En un contexto de guerra comercial arancelaria generada por el gobierno de los Estados Unidos, escenario que en sí mismo cuestiona la globalización, es conveniente hacer un breve recuento histórico.

Al concluir la segunda guerra mundial se hizo necesaria la reconstrucción de Europa occidental y Japón, porque además de la devastación física en la infraestructura urbana también se debió reconstruir la infraestructura productiva y rehabilitar y reinstalar la planta industrial. Como potencia capitalista triunfante la estrategia de Estados Unidos fue el Plan Marshal (1948-1951). En los hechos dicha reconstrucción constituyó una especie de proteccionismo puesto que primero se pretendió abastecer los mercados locales y posteriormente el intercambio entre países.

Por su parte el mundo subdesarrollado aprovechó la coyuntura para fortalecer e impulsar la actividad industrial con políticas de orientación económica y proteccionismo: aranceles, cuotas de importación, recursos naturales disponibles para la industria local y apoyos financieros estatales. Esta estrategia mundial generó una etapa de crecimiento económico en los países subdesarrollados no socialistas, como México con la estrategia de “sustitución de importaciones” que resultó en alrededor de 6% de crecimiento promedio en las décadas de los cincuentas y sesentas del siglo pasado.

El desarrollo histórico del sistema capitalista se sustenta en la competitividad, que implica innovación en procesos y mercancías, con costos óptimos para precios adecuados que garanticen el reembolso de la inversión y margen de ganancia, pero también no sobre ofertar los mercados. Con el avance de la ciencia, y en gran medida su aplicación en conflictos bélicos sobre todo en la gran guerra, estas estrategias en los países industrializados, en sólo treinta años (1950-1980), lograron primero abastecer plenamente sus propios mercados y segundo, no menos importante, generar excedentes de capital o financieros. 

Si el capital se encierra en sus espacios se genera sobre producción con caída de precios, pero también exceso de liquidez por los excedentes ya que éstos deben colocarse en crédito a través de las transacciones bancarias ahorro-crédito. Ante esta situación económica que se presentó en los países desarrollados en la década de los setentas se hizo necesario extender el capital allende sus fronteras, para contener las distorsiones económicas inflacionarias y de elevación de las tasas de interés (de 15% promedio) que podrían implicar reducción del crecimiento local e internacional; asimismo se requirió colocar inversiones en áreas de menores costos de producción, sobre todo salariales, para precios competitivos en el mercado internacional.

Inicialmente lo anterior se hizo posible a través de la reducción de exportaciones de los países subdesarrollados a los países centrales con la reducción de precios de materias primas, pero también con el incremento de tasas de interés de créditos internacionales, así se presentó la crisis de la deuda externa sobre todo en América Latina –no sin errores en la conducción de las finanzas públicas (ingreso-gasto) de los gobiernos latinoamericanos, entre éstos 
México–.

Así, para renegociar la deuda externa, en los ochentas el Fondo Monetario Internacional intervino efectivamente como interlocutor entre los países deudores y la banca internacional, con “Cartas de Intención” cuyas cláusulas incluyeron, entre otras, reducción y control del gasto público, desregulación económica, liquidación o privatización de empresas públicas, privatización de recursos naturales contención salarial y reducción de aranceles a importaciones.

Con la imposición política del modelo de liberalización financiera, apertura comercial y desregulación de la economía productiva –modelo neoliberal–, se operó en el mundo la necesaria expansión progresiva del capital a escala mundial y sin restricciones, así la globalización económica fue y es un hecho en el desarrollo histórico del sistema capitalista.

Por la necesidad de generar empleo, la globalización generó poco margen de maniobra económica en países periféricos, pero también dependencia mutua entre desarrollados y subdesarrollados, porque la búsqueda de espacios de inversión con salarios reducidos generó desempleo, caída de salarios, debilidad del mercado, graves problemas sociales y populismos de extrema derecha en Europa y Norteamérica, además de la continua migración masiva.  

Por eso hoy entre países no debe haber imposición, sino negociación, de ida y vuelta, para encontrar beneficios mutuos y acordar fórmulas de equilibrio tanto para la apertura de inversión y comercialización con menos aranceles, pero también elevar el ingreso agregado de todas las poblaciones para fortalecer los mercados. Si bien la globalización económica no tiene reversa, ahora debe ser replanteada, el modelo económico debe modificarse.