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Pitoco, el titiritero que resiste al tiempo.

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Daniel Raúl Rodríguez Espinosa es el nombre detrás de Pitoco, un titiritero septuagenario del Centro de Saltillo, que de niño soñó con tener un espectáculo de marionetas... Hasta que lo tuvo, y se echó a las calles, donde se ha vuelto resistente a ellas ¿Puede un marionetista resistir al tiempo?

“No me culpes a mí, soy sólo una marioneta sin control de su sentir... No me culpes a mí, mami, yo soy sólo un pasajero con destino a ser feliz”.

Prince Boyce

“Culpa al corazón”.

-Yo no sé robar, no sé trabajar deshonestamente, nomás que bailar mis muñecos, y me voy a poner pa sacar pa comer... ¿de dónde más?

Dice Don Pitoco.

Su voz estentórea, retumba, hace eco, martillea, en toda la plaza donde ya casi no hay gente, pero hay, a pesar de la emergencia sanitaria.

-Tiene miedo Don Pitoco, ¿no?

-No, pos... sí... Cierto temor que ande uno bajo de defensas... Pero pos estando uno sano...

Suelta otra vez Pitoco, Daniel Raúl Rodríguez Espinosa. 65 años, hipertenso y propenso a la tifoidea...

Y cómo no, después de 30 años de fregar excusados en las primarias de Piedras Negras, el pueblo de Don Pitoco.

Porque El Pitoco es de Piedras Negras, del Barrio de La Acequia.

Un barrio muy pobre.

Cuenta El Pitoco, sombrero de palma, ojos chiquitos, barba entrecana de macho cabrío, púrpura paliacate, camisa chedrón, de cuero el cinto, vaqueros plomo y botas picudas.

Muy curro Don Pitoco.

Así, moreno, chaparrito, curtida piel.

Narra que a él siempre le ha gustado andar limpio.

-Una muchacha me dijo “oiga pos si usté tiene los ojos de color’, le digo ‘no, son las cataratas, por las cataratas se me hicieron como de color”, yo tenía los ojos cafés claros...

Dice El Pitoco y se apunta a los ojos entrecerrados, medio borrosos, el rabillo inyectado de sangre.

A veces a Don Pitoco se le empaña la vista y no ve.

Un doctor fue el que le dijo “tienes cataratas y son progresivas...”.

Pitoco ya lo sabía.

El Pitoco tiene cataratas, hipertensión, es proclive a la tifoidea, pero qué le va a hacer, dice.

Tuvo que salir, con todo y la contingencia, a bailar con sus ocho muñecos bailarines para sacar la papa.

Don Pitoco es titiritero, marionetista, artista urbano

Mil 300 pesos mensuales de pensión por trabajar 30 años limpiando wáters en las escuelas...

No la arma.

Le va a tronar.

Dice Don Pitoco, el ceño fruncido, pensativo.

$!Pitoco, Daniel Raúl Rodríguez Espinosa, nació en Piedras Negras, pero rápidamente hizo de las calles su escenario.

***

El Pitoco ha vivido tantos años en las calles, que ya se ha hecho resistente a ellas.

No hace mucho se quedó a dormir 15 días a la intemperie, con sus muñecos, junto a una bolería de un amigo bolero, una especie como de caseta, que está por la Sección Quinta, esquina Calzada de los Maestros y Emilio Carranza, en el Centro.

Allí iba y tendía unos cartones, hacía su cama, allí se quedaba...

Era diciembre.

Los comienzos del invierno.

Hacía un frío que serruchaba los huesos.

Y Don Pitoco agarró una neumonía que...

Ahora ya se queda en el Hotel Jardín, ese hotel para urgidos que está en el corazón de la Plaza Manuel Acuña, a la que le han puesto por sobrenombres de los güevones, de los pájaros caídos o de los enchilados, por ser sitio de ancianos retirados cuyo único quehacer es ir a sentarse en las bancas de los maceteros para mirar muchachas o ligar con las prostitutas que ahí paran y los dejan sin pensión.

