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Hércules, un pueblo que va quedando solo

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En el lejano pueblo de Hércules, en Sierra Mojada, los bancos se fueron, la radio dejó de sonar, la panadería, el cineteatro, la central de Telégrafos y el estadio cerraron. Desde la crisis de Altos Hornos de México, este pueblo coahuilense poco a poco se va quedando solo.

Son casi las 9:00 de una tibia, pero airosa mañana de finales de marzo en el campamento que los huelguistas instalaron a las afueras de la planta de fierro, desde que la planta de fierro paró, que la planta de fierro cerró.

Aunque campamento es mucho decir, porque en realidad el campamento no es más que un cuarto mínimo, hecho de paredes de maderas viejas, techo de zinc, la lona - escudo del sindicato, una mesita y unas cuantas sillas, que los mineros levantaron cuando acá estalló la guerra.

Dentro del cobertizo hay mesas con profusión de trastos que los trabajadores sacaron de sus casas, una parrilla de dos pilotos a gas, una cafetera, trastos.

Es la hora del desayuno y Francisco, el cocinero oficial del grupo, parte con un cuchillo sobre una mesa tembleque las verduras para el caldo, un caldo de mollejas, menudencias y patas de pollo que los trabajadores tendrán hoy por todo almuerzo.

“Poco de eso y poco de lo que nos cae”, suelta Norberto Monreal Gutiérrez, el secretario general local de la Sección 265 del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM), en Mineral de Hércules, Coahuila.

Y suelta que los ejidatarios de las rancherías cercanas les traen de lo que tienen, a veces jabalí, a veces venado, de lo que tienen, para comer, mientras resisten en el movimiento.

“Es la carne más sabrosa oiga porque no tiene... Es vitamina porque comen puras raíces, nopal, lechuguilla, maguey. La hacemos en caldillo, para que nos alcance pa todos”, dice Norberto.

Y yo me quedo pensando que si eso no es solidaridad, entonces qué es. Más tarde alguien me contará que la gente de esta región es de carácter duro, pero desprendido.

Así ha sido durante los últimos tres años que la empresa Altos Hornos de México, (AHMSA), y su subsidiaria Minera del Norte, (MINOSA), de Hércules, suspendieron labores y salarios, y ellos, los mineros, se plantaron, primero en la caseta de vigilancia, a la entrada del poblado, y luego a unos metros de la puerta 1 de la compañía, que es Protección Industrial.

“Nos pidió el sindicato que teníamos que estar en la puerta 1. Una huelga se tiene que llevar en la entrada de las instalaciones de la empresa, no del pueblo”.

$!En el campamento que levantaron los trabajadores desde la quiebra de Altos Hornos de México, se mantiene la unidad y la solidaridad entre la gente que se resiste a irse.

ABANDONARON EL PUEBLO

Es martes, primer turno de la guardia, y a mí me desconcierta ver solo a cuatro hombres apostados en el campamento, Norberto Monreal, Juan Martín García, José Fidencio Ponce y Francisco Dávila, que no es minero, sino el antiguo dueño de un negocio de abarrotes, frutas, verduras y comidas, amigo de los huelguitas, que se ofreció voluntariamente a servir de cocinero apenas estalló el paro, pero de él hablaremos más abajo.

“Ahorita nomás estamos nosotros cuatro, otros vienen de segunda, otros al turno de tercera. Somos como unos 20”.

Norberto me cuenta que meses atrás llegaron a engrosar el plantón más de 100 trabajadores, pero que la mayoría, como tantas familias en Hércules, Sierra Mojada, Coahuila, decidió migrar, para buscarse la vida en otros lares.

Entonces recuerdo lo que me dijo un señor que cuida un hotel, donde ya no hay huéspedes ni recepcionista carabonita, el señor que también vende tamales estilo Veracruz en el estacionamiento de una gasolinera sin fila de autos, a la entrada del pueblo.

“Pos es que esto ya se hizo muy largo oiga, y la gente necesita comer”.

La empresa dejó de pagar salarios, suspendió labores, a las familias de los mineros se les agotaron sus reservas de dinero y muchas mejor se fueron, optaron por mudarse del pueblo.

