Infidelidad, mucho más compleja que un engaño

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Circulo de Oro 2021
/ 7 noviembre 2014

Culpa, amargura , desconfianza, mortificación... son los sentimientos habitua les. Nadie puede decir a mí no me pasará. Por una sencilla razón: la vida es compleja e inesperada

Según los evolucionistas, la fidelidad es un invento del ser humano, que surgió con el mismo propósito que tienen todas nuestras conductas: asegurar la supervivencia de nuestros genes .

Los humanos nacemos muy indefensos, vivimos una infancia prolongada, porque necesitamos mucho tiempo para poder valernos por nosotros mismos. Así que la hembra cavernícola necesitaba tener un macho a su lado para proteger sus crías. Y para lograrlo, qué mejor que la fidelidad —de él y de ella.

Desde un punto de vista biológico, la fidelidad está prácticamente asegurada cuando se está enamorado. En esa etapa no tiene mérito ser fiel, es lo que pide el cuerpo. Pero cuando el enganche hormonal se termina, incluso si queremos profundamente a esa persona, necesitaremos echar mano de nuestros valores, y de la voluntad, para continuar siendo fieles.

Si las paredes de los consultorios psicológicos hablaran, podrían explicar muchas realidades sobre la infidelidad. No sólo contarían sobre el sufrimiento del sujeto engañado, sino también sobre el dolor del infiel y de la tercera persona que de pronto aparece en la discordia.

Cuando se destapa una infidelidad, las reacciones de los involucrados son muy distintas. Incluso hay quien se alegra, porque podría convertirse en una excelente excusa para romper sin culpa ni remordimiento, una situación que tal vez se había tornado insoportable para alguna de las partes.

En un evento como éste, las disparidades son muchas, pero también se dan las similitudes emocionales. De todo ello trataremos en los siguientes párrafos.


La pérdida de inocencia

Mi pareja nunca me engañará. ¿Cuántas personas se han tenido que tragar esas palabras? Y ¿cuántas se mantienen convencidas de que todo está bien, mientras la realidad se ríe de ellas?

Existe un fenómeno psicológico que lo explica: el optimismo no realista. Se produce cuando razonamos que la probabilidad de ser víctimas de un suceso desagradable, es prácticamente imposible para nosotros.

De hecho, nos sentimos invulnerables.

Por eso, cuando uno se entera del engaño, el golpe resulta tan terrible.

De pronto uno se da cuenta de que ese amor no era tan especial, y de que somos como el común de los mortales. Se mira a la pareja y no se la reconoce.

En ese momento no sabemos a quién tenemos delante. Ni siquiera se está seguro de la historia que se ha vivido, se mira hacia atrás y todo se revalúa: ¿Me invitó a cenar el día de mi cumpleaños porque se sentía culpable? ¿Me engañaba cuando decía que yo era el amor de su vida? Todo se interpreta ahora de otra forma; más real, sin edulcorantes.

De hecho, el sufrimiento suele dar buenas lecciones a quien sabe enfrentarlo.

Una de ellas es darse cuenta de que el ego tiene que aterrizar desde las alturas. Percatarse de la necesidad de eliminar ese pensamiento tan recurrente de que eso-nunca-me-pasaráa- mí.

Si se consigue bajar al ego de allá arriba, sin lastimarse demasiado, nos volvemos humildes; y más sabios. Y eso ayuda a afrontar no sólo la infidelidad, sino también otros golpes futuros, tanto en lo que concierne a la pareja, como a otros ámbitos de la vida.


Interpretaciones simplistas


Los humanos necesitamos entenderlo todo. Y la increíble complejidad emocional que implica una infidelidad también la queremos meter en una cuadrícula. Y eso no sólo es absurdo por imposible, sino porque encima hace sufrir.

La primera pregunta es ¿por qué? ¿Por sexo, por diversión, por amor, por necesidad de oxigenar la relación? Es normal plantearse estas preguntas, pero hay que saber que a veces ni el propio infiel sabe por qué lo ha hecho.

Queremos encontrar la lógica en el mundo emocional, y ahí no la hay.

