Foto: Archivo

Yo creía, en mi vasta ignorancia, que ser bombero era como cualquier cosa, como sentarse en una silla a esperar o echarse a dormir en la cama hasta que suene la alarma de incendio,

Y la verdad es que para ser bombero se necesita más que sangre fría y una manguera gruesa y larga.

No es albur, que conste.

Lo supe el día que estuve a entrevistar a los apagafuegos de la Estación Norte, ya hace algunos años.  

Cuando le pregunté a un joven bombero que si no le tenía miedo a la muerte y me dijo que no.

“Cuando eres bombero ni te preocupas por eso, porque ni cuenta te vas dar cuando te llegue”, respondió el muchacho.

Y me contó de la explosión de un tanque de gas en la que uno de sus compañeros se había salvado de milagro tras el flamazo.

El compañero aquel había salido corriendo despavorido de la casa del sinestro, con los pelos parados, la cara negra de chamuscada y el susto en las pupilas.

Los que estaban afuera se acercaron a socorrerlo y entonces él, todavía sofocado, profirió estas palabras:

“Ni tengan miedo de la muerte cuando estén de servicio, porque ni cuenta se van a dar de que llega”.

Esta historia me la contó mi hermano Narciso Peña, bombero por vocación, hombre de carácter, pero de entrega incondicional e infinita cuando se trata de dar la vida por la gente que no conoce y por la que conoce también.

Yo pensaba que ser bombero era como cualquier cosa, pero mi hermano me ha enseñado que no, que hace falta más que simplemente enfrentarse de cara con la muerte. 

Después comprendí por qué es que todos los nenes quieren ser bomberos, por qué es que a los bomberos, a diferencia de los policías, todo mundo los quiere.

Y yo me cuento entre ese mundo.

Bombero, bombero, yo quiero ser bombero…