Y recuerdo que semanas antes de mi entrada a Hércules porque, como dice el cronista argentino Martín Caparrós, a este pueblo no se llega, sino que se entra por una caseta con pluma y vigilante, Abraham Regino García, otro minero, me había narrado el éxodo de gente en caravanas de trailas y camiones de mudanza, y yo me imaginé una marabunta huyendo en tropel por el semidesierto.

Detrás del campamento se miran las naves de concreto, rectangulares, grises y azules, que albergan las oficinas generales de la planta y sus departamentos; más detrás la cordillera, el cielo, el páramo, la nada.

En esta mina laboró Norberto por más de 30 años.

Su último puesto, me cuenta, fue como operador de ciclones y bombas de lodo, un trabajo rudo.

Le digo a Norberto que me gustaría dar un recorrido por el caserío de Hércules, pero antes Norberto quiere saber en cuánto tiempo es que estará listo el caldo de mollejas, Francisco, el cocinero, responde que en un par de horas, y sin más partimos en el vehículo.

Avanzamos por un camino polvoso entre contornos de montañas lejanas, bajo un cosmos índigo sobre el que revolotea una nube plomiza, gorda, grumosa, que tiene la forma de un animal, un monstruo mitológico, acechante, como si amenazara arrojarse sobre nuestra cabeza.

Pero acá ya no hay radio ni nadie que dé el pronóstico meteorológico.

Penetramos en el desierto y a mí, no sé por qué, me viene a la mente lo que le leí en una monografía sobre Sierra Mojada que pintaba a este territorio como feroz, un territorio donde ni los buscadores de minas, aventureros, capitanes de presidio o contrabandistas de finales del siglo XVlll, se atrevían a incursionar por miedo a los indios bárbaros que poblaban esta región, situada al oeste de Coahuila, en las profundidades mismas del Bolsón de Mapimí.

El desierto aquí es un continuo llano erizado de cerros de tierra ocre, los terreros, resultado de años y años de fiebre por horadar el suelo, en busca de las codiciadas vetas de fierro que hasta hace muy poco movían la vida en Hércules.

Norberto dirá que el costo ambiental de esa bonanza son los cerca de 10 tajos, esos huecos enormes y profundos en la tierra, de los que se extraía el mineral, y que miran como heridas abiertas hacia el cielo de Hércules, las heridas abiertas de Hércules.

A las 10:00 el pueblo de Hércules, anchas calles sin carros, sin gente, sin ruido, aceras de casas achaparradas, solitarias, colores tenues, opacos, peludos fresnos aquí, otros más allá, parece que duerme una eterna siesta.

$!Las maquinarias pararon en el pueblo de Hércules y muchas familias decidieron migrar y abandonar la comunidad.

¿UN PUEBLO FANTASMA?

Pienso que Hércules sería en sí mismo, cuando menos hoy, un lugar común, el lugar común de pueblo fantasma.

Y pensaba ponerlo así en esta crónica hasta que mientras escribo Lluzia Obregón, una guanajuatense de San Diego de la Unión, otrora encargada de llevar la imagen corporativa de la empresa, me cuenta del linchamiento social al que se enfrentó cuando un periodista que la entrevistó le atribuyó lo de que Hércules es un pueblo fantasma.

Ella jura que no lo dijo así.

“Lo pusieron como ‘Hércules el pueblo fantasma’ y pensaron que yo había dicho eso. Se me vino encima toda la gente. No, no es un pueblo fantasma, sí hay habitantes”.

De pronto un caminante asoma por una esquina como un espejismo, y Norberto que ha descendido del coche para enseñarme algo, lo saluda.

“Es un vecino”, me dice y eso es todo.

El vecino es uno de los pocos habitantes que ya quedan en Hércules, uno de los ocho mil o seis mil 500 que había, nadie lleva un registro exacto, y que tras el colapso de AHMSA y su subsidiaria MINOSA, se fueron.

Los radicales afirman que falta el 90 por ciento de la gente, los conservadores que el 70, no hay consenso.

Y yo calculo mentalmente que si eran ocho mil almas y se fue el 70 por ciento, debe haber en el pueblo unos dos mil 400 aldeanos, pero que si se fue el 90 viven solo unos 800.

Y yo calculo mentalmente que si eran seis mil 500 mil gentes y si se fue el 70 por ciento, quedan en el pueblo unos mil 450 cristianos, pero que si se fue el 90 habrá unos 650.

Vaya a saber.

