Tinta de amor
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Diderot reconocía ante Sofía Volland que no hay suficiente espacio en una carta, quizá en una Enciclopedia tampoco, para exteriorizar su amor.
Madrid, España.- "No te amo, en absoluto". Así empieza una de las famosas cartas de amor de la historia. Cegado por los celos, la escribió Napoleón a Josefina. Una carta, una paloma mensajera, un correo electrónico o un tuit: todo vale para lanzar al viento que amamos y que, al menos por un instante en nuestra vida, nos creemos únicos e inmortales.
TU SERAS MI REINA
El amor epistolar, canalizado hoy día a través de correos electrónicos, tuits o mensajes telefónicos, lo practicaron durante siglos reyes, músicos, novelistas y poetas que nos legaron un amplio abanico de estilos, desde el más romántico al más picante.
Enrique IV le escribe a Gabriela d'Estrées: "Mañana es el día en que besaré esas hermosas manos millones de veces. Siento ya el alivio de mis penas por la proximidad de esa dicha, que para mí es tan preciada como mi propia vida; pero si me la retardáis un solo día, moriré". Era el 20 de abril de 1593. Un año después, la destinataria de las flechas reales recibe otra misiva de su "súbdito": "Buenos días, mi todo. Beso vuestros hermosos ojos un millón de veces".
La cantidad importaba, por lo que se ve, al rey de Francia y Navarra. Como a Mozart, que besaba "millones de veces de la forma más tierna" a Constanza, a quien escribía "con los ojos llenos de lágrimas". Son varios de los ejemplos que recogen libros como "99 cartas de amor" (DeBolsillo) o "Las más bellas cartas de amor" (Oveja Negra), que agotan estos días en las librerías los amantes ansiosos de inspiración.
LE ORDENO QUE ME AME
Ya sabemos la fascinación que despiertan reyes, príncipes y princesas en el imaginario popular. Si hay una carta que ha dado que hablar es la de Napoleón a Josefina.
Desde Verona, cuna de Romeo y Julieta, el emperador escribía en 1796: "No te amo, en absoluto; por el contrario, te detesto. Eres una Cenicienta malvada, torpe y tonta", le decía el despechado emperador a una esposa que no se dignaba en contestar a sus cartas.
Corroído por los celos, el corso se crece y advierte: ¡Josefina, ten cuidado! Una noche las puertas se abrirán de golpe y ahí estaré yo". No se sabe si acompañado de un regimiento, pero para tranquilizarla promete estrecharla entre sus brazos y cubrirla -nuevamente las cifras- "con un millón de besos tan ardientes como si los diera bajo el ecuador". Desterrado en la isla de Elba, en 1814, recrimina en otra carta a María Luisa la falta de noticias suyas, una conducta "estúpida y atroz".
Menos delicado aún, el rey español Fernando VII se dirigía a María Cristina de Borbón dos Sicilias como "pichona mía" y le dedicaba esta coplilla: "Anda salero/salerito del alma/¡cómo te quiero!".
Su hija Isabel II era más vehemente cuando le escribía a Carlos Luis de Borbón: "Primo de mi corazón, recibí tu papel, que fue quemado, haz lo mismo con este, mi corazón es tuyo". Y a otro amante turco-albanés, con "el pecho abrasado" por la pasión, le decía: "El lenguaje del amor essuperior a todos. Tú me enseñarás el albanés y el inglés y todos los idiomas, y yo te enseñaré a ti el lenguaje de mi alma". "Mi vida, mi alma, mi cuerpo son tuyos", proclamaba la adúltera reina española.
ROMANTICOS EMPEDERNIDOS
El siglo XIX nos regalaría los momentos más arrebatados. Un precursor Diderot, padre de la Ilustración, reconocía ante Sofía Volland que no hay suficiente espacio en una carta, quizá en una Enciclopedia tampoco, para exteriorizar su amor. "En todos los puntos donde no haya nada escrito, leed que os amo".
Entre los románticos encontramos joyas como la de un tímido Stendhal que, en 1825, se presenta ante la soprano Giuditta Pasta como un vulgar teniente que no merece su amor. "No soy guapo, aunque tampoco feo". Tan apocado es que firma como Edmundo de Charency para que no le reconozca. E inventa una fórmula para despedirse aún vigente: "Soy, con el más profundo respeto, señora, vuestro muy humilde y muy obediente servidor".