Ahora El Pitoco tiene cable, una buena cama, y agua caliente.

Paga 200 pesos diarios por noche en el cuarto de hotel.

Pero como la cosa se ha puesto medio difícil con eso de la pandemia pos...

Don Pitoco ya debe mil 400 pesos de la habitación al administrador, que es su amigo y si se atrasa no le dice nada, pero...

Ya le pegará, nomás que le caiga lo de su jubilación...

En el Hotel Hidalgo, ese que esta arribita de la Plaza Acuña, la de los güevones, no se queda, no le gusta, dice Don Pitoco.

No, se mete mucha ralea...

-¿Cómo?

-Muchas mujeres que andan taloneando ahí en la Plaza Acuña

Y no...

Mejor no.

Dice El Pitoco y se ríe con una risa pícara, maliciosa.

En cambio, en El Jardín se quedan unos chavos cilindreros, la muchacha que vende pirulines en el centro, los hondureños esos que se visten como guajolotes, un bolero y Don Pitoco.

Pura gente bien.

$!En tiempos de pandemia, Pitoco se las vio duras porque la gente no salía y no le daba dinero.

***

Es domingo, como a las 4:00 de la tarde y la Plaza de Armas, que en otro domingo cualquiera, a esta hora, estaría a reventar, hoy luce desierta, muda...

Sólo unos pocos, solo unos cuantos...

Los que, como Don Pitoco, se han atrevido, sin cubrebocas, mascarilla ni guantes, a desafiar la emergencia.

Los que se sienten inmunes, intocables, que creen que no pasa nada:

Parejas de novios fajando en las bancas.

Familias con sus niños.

Uno que otro viejito.

Dos indigentes en silla de ruedas que se pasean por la explanada, esparciendo su hedor a orines añejos.

Un globero con sus globos de colores chillones.

Vendedores ambulantes de rosas, de bisutería, de empanadas, de todo...

Pero y qué van a comer, de dónde van a sacar pa la renta, el rentero no va a esperar a que pase la contingencia, no le importa.

Dirá una vendedora de paletas de caramelo que pasa con su hija, una niñita.

La niña hechizada, enajenada, embobada y embebida con los muñecos de Don Pitoco echados sobre una lona amarillo mostaza, sobre el suelo cacarizo, en el ala norte de la plaza, delante de los Arcos de la Independencia.

Al fondo las torres de la Catedral con sus campanas y sus campanadas de cuarto de hora.

La rola de Rigo Tovar, que emerge de la bocina grandota con la que Don Pitoco ameniza su espectáculo callejero de marionetas bailarinas, sacude la plaza toda, como un terremoto.

De repente en la feria de Matamoros, a donde llegaba Don Pitoco a bailar con sus muñecos bailarines, caían los gringos y “wow Rigou Tovar, Rigou Tovar”.

Cuenta El Pitoco.

Cae la tarde.

Parece que este día Don Pitoco y sus títeres bailarines tendrán poco público.

Se podría decir que casi nada.

Qué diferencia cuando Don Pitoco trabajaba en aquella carpa de víboras, en Valle de Bravo, que agarraba el micrófono y se ponía a anunciar a toda pastilla:

-Les estamos haciendo la más atenta y cordial de las invitaciones a todos los habitantes de este bello y simpático lugar, que venga a conocer lo que el mundo produce en las entrañas de la tierra: víboras vivas, venenosas y no venenosas, para que no le digan, para que no le cuentan. Venga a conocer la nauyaca, una víbora que ha nacido en México, muy parecida a la cobra, le apodan la cobra mexicana...

Relata Don Pitoco, la voz fingida, modulada, como de elegante presentador de feria.

Y entonces se juntaba un buen de banda.

Don Pitoco se cuajaba de monedas.

Pero entonces no había coronavirus.

La verdad es que a Don Pitoco siempre le gustó eso del micrófono.

Dice que no sabe por qué, a lo mejor el protagonismo, o sea, llamar la atención, ¿verdá?

