Enriqueta vuelve al "seno de la Madre", conoce sus poemas

Circulo de Oro 2021
/ 2 diciembre 2008

    Aunque este lunes dejó de existir Enriqueta Ochoa, su poesía queda en "El lomo de la vida" y para la "Eeternidad", como se titulan algunos de sus más famosos poemas. VANGUARDIA presenta a los lectores una compilación de algunos de sus mejores versos:

    Bajo el oro pequeño de los trigos

     

    Si me voy este otoño

    entiérrame bajo el oro pequeño de los trigos,

    en el campo,

    para seguir cantando a la interperie.

    No amortajes mi cuerpo.

    No me escondas en tumbas de granito.

     

    Mi alma ha sido un golpe de tempestad,

    un grito abierto en canal,

    un magnífico semental

    que embarazó a la palabra con los ecos de dios,

    y no quiero rondar, tiritando,

    mi futuro hogar,

    mientras la nieve acumula

    con además piadoso

    sus copos a mis pies.

    Yo quiero que la boca del agua

    me exorcise el espíritu,

    que me bautice el viento,

    que me envuelva en su sábana cálida la tierra

    si me voy este otoño.

     

    -0-

     

    Eternidad

     

    La eternidad mece, ondula,

    abre de par en par su túnica de viento;

    en el espacio de su seno esplende

    una constelación de luz acumulada.

    El Padre la detiene. Un instante

    mete su mano turbulenta hasta la entraña

    y la abre sobre la piel del mundo.

    Un alud de semillas caen, parpadeando.

    Se fecunda la tierra. Cada segundo se fecunda.

    El hombre entra a la prisión de su cuerpo

    doblada la cerviz

    y vuelve a tirar de sí, uncido al yugo de la vida,

    hasta que aspira el Padre

    y volvemos al seno de la Madre.

     

    -0-

     

    El lomo de la vida

     

    Tras la reclusión vino de improviso la luz.

    Deslumbrada,

    llegué al núcleo de un violento avispero.

    Ajena a la concesión estudiada,

    inoportuna,

    con la simplicidad del que ignora

    el aguijón de la insidia,

    pasé la mano, sin malicia, por el lomo de la vida.

    Dios mío, qué brutal quemadura.

     

    -0-

     

    Sin ti, no

     

    Sin ti, no.

    Sin ti, ni un paso más.

    Ni al pasado ni al olvido ni al futuro.

    Sin ti sólo el grito con lágrimas,

    agazapado, trizándose la lengua,

    esperando el minuto distraído

    en que me saltaré las sienes

    una tarde de otoño;

    en una de esas fugas del misterio

    en que Dios se descuida, sin quererlo.

     

    -0-

     

    Las Vírgenes Terrestres

     

    Para Marianne, mi hija

     

    En vano envejecerás doblado en los archivos:

    no encontrarás mi nombre.

    En vano medirás los surcos sementados

    queriendo hallar mis propiedades.

    No tengo posesiones.

    En cambio,

    es mío el sueño de los valles arrobados

    y mío el subterráneo rumor de la semilla.

    Si me extraviara a tientas en la oscuridad,

    ¿cómo podrían llamarme y entenderles?

    Llámenme con el nombre

    del único incoloro vestido que he llevado:

    el de virgen terrestre.

     

    I

     

    Duele la tierra henchida de vigores

    sollamando la frente,

    quemando las entrañas.

    Todo mi nombre dentro se me rompe de odio.

    Odio a la puerta en mí siempre llamada,

    odio al jardín de afanes desgajados

    entre el sol y la muerte.

    Por encima de las colinas arde la luz.

    El tiempo se deshoja

    y yo envejezco aquí traspasada de urgencias

    frente a la puerta hermética.

    Soy la virgen terrestre espesa de amargura,

    desolada corriendo

    del reguero de impactos en mi pulso.

    Ya no me soporto en las grietas de la espera

    ni el sopor del silencio.

     

    II

     

    ¡Mentira que somos frescas quiebras cintilando en el agua!,

    que un temblor de castidad serena

    nos albea la frente;

    que los luceros se exprimen en los ojos

    y nos embriagan de paz.

    ¡Mentira!

    Hay una corriente oscura disuelta en las entrañas

    que nos veda pisar sin ser oídas

    y sostener equilibrio de rodillas

    con un racimo de luces extasiadas

    en el pecho.

     

    III

     

    Dicen que una debe

    morderse todas las palabras

    y caminar de puntas, con sigilo, cubriendo las rendijas,

    acallando al instinto desatado,

    y poblando de estrellas las pupilas para ahogar

    el violento delirio del deseo.

    Pero es que si el cuerpo

    pide su eternidad limpio y derecho,

    es un mordiente enojo andarle huyendo;

    dejar su temblorosa mies ardiendo a solas

    sin el olor oscuro de los pinos.

    Siempre cerrada, ignorando cómo se desgaja

    el surco dorado ante la siembra;

    de tumbo en tumbo,

    cerrados los sentidos

    y alumbrándose a medias.

     

    IV

     

    Viejas causas, cánones hostiles,

    fervorosos principios maniatándome.

    ¿Sobre qué ejes giran que me doblan

    a beberme la muerte en la conciencia?

    Yo me miro y no soy sino una cripta en llamas,

    una existencia informe, sonámbula,

    cargada de fatiga.

    ¿Es lícito permitir que se extinga

    en servidumbre enferma

    el bárbaro reclamo que nos sube

    de abordar a la tierra por la tierra?

     

    V

     

    En esta brava inmensidad

    no logran retenerme los desvaríos blandos

    o el ímpetu del sueño.

    La tierra es ruda, trémula, ardorosa,

    y se me expande dentro.

    El vértigo sanguíneo esplende

    arrebatando al canto

    y ni le puedo contener el paso

    ni sustraerme a los labios

    que me caen al papel como dos brasas.

     

    VI

     

    Pienso en las abastecidas, las satisfechas,

    las del ancho mar;

    las que reciben el regocijo vital de las corrientes

    ?cauces donde la vida vibra y eterniza.

    Pienso en las abastecidas

    y me irrita el despecho

    de mi roja marea sofocada;

    de no encontrar la presencia de Dios

    por ningún ángulo

    y andar de pueblo en pueblo emblanquecida de miedo,

    de pasión y de tedio,

    sepulto el corazón bajo el hollín

    de todos los recelos.

     

    VII

     

    Te rindo y te maldigo gran olor de la tierra,

    tempestad original,

    relámpago dulcísimo de muerte.

    Te maldice el temor

    de ver que Dios no acierte a descifrar mi nombre:

    porque yo, la que soy,

    no asisto ni en el monte Tabor

    para el desposamiento en brillos

    ni escalo

    por los peldaños de la sangre al sol.

    Dije que era un vaivén de ola sombría:

    la ola de las vírgenes terrestres,

    las que no recibimos más nombre

    que el que nos dieron niñas en la pila;

    y cuando Dios nos llame

    no podrá encontrarnos.

    Dirá: las innombradas,

    los desvaídos soplos, los desplomes silentes,

    las estepas perdidas bajo esfumino duro.

    Y nosotras, cubiertas de humo en las honduras

    de un país olvidado,

    vocearemos respuestas en remolino cálido,

    arderemos los montes,

    alzaremos los brazos con furia atropellada,

    y todas en un grito hendiendo los contornos

    serpentearemos secas, deshechas de agonía.

    Pero inútil, inútil,

    porque a la tierra estéril

    no se le oyen los labios.

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