Templarios, mitad monjes mitad guerreros ardieron en hoguera

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Circulo de Oro 2021
/ 11 octubre 2007

    <strong>Madrid, España</strong>.- La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén nació en 1120 en la capital de Tierra Santa, conquistada en 1099 en la Primera Cruzada, para defender los Santos Lugares y proteger a los peregrinos que cruzaban el Mediterráneo para visitar la cuna de la Cristiandad.

    Balduino II, rey de Jerusalén, cedió a los primeros caballeros comandados por Hugo de Payens una parte de su palacio, que ocupaba la mezquita de Al Aqsa, considerada por los cruzados el Templo de Salomón.

    Fue la primera orden militar creada por la Iglesia, que en el Concilio de Troyes de 1129 aprobó la Regla de la Orden, inspirada por el fundador del Císter, Bernardo de Claraval.

    Los templarios, que compitieron con las órdenes de San Juan de Jerusalén y de los Caballeros Teutónicos, se encargaron durante doscientos años de proteger los Santos Lugares, desde fortalezas como las de Sidón y Gaza, y de asesorar militarmente a los ejércitos cruzados hasta su derrota a finales del siglo XIII.

    Estos caballeros, que el papa Celestino II bautizó en 1144 como los "nuevos macabeos" (los sacerdotes guerreros judíos), llegaron a poseer miles de castillos, tierras, monasterios y encomiendas tanto en Tierra Santa como en el Viejo Continente.

    Acumularon una gran riqueza, gracias a las donaciones que recibían en toda Europa de príncipes y devotos cristianos y que sirvieron para financiar las Cruzadas.

    Muy piadosos y devotos de la Virgen María, fueron muy apreciados en los países donde estuvieron presentes, como España, Francia, Inglaterra, Alemania o Italia, hasta el punto de que nobles y reyes les confiaban el cuidado de sus tesoros.

    Utilizados como mensajeros y consejeros reales, los papas tenían siempre a su lado a un templario como chambelán pontificio y monarcas como el de Francia les dieron las llaves del Tesoro Real. Podían cobrar diezmos y estaban exentos de pagar impuestos.

    La Regla de la Orden, que se conserva, hereda las normas de la jornada monástica de San Benito del siglo VI y establece unos hábitos muy estrictos de oración. Los caballeros juraban votos de castidad, pobreza y obediencia.

    El símbolo de la Orden eran dos caballeros a lomos de un solo caballo. Los templarios, que llevaban el pelo corto y la barba larga, vestían túnica negra, capucha y capa blanca con una cruz roja a la izquierda.

    Su cuartel general estuvo primero en Jerusalén hasta 1187, en Acre hasta 1291 y en Chipre hasta su disolución en 1312. El gran maestre era un cargo vitalicio y votado por trece electores, como símbolo de los doce apóstoles y Cristo.

    En el orden jerárquico primero estaban los caballeros y luego los "sargentos" y los hermanos asociados. Está documentada la presencia de hermanas asociadas, sobre todo en Cataluña, y hubo un convento de monjes templarias en Mühlen.

    Además de las Cruzadas, participaron en la lucha contra los mongoles en Europa Oriental y en la Reconquista de la península ibérica. A mediados del siglo XII estaban presentes en Portugal, Castilla y Aragón, donde castillos como los de Monzón y Peñíscola testimonian la importancia del Temple en España.

    Su declive sobrevino en 1291 con la derrota de los cruzados. La pérdida de Acre, capital del reino de Jerusalén, a manos de los mamelucos diezmó a los templarios y les obligó a refugiarse en Chipre.

    El Papa Nicolás IV achacó este desastre a la división entre las órdenes militares, y el deseo de que se unificaran y emprendieran una nueva Cruzada tendría mucho que ver con la persecución que sufrirían en Francia.

    La detención de los templarios en 1307 por orden de Felipe IV el Hermoso y el consiguiente proceso judicial que acabaría con ellos en la hoguera no fue seguida con el mismo celo en el resto de Europa, cuyos monarcas dudaban de las acusaciones de herejía presentadas en su contra, pero terminó con su disolución en 1312 y la entrega de sus bienes a sus rivales, los hospitalarios de San Juan.

    "¡La Orden del Temple no morirá nunca!", gritó en la hoguera el último gran maestre, Jacques de Molay, y acertó plenamente porque setecientos años después la Orden aún es objeto de controversia entre los historiadores y de fuente de inspiración para apasionantes relatos de ficción.

    De la leyenda templaria tiene buena parte de culpa una obra del siglo XIII, el "Parzival" de Wolfram von Eschenbach, inspirador del "Parsifal" de Wagner y el primero en relacionarlos con el Santo Grial.

    En las librerías, aupadas por el éxito de "El código Da Vinci", podemos encontrar más de trescientos títulos sobre el Temple, desde novelas y textos esotéricos a estudios científicos notables como la obra de la historiadora británica Helen Nicholson, "Los templarios. Una nueva historia" (Crítica), referencia ineludible para hablar de este tema.

    En "Jacques de Molay" (Aguilar) el argentino Marcelo dos Santos recrea de manera muy amena la figura del último maestre, mientras la editorial Siruela tiene en su catálogo el "Elogio de la Nueva Milicia Templaria", de Bernardo de Claraval.

    Para conocer el otro lado de los temibles cruzados es un clásico "Las cruzadas vistas por los árabes" (Alianza), de Amin Maalouf, y para recorrer los vestigios de la Orden en España hay una guía de "Rutas por la España de los templarios" (El País-Aguilar).


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