A Don Pitoco le gusta ser protagonista.

Le gusta hablar.

Es una máquina de hablar y hablar y hablar.

Don Pitoco no habla, dispara.

Aunque el micrófono impone, no creas, revira.

En la carpa de las víboras empezó desde abajo, ¿verdá?, de chalán, hacía el aseo, vendía boletos...

-A mí lo que más me atraía era estar con el micrófono, le decía al chavo, “préstame el micrófono...”.

Luego se metía a mover las víboras, o sea era un peligro...

-No pos... ya es hora... deje las bailo.

Dice Don Pitoco y se va a bailar sus marionetas.

$!En días buenos, Pitoco puede sacar hasta 700 pesos, con los que se compra un pollito y paga la noche del hotel

***

En el escenario al aire libre Don Pitoco con sus marionetas del Chavo del Ocho, Jessie y Woody, de Toy Story, La Chilindrina, Cepillín, El Cholombiano, Rita La Rockera, Coco, baila que baila de un extremo a otro de la plaza.

“¡Bravo!”, grita El Pitoco cada vez que acaba el show.

Y sus escasos espectadores le aplauden con unos aplausos aguados.

Apenas unos cuantos.

Las calles que rodean la plaza, sin mucho tráfico.

La gente resguardada.

Como en tiempos de guerra.

Toque de queda.

Bombardeos.

Refugios antiaéreos.

***

A Don Pitoco unos tíos que eran sastres le enseñaron lo de la sastrería, a coser, a hacer cortes, a confeccionar ropa, le enseñaron.

-Mi mamá me mandaba a trabajar ahí con ellos, yo le decía “nombre ese trabajo es de mujeres”, como quiera me enseñé, nunca me gustó, y mira, ahora me ha servido...

Don Pitoco era un crío.

Y aprendió.

-No, a mí me apasionó esto desde chavío...

Dice que él desde plebito soñó con tener un espectáculo de marionetas.

Hasta que lo tuvo.

Y él mismo las formó, las construyó, las creó con sus manos, les dio vida, las vistió.

-Yo. Jugando hacía un muñequito y lo movía...

Dice Pitoco, la cara hinchada y henchida de orgullo.

Y se echó a las calles.

A la aventura.

Monedita de la calle recorrió casi todo el país con sus títeres bailarines.

$!Pitoco aprendió a confeccionar sus muñecos que le acompañan a todas partes. Desde niño quiso tener un espectáculo de marionetas y con el tiempo lo logró.

Si nomás que hace dos meses empeñó la máquina de coser que tenía, pa pagar el hotel.

Ya andaba muy atrasado.

-Esos días pos... se descompuso el tiempo...No la empeñé por perderla, la empeñé por necesidad.

Se excusa Pitoco.

Hará cosa de un mes que llegó a esta plaza, la Plaza de Armas, porque antes estuvo en la Plaza Manuel Acuña, la de los güevones, pero pos ya no.

-¿Por qué ?

-Empezó a estar tranquilo. El último día saqué 70 pesos, dije “no, ya me voy”, aquí como quiera he sacado hasta 500 pesos.

Come bien, va y se compra un pollito...

Paga los 200 del hotel.

Y todavía le queda pa almorzarse un tamalito.

Además, la Plaza Acuña lo estresa, dice Don Pitoco que esa plaza lo estresa.

-¿Sí?

-Muchos puchadores, muchas prostitutas, mucho teporocho y todo...

Un día que Don Pitoco bailaba sus muñecos en la plaza de los güevones cayó uno de esos, dice, huercos mariguanos: “Eh, no queremos tu música aquí compa, órale, pintándole, como vas compa...”, lo corrió.

-Le dije “mira, yo sé que ustedes andan moviendo la mota pa la clica de aquí”, le dije, “tú dices si le buscas ruido”, dice “no ta güeno, jefe, mis respetos, yo no quiero nada con usté”, y se fue...