Los del pueblo de Hércules solo dicen que se fue mucha gente, que hay muchos que ya no están.

“Unos se fueron a Chihuahua, otros a Camargo, a Delicias, a Torreón, Monclova, Ciénegas, todo eso. Era gente de todos esos rumbos. Había mucha gente de Sierra Mojada, de Alicante, de San José de Carranza... Teníamos de aquí de los ranchos”, detalla Norberto.

Pero antes aquí no era así, antes aquí no estaba así, antes aquí hubo un pueblo vivo, oigo que me dice por el auricular el padre Ariel Martín Cortés Rodríguez, en llamada desde la Ciudad de México, a cientos de kilómetros de Hércules.

“El pueblo completo, mucha gente, muchos habitantes, una vida muy llevadera, una comunidad muy alegre. Los jóvenes en la plaza, la gente caminando por sus alrededores. Se veía mucha vida en el pueblo”.

El padre Ariel había llegado al mineral en diciembre de 2022, la víspera de la caída de la siderúrgica más importante del país.

A él le tocó pasar la época más dura de la debacle en el pueblo, y luego contemplar de cerca la diáspora en columnas de sus moradores.

“Y eso entristecía a la comunidad, a los que seguían ahí. Era algo que decían cómo, y ahí va una camioneta cargada de muebles y ya va otra detrás de ella. La cosa empezó a cambiar mucho. De ese pueblo alegre, empezó a mirase un pueblo con tristeza, un pueblo que empezaba a perder sus esperanzas”.

El trabajo del padre Ariel en esa época fue brindar acompañamiento a la comunidad, que la comunidad se supiera acompañada en medio de la tormenta.

“Era reanimarla, motivarla, buscar la manera de que sintieran que no estaban solos, y se agarraron de la fe”.

Me figuro a la gente, los hombres con sus cascos de minero, sus herramientas de minero, yendo en procesión por las calles de Hércules, pidiendo a los santos que la mina se reactivara.

“La gente mantenía esa fe viva y esa esperanza de que un milagro pudiera cambiar la historia del pueblo, pero no fue así. Mientras más pasaba el tiempo, más difícil se iba tornando la situación. Vimos cómo se fue cerrando todo”.

$!Menos de mil habitantes quedan en Hércules y esto se refleja en los diferentes sitios abandonados.

OTROS TIEMPOS QUE YA NO EXISTEN

Rodamos algunas cuadras, las cuadras por donde todavía hace tres años se miraba gente yendo y viniendo del trabajo, la escuela, la compra, la iglesia, charlando, quitándose el sol a la sombra de los fresnos, tal vez.

En lugar de eso, de tanto en tanto nos sale al paso una jauría de fieros perros vagos persiguiendo el compacto.

Los canes gruñen y ladran tercos, insistentes, obsesivos, como si quisieran desterrar para siempre del pueblo a los desconocidos intrusos.

Norberto dice que son los perros que quedaron abandonados cuando sus dueños partieron al exilio, que los dejaron, que no quisieron, que no pudieron llevarlos con ellos.

“Se fueron las familias y dejaron muchos animalitos. Aí sobreviven de lo poco que les da uno”.

Norberto señala ahora cuatro bloques de pequeños apartamentos enfrentados. Una suerte de palomares de un tono amarillo deslucido y que acá se les conoce como “colectivos”, las chabolas o barracas de un solo cuarto, donde se hospedaban los trabajadores o contratistas de la mina que llegaban a Hércules a vivir solos o con pareja, un crío.

Como estos colectivos he visto varios dispersos por el pueblo, deshabitados, la pintura borrosa, la hierba crecida.

“Antes todo estaba ocupado, todas las casas”.

Dice Norberto y habla de otros tiempos que ya no son, que ya se fueron.

“Había mucha abundancia, la mera bonanza de Hércules fue en los 90. En ese tiempo rompíamos récord de producción, de calidad casi cada mes en la planta. Ganábamos muy bien. Mire ya nomás en este colectivo queda una persona creo por ahí. Ya hasta entraron y se robaron las cosas”.

-¿Quién?

-Esa es la gran pregunta. No sabemos si gente de aquí o de fuera.

Evoco entonces lo que me platicaron los trabajadores en el campamento hace un rato sobre que los únicos tres policías municipales que están para cuidar el orden en el pueblo, sirven también de custodios o guardias industriales a la empresa.

