Finalmente, después de un larguísimo periodo de transición que estuvo marcado por acciones que se asemejaban más a las de un gobierno en funciones que a las de un gobierno electo, el pasado sábado se llevó a cabo la ceremonia de toma de protesta del presidente Andrés Manuel López Obrador, en condiciones totalmente distintas a las de ocasiones anteriores. El panorama político que rodea a esta toma de posesión es radicalmente diferente al que vivía el país hace seis, doce o dieciocho años. Por primera vez desde que en México se llevan a cabo elecciones democráticas, el Presidente de la República no podrá alegar falta de apoyo del Poder Legislativo a sus políticas. La gobernabilidad ha quedado asegurada con el respaldo mayoritario de ambas Cámaras del Congreso, de más de la mitad de las legislaturas locales y, lo más importante, el respaldo ciudadano como no se había visto en nuestra historia: más de treinta millones de ciudadanos le dieron su voto (53% de quienes acudieron a las urnas), que son su mayor fuerza para emprender los cambios que a lo largo de la campaña comprometió. Se pueden hacer muchas conjeturas del porqué de un triunfo tan apabullante de López Obrador, pero lo cierto es que la sociedad apostó por un cambio radical del cómo se venían haciendo las cosas en la política mexicana.

Como reflejo del resultado electoral, también las expectativas de la ciudadanía se encuentran en su máxima expresión. El gobierno tendrá que encontrar soluciones rápidas a los graves problemas que padecemos para que la esperanza de la gente no se diluya rápidamente. De las transformaciones de fondo que necesita México, hay tres temas que estarán siempre muy presentes.

El primero de ellos es el de la seguridad. En México nos gusta pensar que los problemas nacionales pueden resolverse simplemente con actos de voluntad de los gobernantes. Sin embargo, la crisis en materia de seguridad es tan dramática que pone en riesgo nuestra viabilidad como nación. Es urgente abatir los altos índices de violencia e inseguridad. La administración entrante ha optado por crear la Guardia Nacional. Por el bien de todos, que pronto se obtengan los resultados esperados.

El segundo tema tiene que ver con abatir los altos niveles de corrupción e impunidad, sin duda, uno de los principales problemas de México. El reto es mayúsculo: erradicar las prácticas que debilitan el funcionamiento de la sociedad en su conjunto y, en especial, de nuestras instituciones de gobierno, hoy con un enorme descrédito en el ámbito internacional.

Finalmente, el tercer tema tiene que ver con el crecimiento económico. Si bien es cierto que las últimas administraciones han hecho esfuerzos por construir una economía sólida y que tenemos estabilidad y bajos niveles de inflación, también es cierto que en los últimos cinco sexenios, nuestra economía sólo ha crecido en promedio al 2% anual, y que una franja muy importante de la población sigue viviendo en pobreza y, por si fuera poco, con desigualdad en aumento. El Presidente ha prometido que la economía crecerá al 4% desde el primer año de su gobierno pero esto no será fácil, la realidad internacional sigue imponiendo enormes desafíos a nuestro país. Para iniciar una etapa de crecimiento acelerado habrá que mejorar nuestra competitividad y ofrecer perspectivas más sólidas a futuro que permitan atraer mayores inversiones. Por desgracia, decisiones como la cancelación del aeropuerto de Texcoco no abonan en ese propósito.

En suma, México tiene ante sí una nueva oportunidad que la administración entrante deberá enfrentar no sólo con determinación y visión de futuro, sino también con voluntad democrática. Las condiciones con que inicia son favorables para hacer los cambios y reformas que la realidad nacional exige para dar justa respuesta a las demandas de la ciudadanía.

@jglezmorfin