Se creen los dueños de la plaza, dice El Pitoco.

Y por eso Don Pitoco se mudó de plaza.

Ya no estaba sacando gran cosa ahí y dijo “mejor me voy”.

Pero Don Pitoco no tuvo miedo...

No fue miedo...

Él por sus muñecos, amaga, se da un tiro con cualquiera.

-Aunque estén grandotes, el puto que se quiera aventar... que le brinque...

Dice Don Pitoco la mirada torva.

Una vez se fue de gira con sus marionetas a Tepito.

Y ahí... sí está gacho.

Puros cárteles...

Pero con sus muñecos hizo muchas amistades.

Se acercaban los narquitos y...

-¿Qué jefe?, ¿lo han molestado? No, no, no, no, cuando alguien le quite algo, de volada háblenos a nosotros, allá estamos en aquella esquina, mire... Luego, luego. “No”, les digo, “está bien, muchas gracias”.

Cuenta Don Pitoco y se acaricia la barba, como cerdas de brocha.

Al último en Tepito le robaron sus marionetas y Don Pitoco se vino pa Saltillo.

Antes El Pitoco había estado en Reynosa, con sus títeres, trabaja que trabaja.

En Reynosa.

Él es así, le gusta andar para acá y para allá con sus muñecos... Un marionetista trotamundos.

Duró un año.

Y nunca, pero nunca, tuvo miedo a las balaceras, que allá se han vuelto lugar común.

La gente está acostumbrada.

No tuvo miedo.

No.

Ni cuando él y sus marionetas quedaron en medio del fuego cruzado, durante un topón entre los guachos y unos malandros...

-En 2010 cierran una cantina que se llamaba “La Chiquita”, haz de cuenta que se vienen corriendo los que cuidaban la cantina esa, los viene siguiendo un helicóptero y un camión con soldados, los matan a medio camino y yo en la plaza, bailando mis muñecos, se oía el tronadero de balas, balacearon la presidencia, la gente que se arranca y me quedó yo solo. “En la madre”, dije. De repente ya estaba un soldado aquí, y yo “¿recojo o no recojo mis muñecos?”, y el soldado “¿tú qué?”, el soldado temblando, con miedo, es un ser humano, yo dije “por lo nervioso que anda me va a meter un plomazo”, le digo “yo bailo los muñecos compa”.

El guacho registró sus cosas.

Al final lo dejó ir.

Aquella vez Don Pitoco y sus marionetas se salvaron, sobrevivieron, la libraron...

Aquella vez.

$!Pitoco asegura que su trabajo es honesto, y que lo único que sabe hacer es bailar a sus muñecos.

***

Es la tercera o cuarta tanda de la tarde, y las bancas que están frente a los arcos de la Plaza de Armas, el escenario sin escalinatas, foro, techos, paredes ni luminarias de Don Pitoco, se han llenado de chicos que contemplan alucinados el espectáculo de las marionetas.

Si acaso alguno se levanta y corre a echar unas cuantas monedas a la cubeta amarillo canario, donde El Pitoco junta sus monedas.

-Ta bien tronado ahorita

Dice Pitoco cuando ha terminado la función.

Y se sienta a descansar en una de las bancas.

Saca unos globos largos y comienza a inflarlos con su bomba de mano, su bomba, que parece un cohete espacial en miniatura.

-Ya ves que los globos te los inflan con la boca los payasos, ahí también se puede transmitir el virus. Yo no, yo siempre me impuse a inflarlos con bomba y así es más higiénico. Trayendo las manos limpias y utilizando la bomba hay menos contagio...

Dice Don Pitoco al estilo de un experto en infectología.

Con los globos Don Pitoco forma un corazón, y luego una pareja de cachorros amorosos que van prendidos a los costados del corazón.

Los globos no se venden.

El Pitoco los regala a los chavalos que ven su actuación.

A veces le dan una moneda por sus figuras en globo, a veces nada.

Total...

Rumbo al final de la tarde Don Pitoco ha juntado sólo 193 pesos.

