El 15 de mayo de 1911, un grupo de maderistas laguneros mató a 303 chinos en Torreón en lo que se conoce como “La matanza de chinos”. Noventa y nueve años después, el 15 de mayo de 2010, un grupo de pistoleros llegó hasta el bar Juanas VIP de la ciudad y disparó contra la gente a quemarropa. Mataron a ocho e hirieron a 25.

Un 15 de mayo. Una fecha, dos matanzas. ¿Lo recordamos? ¿Existe memoria de esos acontecimientos?

Hay similitudes. La matanza de chinos comenzó cuando arribaron los revolucionarios a tomar Torreón. Iniciaron en la madrugada (5 de la mañana). El contingente era tan grande (unos 2 mil maderistas laguneros) que las fuerzas federales decidieron tomar el tren y huir. Sin estado de derecho, sin fuerzas de seguridad, los revolucionarios saquearon tiendas y decidieron matar a los chinos laguneros, a los suyos. Lo hicieron con saña, con sevicia.

Noventa y nueve años después, también de madrugada (una de la mañana), delincuentes que estaban presos en el penal de Gómez Palacio, Durango, salieron con permiso de la directora y llegaron a matar a jóvenes laguneros, a los suyos. Lo hicieron también con saña, con sevicia. Tampoco hubo estado de derecho, sin fuerzas de seguridad que lo evitaran.

En Torreón no hay nada que nos haga recordar estas fechas. No hay memoria. Existen relatos, testimonios, investigaciones históricas, crónicas, pero algo propio de la ciudad, algo propio de la sociedad, no existe. No se han hecho suyas. Por el contrario, la matanza de chinos fue algo, según el historiador Carlos Castañón, que la misma sociedad lagunera trató de ocultar, de guardar silencio, un “silencio cómplice”, lo llama. La masacre de las Juanas VIP, como otros ataques, encarceló de miedo a la sociedad.

No hay memoriales de los chinos laguneros asesinados, no hay memoriales de los ocho jóvenes laguneros asesinados. No hay vigilias que conmemoren las matanzas. No hay reuniones anuales para recordar las tragedias. No hay ofrendas anuales para perpetuar lo que nunca debió suceder.

En Argentina, los centros de detención donde fueron torturados y desaparecidos miles de opositores son preservados ahora como espacios de memoria. En Torreón en cambio hasta la escultura de El Hortelano, que se le hizo alguna vez en homenaje a la comunidad china, tuvo que ser retirada porque era víctima de vandalismo y robo. Y donde era el bar Juanas VIP ahora es un lote de autos.

No hay memoria histórica.

La memoria histórica es indispensable porque contribuye al esclarecimiento de sus dinámicas desde una perspectiva histórica-social-territorial. La matanza de chinos: el racismo, el clasismo, la xenofobia, el desprecio y la envidia hacia una comunidad. La masacre de las Juanas VIP: la lucha de grupos criminales por el territorio.

La memoria histórica es una lucha, una lucha contra los gobernantes que nos piden “darle vuelta a la página” y olvidar “los malos tiempos”. Cuando debería ser inclusive fomento desde las instancias públicas el recordar acontecimientos como la matanza de chinos y la masacre de las Juanas VIP. Porque la memoria es un derecho y como tal lo convierte en una responsabilidad del gobierno. Hay países donde se habla de una política pública de la memoria. En Colombia, la preservación de la memoria histórica se incluye en la ley.

Sin embargo, el olvido pareciera un imperativo político en nuestro entorno.

No se concibe –cuando debiera– a la memoria histórica como una herramienta que contribuye a la formación de ciudadanos.

La memoria histórica fomenta la reflexión, el análisis de acontecimientos históricos y procesos sociales. Fomenta la democracia, la participación. Fomenta el discernimiento. Fomenta la cohesión, como creía el psicólogo y sociólogo francés, Maurice Halbwachs.

La memoria histórica fomenta el desarrollo de empatía. Empatía con el que fue discriminado y odiado, empatía con la madre a la que le mataron un hijo, empatía con la tragedia. Empatía para escuchar a víctimas, a descendientes de víctimas.

AL TIRO

No se puede construir un presente, menos un futuro, cuando hay cientos de desaparecidos, cuando hay cientos de personas asesinadas. “Una sociedad que quiera estar reconciliada debe hacerlo, no desde el olvido sino desde la memoria y el perdón”, dijo el filósofo español Manuel Reyes Mate.

La reconstrucción de la memoria histórica ya ha permeado en grupos o minorías afectadas históricamente, como indígenas, afroamericanos o mujeres. Hoy toca el turno a cada sociedad escoger sus duelos, sus heridas abiertas.

Como se preguntaba Halbwachs en el siglo 19, ¿qué significa recordar para las sociedades? Para los laguneros, ¿qué significa recordar estas dos matanzas?