-¿Y eso está mal?

-Pues sí, dijo Norbeto.

Tomamos por una calle flanqueada de casas bajas y cuadradas, ventanita, puerta con mosquitero, jardincito exterior, seco o con árboles que claman ser esquilmados, antenitas de televisión en la azotea, no todas, y aparcadero.

Dentro, imagino, pegados a las paredes los ecos de las voces que, en un ayer no muy lejano, las habitaron.

Norberto dice que son las casas de las familias de los trabajadores de la minera, de los empleados de oficina, aunque decir que son de ellas es eso, un decir, porque todo lo que hay en el pueblo, sus viviendas, edificios, bodegas, iglesias, escuelas, calles, árboles, agua, el pueblo mismo hasta la piedra última, y acaso el aire que se respira acá, son propiedad de la empresa.

“La empresa construyó todo. Yo como trabajador después de seis meses tenía derecho a que me proporcionaran casa con todos los servicios. La ocupaba mi tiempo laboral en la empresa. Si terminaba mi tiempo laboral, que renunciaba o que me corrían, tenía 40 días para entregar la casa. Sacaba los muebles, entregaba la casa y se la daban a otro”.

Ya luego, relata Norberto, la minera les prestó terrenos, prestados, y los trabajadores construyeron su morada a su gusto y con su propia plata.

“Pero al tiempo nos corrían, querían que vendiéramos la casa a otro trabajador. Se pusieron muy roñosos, que la empresa tenía que poner el precio para poderla vender y que tenía que venderse a un trabajador de la empresa, no a gente externa”.

Norberto, originario de Nuevo León, había llegado del Estado de México a Hércules como empleado de una compañía perforadora que hacía hoyos en la tierra para sacar agua potable. Ya luego se quedó a trabajar en la mina.

“Empezábamos como peón y luego ya pasaba a ayudante, luego ya a operador de tercera, operador de segunda y luego ya a la categoría universal, que era la máxima categoría del personal sindicalizado”, explica.

Andando los días construyó una casa a las orillas del pueblo, en un lote que le presto la empresa, otra en Monterrey y se hizo de dos trocas.

“Me vine yo soltero, luego ya nos casamos y me la traje a mi esposa”.

$!Mientras antes había barullo y movimiento, ahora sólo silencio. Poco a poco la postal es la de un pueblo fantasma.

UN PUEBLO QUE TENÍA TODO

Lluzia Obregón, quien en otro tiempo fuera la responsable de llevar la imagen corporativa de la minera, está platicando, a la distancia, del pueblo cómodo, tranquilo y seguro que era Hércules cuando ella llegó contratada por AHMSA, en 2013, para encargarse de la estación de radio, dos periódicos y todo lo que incumbía al área de comunicación social.

Lluzia dice que Hércules era un buen vividero.

“Ahí teníamos todo, tiendas, la clínica... La luz y el agua eran servicios que nos proporcionaba la empresa. La renta 150 al mes, y no a todo mundo se le cobraba renta”.

En pandemia home office y sus sueldos intactos, dice.

Hasta que todo salió de control por la falta de pagos de la empresa y la lucha entre sindicatos.

Lluzia acabó por irse y con ella mucha gente.

“Todas las empresas, todos los contratistas se fueron”.

De marzo a julio de 2023 el pueblo se vació, se quedó vacío.

-¿La indemnizaron?

-No, nada, igual que a todos. Me dolió mucho todas las personas que fallecieron sin haber resuelto el dejar bien a su familia. Muchos que se habían jubilado, no les dieron la jubilación, se quedaron los hijos estudiando. Tantos años trabajados en la empresa, eso es lo más triste que nos ha pasado, le gente que se fue con esa angustia...

Mediodía, y al menos hoy Hércules no es como esos ranchos donde siempre se encuentra gente a quien darle las buenas tardes, gente que sale a la puerta a mirar, a curiosear a los forasteros, a despejarse, a tomar el fresco, quizá.

Hércules recuerda más a esos pueblos de las películas del oeste, asolados por los tiroteos, el miedo, toque de queda incluido.

Y aunque son vacaciones de Semana Mayor y algunos pobladores han salido para visitar a sus familiares, dice Norberto, aquí siguen quedando muy pocos.

