visa, pasó un año antes de que Lena finalmente aterrizara en Estados Unidos. En enero de 2006, Jimmy y Lena tuvieron una niña. Ellos la llamaron Khadijah (como la primera hija del Profeta Muhammad). La bebita sonreía como el futuro soñado por sus padres.

Inevitable `fraternizar'

Dichos romances han sido parte del estilo estadounidense de guerra por tanto tiempo como nadie que esté vivo puede recordar. En la década de 1940, en cualquier parte donde fueran desplegadas tropas estadounidenses, ya sea ente los aliados resolutos o los enemigos recientemente conquistados, e independientemente de la cultura, idioma, religión o los mejores esfuerzos de la jerarquía militar para evitar "fraternizar", soldados y mujeres vecinas se casaron.

"Novias de la Guerra" (y un puñado de novios) llegaron a los Estados Unidos procedentes de Gran Bretaña y Australia, Italia, Francia y finalmente de Alemania y Japón. Sus historias eran temas de comicidad ("I Was a Male War Bride" con Cary Grant) y de tragedia ("Sayonara" de James Michener, acerca de un amor fracasado en el ocupado Japón a principios de la década de 1950).

Un estimado razonable del número total se aproxima a un millón en 50 países diferentes. Ciertamente hubo cientos de miles. Las novias de la Guerra de Japón, las Filipinas, China y Corea, por ejemplo, aumentaron la población de aquellos países en los Estados Unidos aproximadamente un 20 por ciento en sólo 17 años desde 1947 hasta 1964. Para la década de 1970, miles más de esposas habían sido traídas a tierras estadounidenses procedentes de Vietnam y, tristemente, como Miss Saigón, muchos otros miembros de la pareja fueron dejados atrás.

Lo que es sorprendente acerca de la guerra de Irak no son esas parejas que se conocieron, se enamoraron y terminaron exitosamente como Jimmy y Lena al casarse. Es que muy pocos de ellos tienen registros del Departamento de Gobierno que muestren que después de más de cuatro años de ocupación, solamente aproximadamente han sido otorgadas 2 mil 400 visas a esposas iraquíes y francesas. Muchos de ellos pueden ser matrimonios iraquí-estadounidenses. (Tampoco el departamento de Gobierno ni el Pentágono proporciona las cifras en detalle).

Entre el resto -varios cientos- las pocas historias de amor entre soldados estadounidenses y civiles iraquíes que tienen finales felices son los que tienen una gran paciencia, así como la enorme pasión necesaria para brincar las barreras del idioma e historia, política, religión, insurgencia y, sí, terror.

Muchos de las iraquíes entrevistados para esta historia pidieron que solamente parte de sus nombres o de sus diminutivos sean usados para identificarlos, temiendo que sus familias que siguen en Irak o viven como refugiados puedan ser localizados. Aquellas parejas viviendo en Bagdad están aún más temerosas. Cada uno de ellos ha visto los enfrentamientos de civilizaciones muy de cerca y de manera personal.

Esta no es sólo una clase diferente de guerra, es también una clase diferente de militares estadounidenses que existió hace 40 ó 50 años -una que puede platicar al respecto comprometiendo corazones y mente, pero que gasta muchos de sus recursos tratando de mantenerlos a distancia.

Las demandas insistentes de "fuerza de protección" y la insidiosa eficiencia de las bombas de los insurgentes y trampas gaznápiras han aislado a los soldados estadounidenses de la población. Podemos no lamentar la falta de bares, salones de baile y casas de citas para los soldados de ahora. Pero en Irak difícilmente hay algún contacto humano en todo eso que no sea a punta de pistola.

Los finales tristes

En 2003 y a principios de 2004, cuando muchas de esas historias de amor empezaron, las iraquíes y los estadounidenses podían relatar como la gente lo hace en todas partes, mirarse uno al otro a los ojos, agitar las manos, algunas veces estrecharlas. Ahora, con más frecuencia, ellos están separados por muros de ráfagas o cubiertas de cristal más grueso que el tanque del tiburón de "Mundo Marino". En ese sentido, también, el número disminuido de parejas que vencen los problemas para estar juntos narra la historia triste y de tortura que los estadounidenses sufren en Irak.

Ahíes, primero, tema de historia. Ningún evento en el Medio Oriente, ninguna relación, nunca empieza en el presente. Siempre en el pasado. En Irak, eso es una larga crónica de conflicto que ha formado las necesidades y expectativas de la gente iraquí.

El marido de Lena, Jimmy Aheam, fue desplegado de nuevo a Irak a principios de este año, con una unidad de asuntos civiles. Su empleo era tratar de llegar a la población local que él había llegado a conocer y respetar, conocer sus necesidades, ofrecer ayuda si era posible. Como esposo de una iraquí y un converso al Islam, él creía que estaba en una mejor posición que la mayoría de los soldados estadounidenses para hacer el trabajo.

Jimmy y su esposa Lena hablaban por teléfono o se enviaban correos electrónicos casi a diario. El 3 de julio, la víspera de su tercer aniversario, él escribió a su padre que había visto algunos fuegos artificiales de la víspera de la celebración del 4 de julio, cuando una bomba pasó muy cerca de su camioneta, "pero estoy bien... Ojalá mañana sea un día más tranquilo". Y así lo fue. Entonces, el 5 de julio, no hubo llamadas telefónicas, ni correos electrónicos, ni mensajes de texto. En su camino para platicar con un grupo de iraquíes, la camioneta de Jimmy fue alcanzada por otra bomba a la orilla de la carretera.

El 25 de julio, el mayor James Michael Aheam fue sepultado en el cementerio de Arlington. Más de 300 personas se unieron al duelo. Lena, la novia de la guerra se había convertido en una viuda de la guerra sin final, vio que en la tradición del Islam Jimmy fue purificado y sepultado con un Corán a su lado. El mes pasado ella empacó sus cosas de su hogar que habían hecho juntos cerca de Fort Bragg, Carolina del Norte, y se mudó a Texas para estar más cerca de su hermana Mariam. Cuando Lena puso las fotografías de Jimmy en cajas, su pequeña hija le llamó "Baba", papá en español, siempre que veía su cara.