Por casi un año, Luis Gerardo García custodió una máquina ferroviaria las veinticuatro horas, a través de ocho estados, y convirtió una cabina en dormitorio, cocina y refugio. Reclamar por sus condiciones laborales derivó en un litigio de casi tres años.
Salimos del Patio del Valle de México el 24 de diciembre en busca de un pedazo de carne para asarlo en una parrilla improvisada. Existía la esperanza de que, por una vez, ningún ladrón trabajara ese día. Éramos mi compañero y yo, dos custodios de vías: así llamaba la empresa a los hombres que dormían junto a sus máquinas. Yo no sabía que ese oficio existía hasta que acepté el trabajo.
Habíamos llegado a Tlalnepantla cerca de las cinco de la mañana. La máquina quedó arrumbada al fondo del patio, en un lugar donde las vías estaban construidas por encima de la maleza y bajar de ellas exigía primero saber dónde poner el pie. Los barrancos eran pequeños, quizá hechos por las inundaciones, y si te lastimabas no había a dónde pedir auxilio.
En mi mente tenía ubicada una clínica a cinco kilómetros. Quizá exageraba la distancia, pero en las vías una víbora podía morderte, podías caer y encontrar apoyo en la nada sería difícil.
Atravesar el patio nos tomó más de media hora. Eran kilómetros de rieles apartados del ruido de la ciudad, aunque esta estuviera ahí, detrás de las bardas. Dentro, el único ruido estruendoso que esperábamos era el de los vagones que podían soltarse hasta chocar con otros para engancharse. Esa era una de las pocas señales de que algo funcionaba en esos días.
El resto del sistema ferroviario descansaba. A nosotros nos habían dejado al fondo porque nadie pensaba mover las máquinas hasta después de las fiestas.
Mi compañero había sido militar y sabía de custodia más que cualquiera de los supervisores que conocí. Dormía en una máquina llamada “el escorpión”, una especie de grúa que se despliega hasta convertirse en rampa para subir maquinaria.
Cuando se plegaba, dejaba un espacio de dos por dos metros que él había convertido en una especie de cuarto, protegido de la intemperie con lonas y tarimas. Yo, en cambio, tenía una cabina y podía cerrar las ventanas. Por eso, cuando miraba el lugar de mi compañero, pensaba que todavía había alguien más fregado que yo.
Llegamos a la zona comercial después de caminar un par de kilómetros. Compramos carne, algunas verduras, huevo y algo para brindar. Queríamos preparar una Navidad alterna, suficiente para reconocerla como real y lo bastante sencilla para no olvidar que seguíamos de guardia. Volvimos cargando las bolsas, cocinamos con la parrilla y mis cacerolas. Pusimos música en los teléfonos. Mi compañero pasaba parte del día reparando su changarro.
Yo leía y vigilaba las baterías de la máquina, nuestra única fuente de electricidad. Según mis cálculos, podíamos utilizarlas unos quince días sin descargarlas; él no tenía dónde conectar su celular, así que compartíamos el cargador.
En algún momento de la noche nos preguntamos cómo habíamos terminado celebrando ahí, en la nada, y solo reímos. Después callamos. Estar de guardia era parecido a estar en una cárcel donde no había otros presos. Si te entraba la melancolía, tenías que llorar solo; si extrañabas a tu familia, también. Yo no tenía hijos y eso, según me decía, volvía las cosas más fáciles. Aquella noche escuchamos música entre un mar de vagones y brindamos bajo la luz tenue de la ciudad a nuestro alrededor. Todavía me faltaban varios meses para abandonar la máquina y tres años para terminar de salir de ella.
EL PRECIO DEL DESCANSO MENTAL
Meses antes, el 21 de abril de 2021, yo estaba tratando de alejarme de casa. Había terminado una relación de siete años que se volvió violenta y me dejó roto. Con mi expareja viví en Misión Cerritos, Saltillo, y sostuve un negocio de joyería artesanal. Cuando todo terminó, los objetos de la casa parecían tener mejor relación que nosotros. Necesitaba salir de ahí, irme lejos, y encontré un empleo que me ofrecía eso.
La vacante decía que el trabajo era de 24 horas, los siete días de la semana, sin descanso y fijo en el lugar. Seis mil pesos caerían en mi bolsillo cada quince días.
La disponibilidad que describía el puesto equivalía a 168 horas por semana: tres veces y media la jornada semanal de 48 horas que regía entonces. Este exceso de jornada no es excepcional en México: todavía en 2026, casi 14 millones de personas ocupadas reportaban trabajar más de 48 horas semanales según el INEGI.
