Para Río de janeiro y Brasil, los juegos olímpicos fueron un ‘mal negocio’ porque los ingresos obtenidos no se corresponden con los egresos

Ayer concluyeron los trigésimo primeros Juegos Olímpicos de la era moderna celebrados en la ciudad brasileña de Río de Janeiro. Más de 11 mil 500 atletas, de 206 países del mundo, disputaron durante 17 días las medallas de 28 especialidades deportivas y, como suele ocurrir en éste, el evento más importante del mundo, los sucesos olímpicos dieron origen a multitud de historias individuales gloriosas, pero también a una buena dosis de anécdotas para el olvido.

El balance es agridulce e invita a reflexionar si, a poco más de un siglo que el ideal con el cual Pierre de Coubertin convenció al mundo de reeditar las competiciones helénicas, sigue vivo o ha ingresado en un franco proceso de deterioro.

Y es que en un planeta en el cual la economía de mercado todo lo envuelve, el olimpismo parece incapaz de escapar a los apetitos económicos. La mercantilización de la mayor justa deportiva de verano, parece bastante claro, está comenzando a cobrar una factura muy alta a una idea que, a lo largo de 120 años, ha logrado para la humanidad cosas que ni la política, ni la diplomacia, mucho menos la fuerza, han podido conseguir.

Río de Janeiro parece evidenciar claramente la brecha que separa a las ciudades –y a los países– que “pueden” organizar unos Juegos Olímpicos, de aquellos que “no deberían” proponerse una empresa de tal envergadura: su capacidad para concebir –y “vender” – el evento como un negocio de proporciones globales.

Sin duda afectada por la crisis política que vive Brasil, cuya Presidenta vive entre la amenaza del desafuero y la esperanza de medidas cautelares a su favor por parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el mayor evento deportivo de Río arrojó un saldo negativo para dicha ciudad desde antes de iniciar.

Porque, aun cuando en general el comité organizador cumplió con tener las instalaciones para la realización de las 306 pruebas deportivas realizadas, la calidad de algunas instalaciones quedó a deber y una parte de la infraestructura originalmente ofrecida simplemente no se construyó. Pese a ello, la ciudad –y Brasil con ella– terminaron con un saldo negativo porque los ingresos obtenidos no se corresponden con los egresos.

Para los brasileños fueron “un mal negocio” los Juegos Olímpicos y ello implica que, en adelante, los países de las denominadas “economías emergentes” –ya no digamos los subdesarrollados– tendrían que pensárselo mejor antes de levantar la mano para solicitar la sede de un evento que pareciera haber sido “rediseñado” por el mercado para convertirse en un producto de lujo.

La mayor justa deportiva internacional constituye uno de los símbolos más importantes de nuestra civilidad, de eso que nos hace humanos y por ello tendríamos que verlos, todos, como un patrimonio colectivo que debe servir para impulsar la construcción de sociedades justas e igualitarias.

Al paso que vamos, por desgracia, pareciera que el futuro de los Juegos Olímpicos se encuentra en la orilla opuesta.