Tener memoria es sumamente relevante a nivel individual y colectivo. Pero aún más relevante es rememorar los hechos históricos en los momentos precisos, es decir, cuando sirven para contrastar y juzgar con mejor perspectiva los dichos y, sobre todo, los hechos de quienes nos gobiernan.

Cuando se lleva a cabo tal ejercicio está en juego no solamente la congruencia de quien ostenta el poder, sino acaso el futuro colectivo. Y esto es así porque no todos los hechos históricos tienen el mismo peso y algunos de ellos constituyen claras bifurcaciones en el tránsito común.

El señalamiento es pertinente a propósito de la información difundida en la semana y según la cual el aún gobernador de Tamaulipas, Francisco Javier García Cabeza de Vaca, ha sido etiquetado como prófugo de la justicia mexicana, tras librarse una orden de aprehensión en su contra por parte de un juez federal.

La trama, es evidente, obedece al capricho de “ya saben quien”. Su juicio divino ha condenado ya al mandatario opositor y por ello ha exigido a sus esbirros le lleven el trofeo esperado de esta cacería electoral: la fotografía de Cabeza de Vaca esposado y/o detrás de los barrotes de una celda.

El coro anencéfalo de la feligresía pejelagartiana aullará de inmediato acusando al redactor de “defender a los corruptos del pasado”, o de haber perdido algún privilegio. No es así y me explico:

¿Es responsable Cabeza de Vaca de las imputaciones formuladas en su contra por la muy “autónoma” Fiscalía de Alejandro Gertz Manero? No lo sé porque no he leído el expediente y entonces no puedo emitir un juicio respecto del mismo. Pero justamente por eso, y como debe ocurrir con cualquier persona en un país democrático, al mandatario debe presumírsele inocente mientras no se pruebe lo contrario en un tribunal.

Peeeeeeeeero… si vives bajo el régimen de una transformación de cuarta y los juicios apegados a criterios constitucionales y legales han sido sustituidos por misas tempraneras en las cuales el sumo pontífice oficia de fiscal, policía, juez y verdugo… bueno: en ese caso la presunción de inocencia es una bonita metáfora con la cual puedes hacer un avioncito o prender el bóiler.

Justo es decirlo: el ser perseguido -o no- por la justicia -o como se le llame a la actividad de la Fiscalía y los juzgados en el contexto de un régimen como el de la T4- pasa también por el cumplimiento de un requisito estricto: el de la actividad desempeñada por el sujeto imputado.

Cualquier lector distraído saltará de inmediato a la palestra para espetar a voz en cuello: “¡pues claro!: si te dedicas a una actividad ilegal, en cualquier régimen te va a perseguir la justicia”.

Pues sí… pero pues no. Y aquí es donde conviene recurrir al archivo histórico para recuperar un hecho de todos conocido, el cual ha dejado ya una muesca indeleble en la piel de este gobierno: el famoso “culiacanazo” del 17 de octubre de 2019.

En aquella fecha, todo mundo lo recuerda, el Comandante Supremo de las fuerzas armadas de México ordenó dejar en libertad a un presunto delincuente, un presunto narcotraficante, el hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán, cuando ya se le tenía bajo custodia por parte de elementos del ejército y de la Policía Federal, en cumplimiento de órdenes recibidas en ese sentido.

Pero no solamente se le dejó en libertad en aquella ocasión a partir de la confesada orden presidencial. Desde entonces -ha pasado más de un año y medio- ninguna autoridad mexicana ha osado incomodar a Ovidio Guzmán ni con el pétalo de una investigación.

En contraste, desde el púlpito de la misa tempranera, el sumo pontífice de la T4 ordenó perseguir sin contemplaciones al todavía gobernador de Tamaulipas, Francisco Javier García Cabeza de Vaca, a quien hoy se ha colocado -artificialmente en la opinión de constitucionalistas serios- en el papel de prófugo de la justicia y ya se prepara un operativo para arrestarle.

Según la información conocida, quienes ejecutan las órdenes presidenciales no descartan incluso la participación del ejército para concretar la aprehensión del mandatario, ante la posibilidad de resistencia por parte de aquel.

¿Le parece a usted eso un acto de incongruencia? ¿Le parece prueba del doble rasero con el cual desde la Presidencia de la República se juzgan los hechos cotidianos y se “imparte” justicia?

Personalmente no lo creo.

Nadie, en mi opinión, puede llamarse a sorpresa o decepción por lo ocurrido en este episodio, porque se trata de un pasaje absolutamente congruente de un gobierno cuyo faro es el pensamiento juarista.

La aparente incoherencia del discurso presidencial en realidad representa uno de los más prístinos ejemplos de su apego a una las máximas del oriundo de Guelatao: “para los narcos, justicia y gracia; para los enemigos políticos, justicia a secas…”.

¿O cómo iba?

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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