En la lejanía el canto de un gallo y el gorjeo de un pájaro avisan que Hércules es un pueblo de seres vivos.

$!El dueño de la panadería del pueblo ya migró a Camargo, Chihuahua, como muchos otros lugareños.

Este es el Centro de Capacitación, dice Norberto, justo cuando pasamos frente a una construcción donde antaño hubo barullo, movimiento, gente, ya no.

“Tiene cerrado desde 2019, era de Minera del Norte. Cuando llegaba equipo nuevo ahí nos capacitaba la empresa que lo vendía, se encargaba de darnos capacitación”, apunta Norberto como el aplicado guía de turistas que repite de memoria el guion estudiado.

Arribamos a una especie de plazoleta que de lejos parece insulsa, pero que de cerca atesora los inicios de la pujante historia del Mineral de Hércules: la primera máquina de perforación que inauguró a Hércules como la veta de fierro que daría auge y progreso a este desierto, desde su nacimiento en los años setenta, hasta hace no mucho.

Y yo me siento como en un gran museo viviente, la maqueta gigantesca de un pueblo o un parque temático a gran escala.

Acá es el módulo de visitas de la empresa, donde se hospedaban los visitantes a la planta, que les daban comida y hospedaje. Ya tampoco hay nada, nadie, refiere Norberto.

En algún momento de la travesía, cruzamos sobre unos rieles de ferrocarril por donde ya no pasa ningún tren. Norberto me cuenta que en un tiempo estas vías se usaron para transportar en tres vagones a Monclova la chatarra que sobraba de la minera.

Me trae ahora hasta una armazón acristalada, la guardería que no hace mucho puso la empresa para los hijos de sus trabajadoras.

La placa en la fachada dice que se abrió en 2012, y la manta en el lobby que dice “Feliz día de Reyes”, indica que probablemente cerró, para no abrir más, a comienzos de 2023, la antesala del paro.

“La empresa se encargaba de darle mantenimiento y todo. Acá están las canchas”, menciona Norberto.

La de voli, aquí jugaban voli, la de básquet, se hacían torneos, hasta que no hubo más afición ni jugadores.

Imagino las porras, la bulla, resonando en todo Hércules. Ahora es el mutismo.

“Llegué a tener hasta 24 personas: ocho médicos, siete enfermeras, farmacia, química, dentista, intendencia... En todos los departamentos iba haciendo acomodos la empresa, no soy el único. Yo creo que venía batallando la empresa, ya se le veía, uno lo notaba como desde 2019.

“Y ya al final éramos como unos 18, 17, porque había aparte paramédicos de las ambulancias. Claro, se fueron todos mis compañeros... ¿Quiere pasar a mi consultorio?”, me pregunta Rafael Núñez, el director de la clínica de Hércules, también propiedad de AHMSA.

“Director médico y todo lo que le ponga. Le digo es que ya no quedaron compañeros, o sea todos se fueron”, corrige el doctor.

Todos se fueron, dice, él no, y ahora oficia de médico honorario porque la compañía, lo mismo que al resto de los trabajadores del pueblo, ya no le pagó, ya no le paga.

Sobrevive de la ayuda que le da su familia, aclara, “y la de Dios, que no falla”.

“Le comentaba al señor que gracias a Dios y a usted que no nos ha abandonado...”, comenta Norberto.

“Gracias a Dios, más bien”, dice Rafael.

Y dice que este centro de salud es el único apoyo en 100 kilómetros a la redonda que separan a Hércules de Sierra Mojada por un camino escabroso, y en 160 kilómetros que separan a Hércules de Camargo, Chihuahua, por una bien planchada brecha.

En la clínica, pisos lustrosos y paredes impolutas, huele a desinfectante, a antiséptico, a limpio.

“Yo mismo voy limpiando por partes. Es como le digo a la gente, llegan y timbran y me detengo, se van y le sigo donde me había quedado”.

En promedio atiende del diario a unos 10 pacientes, lo típico: enfermedades respiratorias y crónico – degenerativos, diabetes, hipertensión.

Aquí es la farmacia, acá es sonografía, donde se revisa a las embarazadas, unas cinco que ya quedan en el pueblo, esa era el área de psicología, va diciendo el doctor Rafael.

-¿Hasta psicóloga había?

-Había...

Esta es al área de quirófano, “para una exploración, chica eh”, el área de hospital, infantes, pediátrico y cuneros, archivo, rayos x.

