El recorrido era largo. Como siempre. No obstante la comodidad con lo cual ahora se viaja en los autobuses foráneos de pasajeros, los recorridos siempre serán largos y morosos. Amén, de cuando hay imponderables en el camino. Ya entonces aquello se convierte en un viacrucis. Esta ocasión no lo fue. Simplemente el camino se anda, yo lo disfruto. Ahora lo disfruté un poco más. Tomé mi acostumbrado autobús en Saltillo en servicio directo. Es decir, sólo hace una parada a media noche para cenar y bastimentarnos con alimentos calientes, tanto chofer como pasajeros, en algún comedor de la carretera y en medio de la nada. Insisto, hoy se viaja cómodo a diferencia de apenas lustros, donde era una especie de tormento medieval. Los autobuses estaban en malas condiciones y sus asientos ya muy gastados. Las carreteras eran sinuosas y en pésimas condiciones. La espalda parecía partirse en dos y los riñones renegaban del cansancio acumulado.

Viajo vestido con ropa deportiva. Eso llamado “pants” (una especie de calzones largos: pierdo elegancia, ya lo sé, pero gano comodidad), una camiseta de mis Pittsburgh Steelers y su chamarra respectiva. Tenis para completar el outfit. Por lo general me apoltrono en mi respectivo asiento y sí, disfruto el viaje. Eso de ir preocupado por si el conductor choca y nos parte la madre a los pasajeros, no se me da. Siempre he confiado en su pericia al conducir. Aunque duermo poco, jamás me preocupa un percance letal. Si algo pasa, pues va a pasar. Con mi preocupación o sin ella. Hace días y por puro antojo (según yo lo merecía), me fui a pasar un fin de semana a Guadalajara, Jalisco. Fue por antojo. Así como por antojo se me ocurre cada fin de semana ir a París o a La Habana; el único problema es, creo usted ya lo adivinó, no tengo el peso suficiente para llegar a la capital del mundo o bien, a la ínsula Barataria, en la cual tal vez y sólo tal vez, el divino Sancho Panza de don Miguel de Cervantes, se hubiese sentido a gusto de gobernarla.

Empaqué mi saco negro de domingo, mis camisas para mancuernillas y mis zapatos hechos a mano (déjeme presumir, estimado lector. Algún día tuve dinero sobrante y sí, me mandé hacer a la medida un par de zapatos tipo bostonianos) y me fui a Guadalajara, ciudad la cual se puede lo mismo andar con parsimonia, o bien, rentar algún taxi y pedir al conductor nos lleve por sus principales avenidas arboladas. Me fui a Guadalajara, sí señor. Pero antes de llegar, es decir, cuando iba ensimismado en mi asiento de autobús, se me ocurrió pulsar la pantalla individual plana la cual estaba frente de mí. Fue por ocio. Lo hice por ocio. Apareció todo un menú de opciones: música, red de Internet, Facebook, juegos, hartas películas disponibles. Pero, vi un apartado con tres elecciones a saber: documentales. Uno de ellos, de producción francesa y belga. Se llamaba “Chaplin”. Ese sutil y bello nombre: eterno y macizo como roca. 

ESQUINA-BAJAN

Le puse play y caray, ha sido mi reencuentro con ese genio inglés (Charlie Chaplin, 1889-1977) del cual y en su momento, vi la mayor parte de sus cortos y películas. De la risa al llanto, de la carcajada a la angustia sostenida en el filo del abismo. El documental duró 45 o 50 minutos; por mí, hubiese durado todo el trayecto. O bien, el sistema de video disponible hubiese tenido la opción de ver la filmografía del gran Charlot, ese vagabundo vestido con ínfulas y aires de dandy, aristócrata venido a menos, el cual es uno de los mayores iconos del siglo 20 y de toda la historia de la humanidad. Chaplin, un cometa con brillo propio, brillo deslumbrante, estrella solitaria la cual  sólo se da una por centuria.

Vida al límite. Lo hemos mentado en textos pretéritos: ha dicho con acierto el argentino Tomás Eloy Martínez (santo tutelar en mi formación) de la constitución de algunos hombres los cuales escribieron su obra en medio de la adversidad, “es en estos destinos ínfimos donde la especie humana se reconoce a veces con mayor claridad que en la catástrofe de la naturaleza o en los abismos de la intolerancia”. Un ejemplo preclaro es Chaplin, precisamente. Personaje dickensiano, Charles Spencer Chaplin nació en un barrio londinense de baja estofa, el “East End”. Su padre le abandonó a él y toda su familia apenas al nacer. Era alcohólico. El padre de Chaplin murió de cirrosis a los 37 años; la madre, artista de carpa, de “Music Hall” y con suerte de perro (era cantante, pero tuvo una venenosa enfermedad de laringe), acabó internada en un manicomio después de su fracaso como artista. En este ambiente de miseria e infortunio se criaron los dos hermanos, Charlie y Sidney, los cuales estarían llamados en poco tiempo a la gloria…

En especial, ese hombre de mediana a baja estatura, con chaqueta muy estrecha; pantalones de varios hilos, pero muy anchos para él, zapatones gigantes y un sombrero pequeño lo cual le daba un aire de burgués, un dandy en bancarrota. Un aristócrata de corte elegante, pero con ropa ajada por el paso del imbatible tiempo: un vagabundo con clase. La cereza del pastel: un bigotito apenas entintado, el cual le bailaba en su labio superior cuando movía la boca en su genial actuación de pantomima. Había nacido Charlot: un icono del siglo 20 mundial, el cual vino a modificar al mundo todo. En medio de la penuria, olvido (su padre los deja abandonados y muere como alcohólico, insisto) y la tragedia (su madre muere en un manicomio en medio de crisis severas de locura y ataques de nerviosismo), se forja la leyenda del genio y nace su creatividad… El Charlot de Charlie Chaplin.

LETRAS MINÚSCULAS

Continuará el próximo lunes…