Siendo que en un día normal, sin coronavirus, sin contingencia, Don Pitoco ha llegado a sacar hasta 700 pesos y más.

Hoy sólo 193 pesos.

Ni para el hotel.

Pero no hay pedo.

Pitoco no se amilana, no se aflige ni se afloja.

-Le digo al administrador, “no te voy a pagar, pero el día último te liquido todo lo que te debo atrasado”.

Total, un atún, unas galletas, una coca pa cenar.

Con eso.

Se resigna Don Pitoco, las cumbias de Rigo Tovar y su conjunto Costa Azul resuenan otra vez en la plaza.

***

Las 3:00, de un lunes.

El inicio oficial de la cuarentena.

Fase 2 de la contingencia.

El momento justo en el que los casos de contagios locales por coronavirus se disparan.

Ha dicho hoy la radio.

El terror.

Y Don Pitoco está de vuelta en la Plaza de Armas donde ya no debería haber gente, pero hay.

El mismo globero de ayer.

Un anciano que reposa despreocupadamente en una banca.

En otra banca una señora, joven, con su nena.

Varios, muchos, transeúntes que van y vienen a pie o en bicicleta.

Un morro de mochila que anda por la plaza regalando lonches.

¿A santo de qué o por qué?

Demasiada gente para una cuarentena.

Párvulos corriendo tras las palomas.

Palomas huyendo de los párvulos.

Y más tarde más parejas y más familias.

Cubrebocas y mascarillas por ninguna parte.

Don Pitoco se prepara para su show.

Ya monta su bocina.

Y de una caja azul, su caja de muñecos, saca uno por uno los títeres.

Los desenreda, los arregla, los encuaderna y los acuesta, uno al lado del otro, sobre la lona mostaza.

Se nota la ternura, la delicadeza, el amor con que los trata.

Ahí están, esperando a que Don Pitoco les dé vida con sus manos morenas, ásperas, regordetas.

Manos de lavar retretes por 30 años en las primarias de Piedras Negras.

Hace calor.

33 grados, dice la radio.

Y mientras la sombra cae sobre el entablado sin tablas de Don Pitoco, y mientras llega más gente, más niños, el titiritero ha decidido que va a alimentar a las palomas de la plaza con pedazos de tortilla que fue a traer, vaya a saber de dónde.

-Mira, tienen hambre...

Dice Don Pitoco que aparece y desaparece devorado por la densa nube de plumas.

La postal es de calendario.

Por fin Don Pitoco sale a escena con su marioneta de La Chilindrina que baila al son del “Peluchín, chin, chin” o de “Fíjate, fíjate, fíjate”.

Después la versión saltillense de Woody, con su sarape, que imita los pasos de El Piporro, animado con la rola de “Los desfiguros”.

Del Piporro.

El eco del taconeo de las botas picudas de Don Pitoco, se estrella contra los muros de los edificios que rodean la plaza.

Más tarde irrumpe El Cholombiano quien se contonea al estilo colombiano con una cumbia colombiana de Celso Piña.

-Una vez a la Plaza Acuña llegó un compa así medio... es que con una cerveza en la mano te crees muy valiente. Me aventó una moneda de a 10 y dijo, “te reto a que yo bailo mejor que tú compa, mejor que tus muñecos...”, le dije “échale un buen billete ái hombre...”.

Don Pitoco dice que hubo un tiempo en que se ganó la vida en las cantinas de puro bailar como El Piporro, nomás que sin muñecos, echando versos y albures.

-Siempre por llamar la atención.

La gente que camina por la plaza y se detiene a ver el show ríe, aplaude.

Es el ocaso y Don Pitoco ha juntado en su cubeta 50 pesos, nada más.

En otro tiempo, cuando el Covid-19 no existía sobre la faz de la tierra, Don Pitoco se llevaba de la calle hasta mil pesos, en un solo día.

Presume El Pitoco.

Pero hoy...

Con suerte y le alcance pa unos tacos.

