Puerto Madryn, la patagonia argentina
COMPARTIR
La Península Valdés es el único lugar del mundo donde los elefantes marinos del sur se dejan ver en zona continental.
Puerto Madryn, Argentina.- En Península Valdés rige un calendario solar, otro lunar, uno de navegación, uno de fauna, otro turístico y un plano de mareas que cambia en forma diaria. Esta estepa patagónica que se adentra en el Atlántico se caracteriza por su aspecto cambiante en cada estación del año, lo que se ve reflejado finalmente en los almanaques.
De junio a diciembre, el reinado de la zona lo tiene la ballena franca austral, que visita el área para reproducirse y alimentarse. Y en su reino viven lobos y elefantes marinos, pingüinos, orcas, delfines, infinidad de peces, guanacos, choiques (ñandú), zorros, serpientes y pumas, en un rico escenario que mezcla cielo, tierra y agua.
Para ver ballenas desde la ciudad de Puerto Madryn, cabecera de la península, en Argentina, alcanza con fijar la vista en el mar. Los lomos de estos gigantes marinos brillan al sol y sus colas se levantan hacia el cielo. En la playa El Doradillo la cercanía es impactante, pero lo es aún más a bordo de las embarcaciones que parten de Puerto Pirámides para hacer avistaje en mar.
"Aquí todo es impredecible", relata el capitán del barco mientras se lanza tras un lomo negro. Las ballenas pueden acercarse a la embarcación hasta quedar prácticamente pegadas a ella o bien retirarse a paso pesado en el Golfo Nuevo.
También es impredecible el comportamiento de los lobos marinos (Otaria flavescens) cuando pertrechados con trajes de neopreno, máscaras de buceo y tubos de respiración, los turistas se sumergen en las aguas del golfo en busca de contacto directo.
Muchos de estos animales apostados sobre el acantilado salen al encuentro de los humanos, los rodean, se les acercan, nadan por debajo y hasta mordisquean a modo de juego. Pero también puede pasar que nada de esto ocurra. "No siempre están de humor", aclara el instructor.
Los lobos marinos pueden verse todo el año, al igual que los elefantes de mar (Mirounga leonina), que llegan a la zona en busca del calamar, su alimento.
La Península Valdés es el único lugar del mundo donde los elefantes marinos del sur se dejan ver en zona continental. Es que el Istmo Ameghino es tan estrecho que estos animales, que suelen preferir islas remotas, confunden el área con una zona insular.
Los elefantes empiezan a llegar a fines de agosto y en sólo dos o tres semanas conforman los harenes para la reproducción, proceso que tiene su punto cúlmine en octubre. Cuando los adultos retornan al mar, en las costas quedan los juveniles esperando su propia etapa reproductora.
Capaces de sumergirse hasta 1.500 metros de profundidad mediante un complicado proceso de obliteración de pulmones, los elefantes marinos están recubiertos por una gruesa capa de grasa que los volvió presa de la caza durante largos años.
Su presencia fue la que inspiró a los primeros marineros que navegaron estas zonas, quienes creyeron ver voluminosas mujeres recostadas sobre la arena y bautizaron uno de los accidentes geográficos del área como Punta Ninfas.
Entre Punta Loma -área de lobos marinos- y Punta Ninfas hay una franja costera de arenas blancas que está siendo conquistada por los pingüinos de Magallanes. En el área de la estancia San Guillermo, 200.000 ejemplares construyen sus nidos, muchos de ellos huyendo de la falta de alimento que empieza a predominar más al sur.
De todas formas, aún sigue siendo Punta Tombo, 200 kilómetros al sur, el sitio donde se encuentra la mayor concentración de pingüinos magallánicos del continente, con una población de más de un millón que cada año retorna a sus nidos para reproducirse, entre septiembre y marzo.
La reserva de Punta Tombo es una verdadera ciudad "pingüinesca". Los 240.000 nidos se distribuyen bajo tierra, a la sombra de una planta o a cielo abierto en 260 hectáreas.
En Punta Tombo se camina literalmente entre pingüinos. Ellos circulan desde y hacia el mar en trayectos que se cruzan con el de los humanos, pero que el hombre debe respetar a rajatabla.
"Si un pingüino quiere pasar, no hay otra opción que cederle el paso, porque de lo contrario perdería la orientación y tendría que volver al punto de partida", explica el guardafauna Roberto Rafa.
En Península Valdés y sus alrededores, el hombre es una pieza más de este abanico de especies. Aquí la premisa es no interferir y dejar que el almanaque siga su curso.