Una de las explicaciones simplonas que suele darse a la infidelidad, es la falta de amor. Sin embargo, no hay ninguna investigación que muestre que esta premisa sea siempre cierta. Tal como lo expresa el psicólogo Martín Camacho en su libro sobre infidelidad, todas las opciones son posibles: parejas que se quieren y no se engañan; parejas que se quieren y se engañan; parejas que no se quieren y se engañan, y parejas que no se quieren y no se engañan.

El amor y la fidelidad no siempre van de la mano. Así que debemos valorar y sopesar por separado, la importancia que se le da a esos dos aspectos.


La Culpa

La simplicidad mental lleva también a buscar un único responsable, y la culpa la otorga la estrechez de nuestras miras. A veces se acusa al infiel; otras, a la tercera persona, y otras, a uno mismo. Incluso, la culpa se coloca en situaciones concretas: ¿Se ha ido con otro/a porque estoy gorda/o; o por que estoy vieja/o?

Razonamientos que además actúan como una navaja afilada sobre la autoestima.

La infidelidad no duele sólo por el engaño, sino porque levanta una tapa que deja salir todos los complejos a flote: el sobrepeso, la edad, las debilidades sexuales, la incapacidad de amar

Con los complejos destapados, el engañado puede buscar rápidamente a otra persona o puede perdonar al instante a quien le ha sido infiel

Siente prisa por volver a tapar la caja de los truenos.


La revancha

Una reacción ante el engaño es la venganza. Pagar con la misma moneda. No son pocos los engañados que se lanzan a buscar un amante para desquitarse.

Cuando las emociones se remueven tanto, las premisas que se esconden detrás, emergen y pueden llevar a sitios inesperados. El problema quizá ha sido cómo se ha vivido, o cómo se ha entendido la relación de pareja.

Pensamos que hemos dado mucho para no obtener nada a cambio. No obstante, esta premisa plantea dos errores: invertir y esperar un buen resultado.

Pero amar a la espera de algo, está equivocado.

En el fondo la estafa se siente no tanto porque la pareja se ha ido con otra persona, sino porque él/ella ha sido un malvado, mientras la otra parte ha estado invirtiendo en la relación.

La mejor venganza no es ir a buscar un sustituto, la mejor venganza es superar el engaño —a pesar de.


Vigilancia y Paranoia

Al darse cuenta de que la persona que se tiene delante es capaz de mentir, se enfoca la realidad de forma distinta.

Muchos detalles y nimiedades se convierten en imanes que atraen la atención.

Por ejemplo, mirar hacia delante y ver un panorama de desconfianza perpetua.

Entonces, controlar se puede convertir en una obsesión.

La pareja promete que nunca más va a ser infiel, pero no basta. La realidad es que el futuro nadie lo sabe. Y que la vigilancia eterna es una opción que nos convertirá en desgraciados.


La única salida es la confianza

¿En la otra persona? No. En nosotros mismos. Confiar en que, si en el futuro vuelve a engañar, sabremos manejarlo.

Así que, en lugar de invertir en estrategias de vigilancia, la mejor salida es volverse más fuerte.

En otras palabras, lo esencial es que la infidelidad ayude a crecer, ya sea juntos o por separado.


¿Oasis o espejismo ?

Los humanos somos cómicos. Algunas parejas dicen que el mejor sexo lo han disfrutado después de una infidelidad. Otras notan un nuevo rebrote en su enamoramiento.

Es como si la culpa del infiel, mezclada con el miedo a que se rompa la relación, formaran un cóctel emocional y afrodisiaco.

En los casos en que existe un acercamiento sincero, la relación, lejos de romperse, se fortalece, siempre y cuando la nueva proximidad se cuide y se fertilice para que no quede en un mero espejismo.


El perdón

El perdón es el único final feliz de una infidelidad. Perdonar no significa forzosamente reconciliarse. Se puede perdonar y seguir; o se puede perdonar y romper.

Perdonar significa hacerse un regalo a sí mismo. Quitarse el resentimiento de encima, porque el resentimiento no superado se convierte en dolor crónico.

Perdonar implica abrir el campo de visión y entender que la vida es compleja e inesperada. (©Ediciones El País, SL. Todos los derechos reservados)


Por JENNY MOIX QUERALTÓ