De perdido.

Se consuela El Pitoco.

-Ta bien tronado ahorita...

Repite.

$!Pitoco tiene todo tipo de marionetas y no tiene una que le guste más que las otras.

***

Mañana de martes en la plaza Manuel Acuña, alias de los güevones.

El calor a madres.

Las jardineras están que hierven de pensionados sombrerudos, algunos con bastón, otros con andadera, los más sin nada.

Son los veteranos que a diario caen en la plaza para gastarse, dilapidar, despilfarrar, los últimos días que les quedan de vida y algo más, su pensión.

Y ni el coronavirus ni los policías que hacen ronda en el lugar los detienen.

Segundo día de la cuarentena.

La televisión ha anunciado a primera hora el lanzamiento de un programa que el gobierno ha bautizado como “Susana Distancia“, y que tiene la finalidad de evitar la propagación del virus.

Ni así los puestos de boleros con sus boleros; ni las prostitutas que suelen merodear por la plaza, a plena luz, en busca de clientes; ni los vendedores de pastillas psicotrópicos o chips para celular, dejan de camellar.

En las esquinas de la plaza hay, como de costumbre, un limosnero tumbado en el suelo, sin pierna, que pide limosna; otro limosnero, con una pierna, limosneando; un viejito muy viejito que toca el acordeón a cambio de una moneda, otro viejito, muy viejito, que rasga una guitarra desafinada para ganarse la vida; uno más con su canasta de semillas, chicles, paletas, chocolates... llévele...

¿Y quién los va a mantener?

La música de Don Pitoco y su espectáculo de muñecos bailarines llega desde el fondo de la plaza, la plaza por la que atraviesa un río de gente que a su paso arroja algunas monedas a la cubeta de las monedas de Don Pitoco.

¿Cuál emergencia?

El Pitoco está de regreso a la Plaza Acuña.

-Llegué desde las nueve y media, dije “de una vez, si no me quedo dormido”.

Dice El Pitoco y se ríe con su sonrisa manchada de nicotina.

Va hacia el carrito de cuatro ruedas en el que transporta su circo ambulante, y saca un mapa de Coahuila marcado con amarillo.

-Esos son todos los pueblos que he recorrido en Coahuila: Acuña, Zaragoza, Piedras Negras, todos los que están pintados con amarillo, Nueva Rosita, Sabinas, Allende, Castaños, Saltillo y Torreón, pero quiero recorrer los 38 municipios.

Dice El Pitoco.

Las rolas de Fito Olivares y la Pura Sabrosura sonando a todo volumen.

Ya es mediodía.

La plaza incendiada de sol.

Un inspector de la municipalidad se ha acercado, entre el tumulto de gente, para decirle que sin un permiso no puede estar más en la plaza y le pide que se marche.

Don Pitoco, que es medio político, dirá algún bolero, discute con el funcionario.

Al fin recoge sus monedas, sus muñecos, su bocina, su carrito y se va.

Más tarde, por la tarde, los tercos paseantes de la Plaza de Armas miran a Don Pitoco bailar con sus títeres bailarines.

Hoy parece que el público de Don Pitoco y sus marionetas es escaso, más que ayer y que antier.

Salvo algunas palomas que se han colado en la carpa invisible, etérea, de El Pitoco y contemplan el espectáculo...

-Sí nos ha afectado mucho esta pandemia, yo digo “ojalá que inmediatamente se encuentre la cura y se aliviane la gente”.

-¿Y qué va a hacer cuando ya no haya nadie en las calles?

-La escoba no me da miedo, ir a pedir trabajo al municipio de barrendero, limpiando todo eso... Pedir chamba

Total que El Pitoco desde crío ha trabajado vendiendo naranjas, paletas...

No tuvo mucho estudio.

Hasta sexto nomás.

-La misma necesidad...

-Se va a encerrar, ¿no?

-No.

-¿Será que ahora sí la ciudad se va a quedar vacía de gente?

-Es nomás pa foto.

