Andrés Henestrosa el hombre que dispersó sus sombras

Circulo de Oro 2021
/ 11 enero 2008

    Andrés Henestrosa nació el 30 de noviembre de 1906 en el pueblo de San Francisco Ixhuatán, en el Istmo de Tehuantepec, en el seno de una familia donde conviven las tres sangres de México: la india, la blanca, la negra, además de la huave y la filipina.

    Andrés dice en las primeras líneas de su autobiografía inédita; "Soy un grito: el grito de Martina Henestrosa al darme a luz repentinamente". Su madre fue una importante presencia en él y de ella aprende el zapoteco, junto con las tradiciones y leyendas indígenas.

    En el rancho de la familia, entre Ixhuatán y el mar, vive sus primeros seis años en descalza libertad y salvajemente asombrado por el vasto horizonte y las maravillas de la naturaleza que lo rodea.

    Andrés Henestrosa llega a la Ciudad de México el 28 de diciembre de 1922 a buscar a José Vasconcelos Calderón (1881-1959), entonces secretario de Educación Pública durante la presidencia de Alvaro Obregón, para pedirle una beca.

    Los primeros tiempos del joven Andrés en la ciudad fueron de aventura, azar, encuentros y lecturas afortunadas. Inicia sus estudios en la Escuela Nacional de Maestros, en la preparatoria y estudia leyes y letras en la universidad. A veces, sin tener qué comer, a veces sin saber dónde dormir, vive azarosamente.

    Andrés sale a flote gracias a la vivacidad de su ingenio, su lengua afilada y su gusto por la vida, ¡tremendo hedonista! desde entonces. Su prodigiosa memoria de trovador deslumbraba en fiestas y convivios, declamando poemas y coplas con singular naturalidad y talento.

    En 1929, Henestrosa publica su legendario libro "Los Hombres que Dispersó la Danza", veintiséis relatos ricos en sabiduría y magia, de los modernos zapotecos.

    En ese mismo año conoce a Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Celestino Gorostiza, entre otros. También hace amistad con muchos de los escritores refugiados republicanos que vienen a México y trata familiarmente a Diego y Frida, a Rosa y Miguel Covarrubias, a quienes acompaña en sus viajes al Istmo de Tehuantepec.

    En 1940, Andrés se casó con Alfa Ríos en Juchitán. Esa fiesta es una de las páginas más ricas en su vida y en las de la literatura mexicana. Su territorio común se afirma y amplía cuando en 1941 nace Cibeles Henestrosa Ríos, hija única de ambos, quien con gran devoción se ocupa del escritor, una vez fallecida su madre.

    En 1964 Henestrosa ingresa a la Academia Mexicana de la Lengua. El tema de su lectura de ingreso fue "Los hispanismos en el idioma zapoteco", discurso que es un alarde de conocimiento profundo de los pliegues y repliegues de que está hecha la identidad cultural y lingüística mexicana.

    Es uno de los últimos juglares, malabarista de la palabra y escritor de poemas, ensayos, canciones y corridos. Si bien la mayoría de las antologías poéticas no han sabido incluir sus versos, la tradición popular ha recogido sus poemas musicados.

    También escribe más de 20 mil artículos en columnas y secciones como "Alacena de minucias", "Reloj literario", "Divagar" en diarios como Novedades, Excélsior, El Universal, El Día, El Popular, unomásuno.

    En 1992 recibe el Premio Internacional Alfonso Reyes; en 1993, la medalla al Mérito Benito Juárez, entre muchos premios, reconocimientos y galardones. En 2001, Andrés Henestrosa entrega a la ciudad de Oaxaca su vasta biblioteca, unos 40 mil volúmenes.

    En 2006, Andrés Henestrosa cumple 100 años y es celebrado y homenajeado durante todo el año. "No está en mis planes morir", comentó. Y es cierto; el narrador, periodista, político y poeta se había convertido ya en un "árbol centenario" de gran lozanía y lucidez.

    "Amo, sufro y espero, igual que todos los hombres. Pero, ¿qué espero? Nada, y como la nada no existe, existiré yo", afirmó el autor de "Los hombres que dispersó la danza" en aquel homenaje por sus 100 años.

    Lo que más le gustó fue vivir y no perdió ningún día de su vida. "No hay cosa que más ame que la vida, ni situación que más tema que la muerte. pero tenemos que morir, por eso debemos jugar al escondite con la muerte, burlarla hasta darle la vuelta... No pienso morirme, no está en mis planes, está descartado".

    El argentino Leopoldo Lugones escribió: "Pasó Grecia, pero quedó Homero. Los pueblos pasan, pero los hombres que dijeron una palabra hermosa, que dijeron una verdad, esos se quedan". Y Andrés Henestrosa, el hombre que durante más de un siglo dispersó sus sombras... quedará por siempre en el corazón.

    La obra de Henestrosa

    Dentro de su vasta obra destacan los relatos "Los Hombres que Dispersó la Danza" (1929), "Caminos del Corazón", "Los Hombres que Dispersó la Danza y Algunos Recuerdos, Andanzas y Divagaciones", reedición del Fondo de Cultura Económica de 1992, "Retrato de mi Madre" (1940), y "Cuatro Siglos de Literatura Mexicana", compilación que junto a Ermilo Abreu Gómez, Jesús Zavala, Clemente López Trujillo, publicó en Editorial Leyenda en 1946.

    También, "Los Cuatro Abuelos (Carta a Griselda Alvarez)", 1960; "Sobre Mí (Carta a Alejandro Finisterre)", 1936; "Una Confidencia a Media Voz (Carta a Estela Shapiro)", 1973, y "Carta a Cibeles", 1982. Estas cuatro cartas autobiográficas han sido reunidas en el volumen "El Remoto y Cercano Ayer".

    En 1972, bajo el título de "Obra Completa", apareció en un volumen todo cuanto hasta entonces había publicado Henestrosa, y posteriormente publica "De Ixhuatán, mi Tierra, a Jerusalén, Tierra del Señor" (1976) y "El Maíz, Riqueza del Pobre" (1981).

    La Jornada es un periódico mexicano de circulación nacional, publicado diariamente en la Ciudad de México. Carmen Lira Saade, periodista mexicana, es la directora del periódico desde 1996.