Ilustración: Esmirna Barrera

Un virus desconocido que surgió en un laboratorio chino ha puesto a la humanidad de rodillas. A pesar del enorme desarrollo de la ciencia y el poderío europeo pudimos ver que algunos de sus países fueron superados por el fenómeno. En general, en un año perdieron un millón de personas. Y la llegada del virus a América ha dado como resultado algo parecido: entre Estados Unidos, Brasil y México sobrepasamos el millón, al que deberán sumarse los decesos de peruanos, colombianos y otros. La enfermedad ha dislocado a México. Los que han sido víctimas y sobrevivido son demasiados; los muertos pasan de 200 mil, cifra en sí aterradora. En el País (me parece que a diferencia de Europa) han fallecido demasiados jóvenes. Algunos tuvieron la suerte de pasar por el padecimiento sin demasiadas consecuencias, otros por un proceso sumamente doloroso.

Me puse a recordar lo que ha sucedido en un año. El 23 de marzo de 2020 estaba impartiendo mi clase de Hermenéutica cuando se presentó el secretario administrativo y me dijo que debía abandonar la lección y el edificio mismo. Le pedí que me dejase terminar. Me explicó que por órdenes superiores todos los mayores de 60 años deberíamos retirarnos. Ahí empezó un proceso que desconocíamos cuándo terminaría.

Revisé mis artículos publicados en VANGUARDIA y me extrañó lo escrito en el primer mes de pandemia, en el tercero, en el sexto y siguientes. Puedo ver que las ideas acerca de ese fatídico elemento, un virus desconocido, fueron transformándose al paso del tiempo. Escribí el 29 de marzo el texto “Entre encierro y soledad”; para abril publiqué “¿Aprender del retiro?”. Siguió “Reacciones a la pandemia” y, en mayo “El virus comentado”. En uno más expuse unos casos de epidemias en la Europa medieval y en América durante las conquistas española e inglesa.

Así que contamos ya con una experiencia que parece estar cerca de su fin, aunque tampoco estamos seguros. ¿Qué es lo que sigue? La economía dejará sentir sus penurias. Se dice que habrá recuperación, pero no sabemos cómo ni cuánto tiempo tome, ni los sacrificios suplementarios que implique. Se han cerrado miles de negocios y México ha gastado cantidades de dólares inimaginables debido a la pandemia, primero, y al costo de las vacunas, en seguida. La pandemia ha estimulado las ideas de los partidos políticos hasta al vómito: sus miembros la utilizan como macana.

Lo que ignoramos es el significado de la cancelación de clases presenciales para ser suplidas por virtuales. ¿Avanzaron los estudiantes o desperdiciaron un año en la apropiación de conocimientos? Difícil saberlo ahora mismo, pero es seguro que la pérdida será enorme, aun cuando no son pocos los maestros que creen haber superado la problemática. Las clases impartidas por televisión pueden haber servido a miles de niños, pero es indudable que otros han perdido un año en su formación. Y es una gran pena.

Un subproducto del coronavirus es ingrato. El encierro, la dependencia de la televisión, los rumores, tantas interpretaciones y diversos elementos han propiciado el maltrato intrafamiliar. Aumentaron las agresiones físicas (golpes y heridas), los abusos sexuales, los debates conyugales. Y debe señalarse el aumento de los homicidios y, en especial, de los feminicidios.

La depresión ha llegado a personas que la desconocían por completo y la ha reforzado entre los que ya la padecían. Poca o ninguna práctica teníamos de sobrellevar una semana de encierro, menos un mes y, obviamente, podríamos afirmar que nadie, o casi, ha vivido un año de soledad o de incapacidad para llevar una existencia normal (ir de visita, salir de paseo, compartir…). Esta oportunidad pudo ser positiva. Pensar, por ejemplo, que era la coyuntura para leer, escribir, pensar y hacer ejercicio. Sin embargo, no parece haber sido la experiencia dominante entre mexicanos.

Aun si pudimos sobrellevar algunos aspectos, otros fallaron. Puedo decir que he leído mucho este año, pero he echado de menos la oportunidad de discutir con alguien mis ideas sobre temas y autores o de conversar con los alumnos. Es de mínima honestidad reconocer que los demás nos han hecho una falta enorme.