Dice Don Pitoco y se ríe cuando ve a unos hombres vestidos como astronautas que rocían agua con cloro, aspersor en mano, sobre las bancas de la plaza, dizque pa matar el virus.

Pero, ¿y a Don Pitoco quién le va a matar el hambre?

$!Pitoco ha encontrado en las calles un escenario, pero también prácticamente su hogar.

***

Miércoles.

Tercer día de la cuarentena.

Y Don Pitoco no aparece por ninguna parte.

Ni en la Plaza de Armas.

Ni en la Plaza Acuña.

Nadie lo ha visto.

Nadie sabe de él.

Y todo está bien.

No hay pedo...

Mientras siga vivo...

Epílogo

Después de seis años y de haber sobrevivido a la pandemia, El Pitoco está de vuelta en la Plaza Manuel Acuña, y hay novedades.

Cosas han pasado en su vida, dice, la más chicha es que se ha puesto de novio con una señora de 34 años, que tiene dos críos.

Don Pitoco cumplió 72 en junio pasado, pero...

-Ora ando de novio con una muchacha. Dice “yo te conocí y vi que eres muy serio, muy trabajador, ¿qué te parece si tú me ayudas con mis niños”, y nos hicimos pareja, le dije ‘sí’. Estoy bien alegre. Oye a mis 70 años y tener...

A cada rato ella lo chiquea, le dice que lo quiere mucho, que nunca pensó encontrar un hombre así, tan serio, tan decente y que no es chiflao con las mujeres.

Todos los días la muchacha le trae un plato de comida a eso de las 4:00 y él le da una lana, pa que no le falte que comer a sus hijos.

-Le dije “a usté le conviene un joven, de su edá”, dice “no, ¿pa que me llene de huercos?”. Y a mí sí me gustaba, ¿a quién le dan pan que llore?

Dice Pitoco.

Lo más peor es que Don Pitoco debe ya 35 mil varos de puro hospedaje en el Hotel Jardín.

Pero confía en que todo le irá bien.

Ya ha fabricado varias marionetas nuevas con su imparable, implacable, máquina de coser, esa que a veces saca a la plaza y se pone a trabajar en ella para que la gente lo vea.

Su muñeco de actualidad, dice, el de moda, es el del Pato Merlín, el ave más famosa de México, y que se volvió tan viral en redes sociales con eso del Mundial.

“Gracias a este patito me está yendo bien”.

Dice El Pitoco y posa para la fotografía con Merlín una tarde lluviosa de lunes.

Y posa con el grillo Cri- Cri, otro de sus muñecos más recientes. Ya se ha aprendido todas las canciones, bueno aunque él ya se las sabía, porque se las cantaba a sus hijos cuando eran chicos, para dormirlos.

-Que la Muñeca fea, que Los Tres cochinitos...

El Pitoco confiesa, hasta ahora, que tuvo seis hijos con una mujer de la que se separó y la cual vive ya con otra persona.

El Pitoco divaga....

Dice que su oficio de titiritero no es cualquier oficio, es un arte, una tradición que está protegida por la UNESCO, lo miró en internet, y él se considera uno de sus custodios.

Últimamente le ha dado por incursionar en el también arte de fabricar botargas, y con retazos de tela y madejas de hilo ha dado vida a figuras de la tele como Elmo.

De vez en cuando se disfraza con ellas y él y sus muñecos salen a la plaza a ganarse el pan y entonces no le va tan mal.

Ahora el sueño más grade de El Pitoco, sueña, es poner una escuelita donde niños y jóvenes aprendan a confeccionar marionetas.

Hoy hace una tarde lluviosa, de una lluvia necia, y El Pitoco prefiere ir a refugiarse con sus muñecos a su cuarto de hotel.

Tal vez, si amaina la lluvia, salga otro ratito...

Reportero del Semanario Vanguardia. Ha incursionado en el género del reportaje, la crónica y el perfil, en el abordaje de distintos temas, sobre todo con un enfoque social. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila