El momento que vivimos indica que hemos llegado a una saturación en la era del hiperconsumo, tenemos casi seis décadas de alimentar esa ansia, esa voracidad, esa zozobra de comprar y gastar sin freno, acumular, acumular y muchísimas veces sin necesidad ni resultados. 

La pregunta que los filósofos se plantean  ahora es si el consumo satisface las necesidades más profundas del ser humano o si más bien es una creación, un estímulo de la mercadotecnia, un elemento necesario del capitalismo en esta era. Estimo que el hiperconsumo finalmente crea vacíos, “quiero más y más”.

Lo importante es que asistimos a una época de desconsumo, quizá poco perceptible todavía, pero que ya se extiende de forma personal, pero también mediante organizaciones sociales, formas que persiguen adoptar reglas para no caer en el delirio del consumo. No hace todavía dos meses transitamos por “El Buen Fin”, descuentos atractivos; pero mucha gente, entre las que me encuentro, se niega a caer en esa trampa de consumir por consumir porque como decía Facundo Cabral, “ligero de equipaje, no necesito nada”. 

Cierto, el rechazo al hiperconsumo es un movimiento todavía limitado que se presenta esencialmente en los países de alto desarrollo económico en los que, por ejemplo, el consumo de carne roja, de leche y productos lácteos disminuye. ¿Por qué? Porque ya conocen los efectos nocivos para la sustentabilidad del medio ambiente, de manera que, por decisión de los consumidores, éstos reorientan su consumo hacia una vía más frugal, ética o mesurada con el objetivo de cuidarse y cuidar al planeta, evitar los productos que pueden ser nocivos para la salud y evadir la locura de la moda que cambia cada dos meses e impone o recicla lo mismo; de manera que ya es usual comprar ropa que son saldos de las grandes tiendas o usada en buenas condiciones, lo cual marca una tendencia hacia una desintoxicación del consumismo.

La mercadotecnia opera el consumo, es su función, nada es casual, de manera que te estimula para que tú compres 20 o 50 pares de zapatos, 30 blusas o camisas, 40 pantalones rotos y la mejor ropa roja íntima para el año nuevo... tonterías.

La industria manipula las conciencias, es un sistema que crea energía, mucha gente, compra y compra y se satura de pastillas, cremas y productos de higiene. Como señal de opulencia la gente se entierra en productos que luego no sabe ni para qué le sirven, es una locura, no es sano, hay que desprenderse, desechar. 

Acabamos de pasar la etapa de las fiestas en las que consumimos y produjimos megatoneladas de desperdicios de todo tipo, aunque cada mes hay más gente que sostiene que la abundancia está en tener menos, porque lo mejor de la vida no son las cosas. 

El mercado es un tirano que nos impone los vicios del hiperconsumo promovido por los ayatolas de la mercadotecnia, por eso el consumo minimalista es una tendencia que avanza y a la que nos podemos unir para vivir mejor y sólo con lo necesario para ayudar a la sobrevivencia del planeta y asegurar la de la humanidad. 

La desintoxicación consumista es un descanso para el espíritu y para la convivencia pacífica, ya no hay que competir ferozmente por tener más que el vecino o el compañero de trabajo; cambiar las actitudes, adquirir conciencia de que debemos dejar de ser depredadores, adquirir posturas bonancibles hacia todo nuestro entorno y hacia el medio ambiente combatiendo el capitalismo depredador que nos atrapa. Para ello, el desconsumismo es una tendencia que por fortuna se propaga, lentamente, pero va llegando a la conciencia colectiva, hagamos que en este 2019 crezca, es un espléndido propósito.