ESMIRNA BARRERA

Por: CARLOS MIRÓN

Al abrir los ojos, Analila leyó la frase que había escrito en su techo: “hoy es mañana”. Lo repitió varias veces hasta escuchar el sollozo de su hija en la sala quien, frente a su padre que yacía sobre la alfombra con una mancha de vómito rodeándole la cabeza, trataba de despertarlo.

Levantó a su hija y ésta la miró sin que Adrián se diera cuenta. La niña debía desayunar y a Analila ya no le importó enojarse por ver sucia la alfombra que compró en un sueño que no se hizo realidad.

En la cocina, Analila preparó el desayuno para dos, mientras la pequeña Ana hacía rayones en su mesa con un par de crayones. A la distancia ambas parecían un par de gotas de agua, pero al observarlas de cerca se descubría que una reposaba sobre la hoja de un árbol y la otra golpearía tarde o temprano el pavimento.

Analila, frente a su hija, disfrutó ver cómo su pequeña usaba la cuchara para llevarse el puré de manzana a la boca. Al verla reconoció que su hija, a pesar de sus casi tres años, cuidaba de no tirar el puré para no ensuciarse, utilizando sus dos manos para comer lo que tuviera enfrente.

El hombre interrumpió el desayuno al toser un pedazo de carne de la noche anterior. Se levantó y limpió su cara con la manga de la camisa. Analila apretó los dientes al ver la mancha rosa y olorosa sobre la camisa blanca que lavó días antes.

Adrián no era así. Ella se había enamorado de la frescura de un hombre que la cortejó como en las películas de antes: flores y mariachi en la puerta de su casa; cartas escritas a mano, de hermosa caligrafía y selladas con cera perfumada. Pero de ese hombre no quedaba nada más que la piel seca de un reptil que se recostó en el sillón para luego verla a los ojos.

—¿Qué? ¿Ni buenos días?

—Buenos días —la mujer bajó la mirada—. Ya hago el desayuno. Hay cerveza en el refrigerador.

El hombre no contestó y se fue directo por una lata. Se rozó la frente con ella antes de abrirla. Con su gran mano sucia despeinó a Ana que le ofrecía de su puré.

Analila pensó en aquél hombre que conoció años atrás mientras dejaba caer tres piezas de tocino en un sartén para luego acomodar dos huevos de yema perfecta. “Si te casas conmigo yo haré el desayuno todos los días”, le dijo años atrás, cuando se quedaban horas platicando en su camioneta. Ya no había ni un cabello de ese Adrián, por lo que dejó que los huevos se tostaran.

Anita, sin hacer ruido, veía a su padre a los ojos, y éste, a la vez, hacía lo mismo. Era como un reto entre los dos para ver quién decía la primera palabra. El ceño de ambos caía en un duelo en el que nadie saldría ganador.

—¿Qué? —gritó Adrián sin quitarle la mirada de encima—. ¿Tengo algo como para que me mires así?

Su hija comenzó a llorar. Analila aventó el desayuno de Adrián sobre la mesa. Con rapidez levantó a la pequeña y se la llevó lejos de la cocina. El hombre dio un trago a la cerveza y comenzó a desayunar con disgusto por el lloriqueo de su niña.

—Te doy dos minutos. No debería tenerme miedo. Tú le metes cosas en la cabeza para que me odie… —dijo con voz ronca.

Analila fingió no escucharlo mientras mecía a su hija para que dejara de llorar, sin conseguirlo.

—¿Crees que no me doy cuenta? —habló con la boca llena de comida—. Quemaste el tocino y los huevos. ¿Cuándo vas a dejar de ser una perra conmigo? —Empujó el plato de comida y se levantó de la mesa—.

Analila esperó lo peor. El hombre entró al cuarto donde se resguardaban y apretó su colérica mirada contra la madre de su hija.

—¿Y así quieres que nos casemos? No, Ana... ya estoy hasta la madre de tus berrinches y alucinaciones. ¿Qué te importa si llego tarde? ¿Qué te importa si duermo donde se me dé la gana? Tú sólo deberías estar al pendiente de lo que necesite. Yo soy el que trae el dinero y paga esta casa…

Analila ya no lo escuchaba. Sólo veía la mancha rosa de vómito moverse al compás del brazo del hombre ante la puerta. Un par de días antes la lavó porque tenía manchas rosas del cliché que pensó no le pasaría a ella. Pero no le importó, sin embargo, ella sólo quería lo mejor para su hija.

—Me gustas así, con el hocico bien cerrado —le dijo y azotó la puerta del cuarto.

Analila se dejó caer en la cama junto con su hija. Leyó lo escrito en el techo “Hoy es mañana”. Se levantó y dejó a Anita en la cuna. Tomó la plancha con la que quitaba las arrugas a las camisas de Adrián y se fue tras él.

El hombre bajaba las escaleras cuando la escuchó acercarse. La miró a los ojos buscando detenerla.

—No tienes lo necesario, Analila —le gritó— Ni nunca lo tendrás.

La mujer soltó la plancha y se deshizo en llanto mientras él con la sonrisa de un ganador salía de la casa. Analila pensó de nuevo en arrebatarle la vida al hombre que le había prometido una. Destrozarle la cabeza con la plancha, ahogarlo con una almohada, aventarlo por las escaleras y hasta clavarle un cuchillo por la espalda, pero Adrián tenía razón. Ella no tenía lo necesario.

Analila ahogó su llanto y se limpió las lágrimas con las manos temblorosas. Se levantó y fue a recostarse en la cama. Las palabras en su techo se veían como un sueño del que nunca saldría hasta que su hija la golpeó con un crayón que llevaba en la mano. La mujer lo tomó y estiró su brazo hasta la frase y rayó dos palabras.

—Hoy —repitió en voz alta y tomó a su hija.

Una maleta y una mochila bastaron para llevarse la poca vida que les quedaba. Salieron de la gran casa que nunca fue su hogar y caminaron hasta desaparecer entre la calle silenciosa de un domingo matinal.

Adrián volvió días después a la casa. No las buscó. Se sentía harto de todo, la resaca de beber durante días seguidos lo consumía. Se recostó en la cama y leyó “hoy” en voz alta. Algo se quebró en su cabeza. Se levantó y se repitió la palabra.

Fue al baño y se desnudó mientras abría el agua caliente de la regadera. Metió primero un pie y después el otro, se los llenó de abundante jabón que apenas y podía estar de pie. Con cuidado, de entre su ropa en el piso, sacó el cinturón y un extremo se lo acomodó en el cuello. El otro comenzó a amarrarlo estirándose cerca del chorro de agua caliente. Antes de terminar resbaló y el cinto cumplió su función.

En la huida se dio cuenta que Analila tuvo lo necesario para dejar a un hombre como él, un hombre que jamás pensó que un cinturón servía para algo más que sólo sostener pantalones.

 

Carlos Mirón, EDITOR Y ESCRITOR

(1992) Autor de la novela Caminando de Rodillas (2017) y Venti: detrás de la barra (2018). Co-editor de la sección de Dinero en esta casa editorial. Digital Invader de la generación XX6 y psicólogo empresarial.