“Estos son consultorios, pero ya no se están utilizando...”.

$!La escuela, la alberca, el cineteatro, las tiendas, la panadería, todo en Hércules va quedando abandonado.

UNOS SE VAN, OTROS SE QUEDAN

Tumbados a la sombra de unos fresnos en un como parque, el grupo de hombres, cuatro o cinco, reposan el lunch.

Son mineros de la planta de fierro que fueron contratados por la municipalidad de Sierra Mojada, para realizar labores eventuales de limpieza en plaza y calles del pueblo.

La llaman “programa de empleo temporal”.

La paga es poca, dos mil 500 por quincena, si se confronta con los cinco mil pesos semanales que ganaban sacando metal para Altos Hornos.

Eso más los víveres que cada mes y medio o dos meses llegan del gobierno de Coahuila; eso, más la ayuda de mil 500 pesos que, allá cada y cuando manda el Sindicato Nacional para los trabajadores que permanecen en el campamento.

Entretanto los mineros resisten en su movimiento de huelga a mañana, tarde y noche, a la entrada de la compañía.

Los más viejos habrían dejado 30 o 40 años de su vida en Minera del Norte.

Abraham Regino García, uno de los más jóvenes, relata que ahora mismo los trabajadores tienen puesta una demanda contra la empresa.

Exigen les compense los salarios caídos, aguinaldos, vacaciones, de los últimos tres años, que juntos suman entre un millón y medio y dos millones de pesos por cabeza.

La querella está en los Tribunales Laborales de Asuntos Colectivos en Torreón.

Solo que, aclara Regino García, en el pleito, que fue promovido por el Sindicato Nacional Minero de Napoleón Gómez Urrutia, al que ellos pertenecen, entraron apenas 190 afectados, de mil siete que son.

“A unos les habló el sindicato charro de la empresa, mal llamado Democrático, porque de democrático no tenía nada, y los amenazó, les dijo ‘no metan demanda, que al cabo que esto se va a arreglar’. A otros les decía ‘no metas demanda, sino la empresa te va a ver mal’. Y muchos no se animaron”.

Que no se animaron, dice Abraham Regino.

Y dice que algunos de los que se quedaron en Hércules han conseguido a precio caro el sustento en los campos menonitas cercanos, unos en la cosecha, otros en el cuidado de animales, de sol a sol, por 35, 40, 45 pesos la hora.

“Los menonas sacan mucho provecho de la gente”, dirá Norberto.

-Sí, yo soy Christian...

Responde el padre Christian Andrés López Uribe y su voz resuena en la vastedad de la cúpula que es el templo de San Cayetano, con su cristo, sus flores, los cirios, su Guadalupana, bancas vacías, el silencio.

Hace casi un año que Christian llegó a la comunidad, después que la capilla empezó a quedar sola y en lugar de tres misas dominicales a reventar, ya solo se celebraban dos apenas con la mitad de los fieles a un santo al que, según la leyenda, se debe el milagro de haber descubierto la veta de fierro en Hércules: San Cayetano.

“Dicen que andaban explorando para encontrar el yacimiento de fierro, y entonces no traían nada bueno los barrenos de exploración. Al último el perforista, el encargado del proyecto, dijo ‘aquí mero vamos a dar para ver si sacamos algo’, y puso la imagen del santo y ahí fue donde encontraron el yacimiento de fierro, y ya todos los barrenos empezaron a dar puro positivo. Dijo ‘vamos a encomendarnos a este santo y vamos a darle’. Por eso es el patrono”, me contará el minero Abraham Regino.

El padre Christian dice que ciertamente la gente ha migrado del pueblo.

Todavía cuando él llegó personas se presentaron en la capilla para que les diera la bendición en su viaje.

“Para decirme ‘padre nos vamos a retirar porque ya tenemos otro trabajito en otra región’. El trabajo es parte... Sin embargo, aquí la situación ha provocado que las familias se estén dividiendo. Las mujeres y los niños se tienen que quedar, los hombres tienen que emigrar”.

$!La entrada a la mina de Hércules comienza a deteriorarse. Hay un grupo que tiene una demanda contra la empresa, sin tener todavía una resolución.

HAY ESPERANZA

Parece, dice Christian, que la crisis ha vuelto más recia, más dura, a la gente de acá, pero hay esperanza.

