La gente en el mundo parece leer menos páginas.

La nueva generación tiene mucha lectura de pantalla. Información y conocimiento se ha desprendido del papel y se han aposentado en sitios de internet, en redes y aplicaciones. Hay un océano de datos con acceso inmediato. La telefonía celular ha ido multiplicando las pistas y los canales que llevan a los almacenamientos de respuestas disponibles.

Va siendo menos frecuente el proceso de libro abierto y ojos que recorren letras impresas mientras los dedos voltean páginas y la mente articula sin voz, en el silencio interior, las palabras y la imaginación despliegan su íntima pantalla.

La imagen cada vez más vívida, con gran definición, hace de cada pantalla una ventana abierta al pasado, al presente y a lo intemporal. Las audiovisualidades, tecnologizadas con maestría creciente, editan en forma torrencial los videos. El lector se convierte en espectador. La información se hace vivencial. Se memoriza lo captado como experiencia. 

Prefiere la juventud un documental filmado con genialidad que enfrentar con la mirada las negras líneas paralelas e inmóviles de las 28 letras combinadas para formar las frases y los párrafos, como enjambre de insectos hormigueando en arenas desérticas.

Lo virtual parece no ocupar espacio. La biblioteca situada en la estantería que cubre toda una pared habitacional cabe en el dispositivo que un universitario lleva en su bolsillo. Un interminable desfile de imágenes es recibido como juegos, fotos, chateo, cine, coreografías, conciertos, noticias, cultura y hasta instrumentos útiles como lámpara, reloj, brújula y, claro, cámara de fotografía y filmación.

La crisis de vocabulario se acentúa por falta de contacto con una literatura clásica. Las palabras se van quedando almacenadas en el diccionario. El arte de la conversación se va devaluando. Se requerirán atractivas ediciones de bajo precio. Lugares cómodos y modernizados que inviten a pasar ahí un tiempo de lectura de páginas en un silencio acogedor.

La gente del próximo futuro podrá recibir educación equilibrada que haga la trenza de lo auditivo con imagen y graficaciones. Letra, música e imagen tendrán su dosis en libros y pantallas, en conciertos y grabaciones, en lectura tradicional y en audiovisualidades cada vez más perfeccionadas.

Se recomienda la lectura como si se tratara de una carrera de cantidades. Hay en verdad mucha basura impresa, mucha hojarasca prescindible. Cada libro es una inversión de tiempo vital. Lo recomendable es la capacidad selectiva con gran discernimiento. No cantidad sino calidad. No lo más que pueda uno, lo mejor para tu persona y tu misión.

Quizá los libros del próximo futuro encuentren la convergencia de las redacciones con las animaciones, con páginas sí, pero dinamizadas con los recursos de una tecnología salpicada de sonidos e imágenes. O la pantalla telefónica o de tableta hará obsoleta la página encuadernada...