Berlioz se identificaba ante su amada como "Despised Love" (Amor desdeñado). Y Stendhal, nuevamente, le escribirá a madame Dembowski: "Esta necesidad fatal que tengo de verla me arrastra, me domina, me transporta. Hay momentos, durante las largas tardes solitarias, en los que, si fuera necesario asesinar con tal de verla, me convertiría en asesino".
MUSICA CELESTIAL
Otro romántico, Beethoven, le confiesa a Teresa que su alma enamorada se eleva "a las regiones celestes". "Tu amor me ha convertido, a la vez, en el más feliz y el más infeliz de los hombres. A mi edad, yo necesitaría una existencia tranquila y pacífica", se lamenta. "¡Eternamente tuyo! ¡Eternamente mía! ¡Eternamente uno del otro!", finaliza su misiva.
Para definiciones epistolares del amor, la de Liszt en su carta a Marie: "¿De dónde proviene esta intranquilidad misteriosa, este presagio indecible, este espasmo divino? ¡Sólo puede provenir de usted, hermana, ángel, mujer, Marie?! No puede ser otra cosa que un rayo suavizado de su alma de fuego o quizá una oculta lágrima emocionada que usted sumergió profundamente en mi pecho". Estos compositores eran unos románticos. Como Wagner, que le confesaría a Mathilde: "Tus caricias son la corona de mi vida, las deliciosas rosas que florecen de la guirnalda de espinas con que estuvo adornada mi cabeza".   Â
AMOR MAS TERRENAL
Más terrenal es Emilia Pardo Bazán en sus amoríos con Benito Pérez Galdós. A los dos gigantes de la novela del XIX les unía casi más la gula que la lujuria. Las cartas entre ambos, dice la escritora gallega, eran el epílogo perfecto "a los sabrosos marrons glacés del último día". "¿Cómo andas de sueño? ¿Y de comer? Te muerdo un carrillito y te doy muchos besos por ahí, en la frente y en el pelo y en la boca", le dice al autor de los "Episodios Nacionales".
Casi tan materialista como Sigmund Freud, que en una de sus cartas a Martha Bernays se despide "con muchísimos besos, para los cuales -dice- abro hoy una nueva cuenta corriente".
Freud se sienta en el diván epistolar y le confiesa a su "preciosa y amada niña" que quizá ella sea solo "un dulce sueño del que no me gustaría despertar". Y se psicoanaliza:Â "Cuando regreses, querida niña, habré logrado apartar la timidez y torpeza que me cohibían delante de ti".
Más "contenido", un joven Francisco Franco le dice a su amada Sofía Subirán: "Yo la quiero bastante, por no decir muchísimo". Se podía haber ahorrado lo primero.
TINTA PICANTE
El dramaturgo G.B. Shaw le pedía a su amor que le enviara un latido de su corazón mientras todavía fuera tierno. En otro tono, Evelyn Waugh decía a Diana Mosley: "Estoy chiflado por ti. Por supuesto, no es que quiera acostarme contigo". Ese tono lo encontramos en Goethe cuando le recuerda a su amada Cristina Vulpius que en casa "hay camas grandes en todos los sitios".
"Tienes que pensar que soy el mejor, ya que te amo terriblemente", dice el autor de "Werther" sin complejos. E insiste con la intendencia: "He encargado dos camas de plumas y almohadas también rellenas de plumas".
Aunque peor es lo de Chejov despidiéndose de Olga, su "cachorro de cachalote": "Abrazo a mi cucarachita y le mando un millón de besos".
Más casto es "Georgie" cuando le escribe a Estela: "Querido amor: ya sabes que incesantemente te quiero y te necesito". Georgie era Jorge Luis Borges. Â
Parece impúdico leer hoy esas viejas cartas. Como dijo Baudelaire, no hay nada tan cómico como el amor... sobre todo para los que no están involucrados.
DESTACADOS:
* Napoleón, Enrique IV o Fernando VII fueron algunos de los reyes o emperadores cuyas cartas apasionadas, de haberse conocido en su época, hubieran hecho enrojecer a sus súbditos.
* La tradición del amor epistolar vivió su momento culminante con el Romanticismo, cuando compositores y poetas dieron rienda suelta a su verbo encendido, desde Beethoven a Stendhal o Lizst.
* No hay nada tan cómico como el amor, dijo Baudelaire, sobre todo para quienes leen las cartas que escribieron otros.