“A pesar de la situación, las personas han estado viendo esta realidad con ojos esperanzadores. Ya les es difícil sacar sus emociones, pero no en un sentido negativo, dicen ‘no puedo verme entristecido ni puedo verme derrotado. Necesito sacar fuerzas para sacar a mi familia adelante’”.

Y pienso que la fe debe ser algo como esto, el pueblo rezando a San Cayetano, el hombre providente que intercede siempre ante Cristo por sus hijos, suplicado por otro milagro.

“San Cayetano ha hecho tantos milagros aquí. El primero que he visto es que la gente, y hasta un servidor, no nos hemos quedado sin un plato de comida, a pesar de la situación que ahorita se está viviendo”.

De vuelta al campamento Norberto, José Fidencio, Juan Martín y Francisco, el cocinero, conversan sentados a la mesa frente a cuatro cuencos hasta el borde de caldo de mollejas, en el centro tortillas y una sartén rebosante de arroz rojo.

Los hombres cuentan historias de disputas gremiales, represiones, amenazas, paros, venganzas consumadas, destierros.

A Francisco la empresa le cerró con soldadura las puertas de su negocio de carnitas, abarrotes, frutas y verduras, como represalia por llevar comida a los mineros cuando lo de un paro en 2017, que los trabajadores reclamaban el pago de utilidades justas.

Norberto recuerda que durante aquel plantón la compañía les cortó el agua, la luz, cerró la clínica, el comedor se los cerró.

A Norberto lo obligaron a clausurar su tienda, también de abarrotes, por apoyar el movimiento y combatir al sindicato de la compañía.

“Me dice un proveedor, ‘le tengo una mala noticia’, le digo ‘¿qué?’, ‘ya nos dijeron que no podemos surtirle a usted’”.

Días después Eladio Vázquez Solís, que entonces era el jurídico de MINOSA, le confirmó la orden del fin de su establecimiento.

“Dice ‘la orden es que cierres’, le digo, ‘pero son chingaderas’, dice ‘es la orden que tengo’. La empresa nos amenazaba con que si no apoyábamos al sindicato charro nos corría, y a muchos los amenazaba con correrle a los hijos, a los hermanos, a los familiares”.

Hasta que, en 2023, tras el paro de la acerera, los mineros lograron expulsar por la fuerza al Sindicato Democrático de Trabajadores de AHMSA, que en 2010 había desplazado al de Napoleón Gómez Urrutia.

Más tarde los charros, en colusión con policías, autoridades de Sierra Mojada y la empresa, intentaron tomar el pueblo, pero los trabajadores los sacaron.

Esta era la bodega Aurrera, era porque ya no es, ya cerró, ya no tuvo las ventas que al principio, fue faltando gente, faltando gente y cerró, se fue.

Dice Norberto cuando hemos reanudado nuestro recorrido por Hécules, después de la comida.

Este es el sindicato, está cerrado también. Los abogados han recomendado a los mineros no abrir, hasta que se arregle lo del conflicto con la empresa para evitar problemas legales.

“Ganas no nos han faltado de abrirlo y sacarle todo lo que haya de evidencias”, dice Norberto.

Este es el colectivo número 1, el más viejo, para los trabajadores que vivían solos. Ya no hay nadie.

Ah mire, aquí tenían la alberca, también la cerraron. Abría por estas fechas de calor.

Aquel era el cineteatro, con su proyector y todo. También cerró.

Más allá estaba la sucursal del Banco Afirme y ese otro era el Banorte, los dos se fueron, lo mismo que la central de Telégrafos.

Acá estaba XH-HCC, Radio Minera 97.3 FM. Hace tres años dejó de sonar.

La panadería esa que está cerrada era de un señor de un rancho que se llama La Palma, y que ya también se fue, pa Camargo.

Este es el colectivo 3, está abandonado ya no hay nadie ahí.

Este es el estadio de béisbol que los domingos de torneo se ponía a reventar. Ya está apagado...

Oigo que va diciendo Norberto, su voz es apenas un hilo de nostalgia que se diluye entre las ausencias de la tarde.

Reportero del Semanario Vanguardia. Ha incursionado en el género del reportaje, la crónica y el perfil, en el abordaje de distintos temas, sobre todo con un enfoque social. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila