Bill Gates es mucho más que sólo Microsoft

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Circulo de Oro 2021
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Desde su creación en 1994, esta institución se ha gastado nada menos que 26.194 millones de dólares

Olvídense del 0,7%. El asunto de moda en las políticas de lucha contra la pobreza es la irrupción de los grandes filántropos internacionales. Enraizadas en la cultura anglosajona de la financiación privada para actividades de interés público, las fundaciones creadas por grandes empresas o por individuos multimillonarios (casi siempre estadounidenses) se han convertido durante la última década en un referente básico en algunos asuntos como la educación, el hambre o la salud global. Una estimación reciente del Parlamento Británico elevó a 60.000 millones de dólares las contribuciones anuales de estos grandes filántropos a la ayuda internacional.

Son muchos recursos para que esto sea un mero lavado de cara, pero tampoco es oro todo lo que reluce: en algunas ocasiones, los filántropos pueden distorsionar la agenda del desarrollo hasta tal punto que muchos consideran que su mayor contribución sería desaparecer.

Ningún caso representa mejor estos dilemas que el de la Fundación Bill y Melinda Gates. Desde su creación en 1994, esta institución se ha gastado nada menos que 26.194 millones de dólares. Solo en 2010, su programa superaba los 2.600 millones y se extendía por más de 100 países del mundo, incluyendo un ambicioso proyecto educativo en los mismos EEUU. Aún así, sus verdaderas prioridades están en los países pobres, para los que han concebido una agenda centrada en la agricultura, el agua y la salud. En este último caso, por ejemplo, la Fundación Gates ha sido determinante en la creación y financiación del Fondo Global contra el SIDA, la Malaria y la Tuberculosis y de los éxitos globales de vacunación, además de tener recursos metidos en cualquier otra iniciativa relevante de este tipo.

Pero la contribución de organizaciones como la Gates al desarrollo va mucho allá de sus aportaciones económicas (y de las que realizan otros a los que Gates ha convencido, como Warren Buffet). La iniciativa privada ha ayudado a romper el anquilosamiento que lastra a algunas de las instituciones tradicionalmente responsables de estas batallas, como las agencias de la ONU. Tomen el ejemplo del acceso a medicamentos contra el SIDA: una de las primeras campañas de Oxfam en las que yo participé fue la que enfrentaba a las empresas farmacéuticas con los gobiernos de los países pobres y las ONG. Hoy ese conflicto se ha transformado (con algunos peros) en un esfuerzo de colaboración público-privada en el que las fundaciones internacionales han jugado el papel esencial de muñidores. La innovación ha permitido crear nuevas instituciones y concebir mecanismos imaginativos de generación de recursos económicos, casi siempre al margen de la Organización Mundial de la Salud.

Y algo menos evidente pero que, en mi opinión, resulta crucial: el apoyo a la investigación científica y el análisis político. Desarrollar nuevas semillas y fármacos, por ejemplo, pero también financiar inciativas como la página The Guardian Development, una referencia imprescindible del debate sobre el desarrollo.

Los financiadores privados, sin embargo, traen también defectos de fábrica, relacionados a menudo con su deseo de ir por libre. Su capacidad económica y política puede distorsionar las prioridades de la agenda del desarrollo y alejarla de lo que realmente quieren los países pobres. En el ámbito de la salud -por seguir con el mismo ejemplo- seis de cada diez euros de financiación internacional están concentrados en la lucha contra el SIDA y la malaria, debido en gran medida a la presión que ejercen instituciones como el Fondo Global y la Fundación Gates. Nadie discute la importancia de estas enfermedades, pero algunos opinan que este esfuerzo se hace a costa del fortalecimiento de los sistemas nacionales de salud, cuyas prioridades son mucho más diversas y complejas.

En último término, la respuesta a nuestro dilema es siempre la misma: cada uno de los actores (gobiernos, instituciones multilaterales y donantes privados) cumple una condición necesaria, nunca suficiente. Los filántropos internacionales pueden jugar un papel clave en la resolución de problemas complejos, pero su actuación debe estar ajustada a las prioridades que establecen los países receptores y coordinada con otros donantes. Es una lección que España y América Latina deben tener muy presente, ahora que sus bancos y millonarios comienzan a internarse en este territorio.