El estado mental en que me encontraba me hizo ver como solución vivir junto a las vías. Era ahorrar, gastar poco. La distancia me ayudaría a equilibrar mis pensamientos.
Además, los doce mil pesos mensuales estaban por encima del salario mínimo general de 2021, fijado entonces en 141.70 pesos diarios por la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos.
No alcancé a ver que la empresa entendió mi disposición antes de que yo comprendiera las consecuencias.
Se llamaba LOCSA, una compañía de seguridad y limpieza de Nuevo León que prestaba servicio en distintos estados. A mí me ubicaron para cuidar maquinaria de otra empresa conocida, Kansas City. El puesto era “custodio de vías”. Supuse que un custodio debía llevar armas, recibir capacitación táctica y conocer algún protocolo para responder ante una eventualidad.
Los exámenes, el acta de nacimiento y el transporte al lugar pasaron en segundos frente a mí. Nunca firmé un contrato.
Los artículos 24, 25 y 26 de la Ley Federal del Trabajo establecen que las condiciones deben hacerse constar por escrito e incluir, entre otros elementos, el lugar de trabajo, la duración de la jornada, el salario, la capacitación y los días de descanso. La inexistencia del documento, como quiera, no priva al trabajador de sus derechos.
El supervisor me llevó hasta la estación, donde la maquinaria ya estaba estacionada a la espera de mi llegada. Me entregaron un pantalón cargo, una camisa de LOCSA y una gorra. Casi con un dedo me señalaron dónde tomar agua y dónde hacer mis necesidades; fue la primera vez que vi un baño portátil.
Ahí terminaron las instrucciones. Nadie me dijo que llevara comida, cobijas ni dónde dormir. Cuando pregunté dónde me quedaría, comprendí que esa misma noche dormiría junto a la máquina.
Era como si me hubieran dicho que sería un indigente obsesionado con no salir de su esquina, y mi esquina era esa máquina amarilla. Ahí todavía podía arrepentirme. La situación se veía mal desde el principio, pero algo en los trenes me detuvo. Nunca había tenido uno tan próximo. Pensé que aguantaría mientras aprendía algo y reunía dinero. Con el tiempo aprendí mucho del ferrocarril; de mi trabajo, en cambio, la empresa nunca me enseñó gran cosa.
Una función tenía: mantener visible la maquinaria. Era un perro cuidando una casa que no era suya. Debía evitar que alguien la robara, rompiera un vidrio o alguna pieza; podía caminar alrededor, entrar, dormir dentro, pero nunca dejar rastro de que había estado ahí. Cuando la máquina salía a trabajar, yo me quedaba cuidando las pertenencias de los operadores. Si ocurría una crisis, tenía que salir a atenderla con mi cuerpo, mi uniforme y un mensaje en mi teléfono. Nunca dañaron una máquina bajo mi supervisión; a otros como yo sí les robaron partes, y sé que la empresa habría encontrado la forma de cobrárselas.
LA CASA QUE DESAPARECÍA
Al principio dormía como caballo, parado. Después compré un catre plegable y aprendí a hacerme espacio entre los asientos de la cabina. Aunque eran fijos, abría espacio para la cama y la estufa.
Mi despensa estaba en cajas, junto a mi cacerola, un tanque de gas, un ventilador y una extensión de cincuenta metros por si llegábamos a alguna estación con luz. Cada objeto resolvía una necesidad que una playera de LOCSA no cubría.
Al cabo de unos meses ya no llegaba a la máquina como custodio; regresaba a ella como quien vuelve a casa.
A las seis o siete de la mañana despertaba los días en que trabajaban los operadores. Tenía que plegar el catre, mover mis cosas, acomodar los asientos y limpiar el interior. Por más rápido que lo hiciera, tardaba al menos media hora. Como a mí, a los operadores les gustaba encontrar la máquina organizada y limpia. No veían que, para entregarla así, tenía que borrar la habitación que me construía por las noches.
Ellos podían llegar a las siete, a las ocho o hasta las diez, dependiendo de la distancia entre su campamento y las vías. Algunos viajaban dos horas desde el hotel o la ciudad. Yo ya los esperaba juntando leña o adelantando el desayuno. Trabajaban veinte días y descansaban diez.
Durante esos diez días podía quedarme completamente solo. Cuando coincidían el campamento y las máquinas aparecían dos, tres o cuatro guardias. Entonces era posible saludar a alguien, conversar o salir a comprar sin sentir que la maquinaria quedaba abandonada.
Las migas con huevo eran mi comida favorita. Conseguí una cacerola, procuraba tener tortillas y guardaba una charola de huevos dentro de una caja. A veces me duraba un mes porque, cuando llegaban los operadores, yo me acoplaba a lo que hacían.
Llevaban ollas grandes para cinco o seis personas y siempre sobraba comida. Me dejaban una parte; yo lavaba los recipientes para agradecer y, si no alcanzaba a terminarla, se la daba a un perro. Con el tiempo me acostumbré a comer dos veces al día.
Para bañarme dejaba un bidón de agua sobre la maquinaria. Durante los meses de calor, el metal y el sol la mantenían tibia hasta las ocho o nueve de la noche. En invierno debía calentarla con una resistencia cuando había electricidad o ponerla en la estufa cuando no. Algunas veces me bañaba afuera, sin ropa, porque dentro de la cabina el calor era como la metáfora de la rana en una olla: si no saltaba, me cocía.
La soledad terminó quitándome el pudor. No había nadie que pudiera verme ni un lugar preparado para ocultarme. Conocí temperaturas de seis u ocho grados bajo cero en Tlaxcala. Cuando estaba acompañado encendíamos una lumbre. Cuando estaba solo me metía en el sleeping bag.
En Pesquería y Salinas Victoria el problema era el calor. Aun con las ventanas abiertas, la cabina podía superar los treinta y ocho grados. La máquina era de metal, los rieles eran de metal y la grava devolvía el sol. Buscaba la sombra de un árbol, pero evitaba acostarme debajo de la maquinaria porque había víboras y otros animales. Si algo me picaba, no alcanzaría a llegar a un hospital.
La NOM-035-STPS-2018 considera entre los factores de riesgo psicosocial las jornadas de trabajo extensas, la insuficiencia de periodos de recuperación y descanso y la interferencia entre el trabajo y la vida personal, de acuerdo con la Secretaría del Trabajo y Previsión Social.
Para evitar la soledad mental, en García compré una colección de unos cincuenta libros de Stephen King. Leía afuera de la máquina hasta que el sol me abandonaba. El lugar que mejor se entendió con esos libros fue Perote. El día podía estar despejado y, de pronto, llegaban bancos de niebla que cubrían la antigua estación.
Yo seguía leyendo mientras cambiaba el clima y empezaba el terror. Sabía que una cosa era el libro y otra la vida. Esa separación no impedía que disfrutara la coincidencia de apenas poder ver a un metro de distancia, emulando al propio autor cuando vio bajar la bruma sobre su vecindario y comenzó a imaginar el fin del mundo.
UNA MERCANCÍA INHUMANA
La maquinaria me llevó por Saltillo, García, Pesquería, Salinas Victoria, Veracruz, Puebla, Querétaro, Tlaxcala, Hidalgo y el Estado de México. Algunas estancias duraban unas semanas y otras, hasta cuatro meses. En los viajes largos subían las máquinas a plataformas con una grúa. Cuando no había espacio para ella utilizaban rampas rudimentarias. Nosotros viajábamos montados arriba, como parte de la carga.
Al principio me parecía emocionante. Desde aquella altura podía ver el tren completo y los lugares que atravesábamos. Después entendí que nos trataban como mercancía. Un tren de carga frena, arranca y se engancha con movimientos capaces de tumbarte.
La escala ayuda a entender el riesgo: un ferrocarril de carga puede pesar hasta 10 mil toneladas y medir 2.5 kilómetros, de acuerdo con información del Centro Nacional de Prevención de Desastres y la Agencia Reguladora del Transporte Ferroviario
Había que viajar aferrado al metal. Recuerdo que, en un trayecto hacia el Estado de México, se zafó una “muela”, la pieza que conectaba los vagones, y quedamos separados junto con toda la parte posterior del tren. Hubo un golpe y seguimos avanzando por la pendiente hasta que el propio sistema nos detuvo. Tuvieron que llegar a cambiar el conector.
Cada lugar terminó reducido en mi memoria a una sensación. Pesquería eran las chicharras que te metían en un trance durante el día y el aire fresco de la noche. Perote era la niebla y también la gente que iba a la antigua estación a hacer su desmadre, por lo que algunas noches exigían más vigilancia. San Juan del Río fue un taller donde reparaban el motor de la máquina.
Había tantos guardias alrededor que alguna vez me escapé al cine y llegué a ausentarme durante días sin que nadie supiera con certeza si estaba dentro de la cabina. También lavaba la ropa, hacía ejercicio y compraba luces. Solo me faltó una pantalla para completar la casa.
En los pueblos, la gente empezó a visitarme. Iba a la tienda, conocía personas por aplicaciones y hacía amistades que duraban lo mismo que el mantenimiento de un tramo. Las despedidas fueron de las experiencias más difíciles. Podías estimar a alguien durante tres o cuatro meses y saber que, cuando la máquina avanzara, no volverías a verlo. Era parecido a un noviazgo de verano, aunque no hubiera deseo sexual. Tener contacto con otra persona me recordaba lo frágil y humano que era.
Aprendí a moverme por los vagones y a entender las solicitudes para ocupar una vía. Los trabajadores de Kansas City guardaban manuales de seguridad en un baúl pequeño y yo los leía por curiosidad. Supe que nadie debía entrar a un tramo hasta que quien lo ocupaba informara que estaba libre. Aprendí también cómo las máquinas nivelaban los rieles. Podían elevarlos diez centímetros por pasada y repetir el proceso cinco veces, excavando poco a poco entre la grava. El sistema ferroviario tenía protocolos para casi todo. Mi jornada continua no aparecía completa ni siquiera en una nómina.
Vi restos de animales junto a los rieles y supe de una camioneta golpeada por una máquina en Puebla. En muchos cruces no había banderillas ni señalización suficiente y la gente calculaba la distancia como si un tren pudiera frenar igual que un automóvil.
Un tren, sin embargo, puede necesitar entre 800 metros y 1.8 kilómetros para detenerse.
También vi migrantes montados en los trenes largos. La orden de LOCSA era bajarlos.
Yo prefería no intervenir porque mi trabajo consistía en cuidar la maquinaria. Kansas City tenía sensores capaces de detectar cuerpos y objetos sobre los vagones y enviaba patrullas a los siguientes puntos de control. A veces el sistema sabía que una persona viajaba ahí mucho antes de que yo la viera, y eso me daba un poco de tranquilidad.
El riesgo en esos cruces sigue siendo uno de los principales problemas de seguridad ferroviaria: durante el primer semestre de 2025 se registraron 353 arrollamientos de vehículos en cruces a nivel, alrededor de seis de cada diez siniestros ferroviarios reportados en ese periodo, de acuerdo con cifras de la Agencia Reguladora del Transporte Ferroviario recopiladas por Expansión.
TRES LARGOS AÑOS
A los dos o tres meses de estar en García decidí que algún día demandaría. El trabajo me gustaba, pero las condiciones me parecían denunciables. En mi familia esas dos ideas podían convivir. Mi padre participó en el movimiento sindical de CINSA, consiguió, junto con otros trabajadores, mejoras en el contrato colectivo y terminó despedido. Después tuvo que trabajar por su cuenta en publicidad para mantener a ocho hijos. Yo había aprendido desde niño que reclamar podía costarte el empleo. También había aprendido que eso no volvía justo el silencio.
Empecé a guardar fotografías, mensajes, correos y cualquier documento que pudiera demostrar dónde estaba y cuánto trabajaba. Una vez me enviaron una nómina hecha en Excel.
La imprimí y la llevé a Profedet (Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajo), donde me hicieron notar que no tenía folio ni elemento alguno que impidiera que yo mismo la hubiera inventado. Era el tipo de prueba que la empresa entregaba y que después no servía para probar nada.
Cinco años después, una reforma a la Ley Federal del Trabajo incorporó precisamente la obligación de registrar electrónicamente la jornada de cada trabajador, incluidos sus horarios de inicio y finalización. La reforma fue publicada el 1 de mayo de 2026 y las disposiciones generales para aplicar este registro entrarán en vigor a partir de 2027, de acuerdo con la propia Ley Federal del Trabajo.
Yo decidí aguantar mientras reunía algo mejor.
Después de más de un año pedí vacaciones. Para entonces viajábamos entre Veracruz e Hidalgo y cada cambio de estado significaba otro supervisor. El de Puebla decía que debía hablar con el de Hidalgo. El de Hidalgo podía responder que el problema había comenzado en otro sitio. Discutí por mensajes hasta que les advertí que, si no me daban los días, me los tomaría por mi cuenta. Finalmente conseguí un formato, salí de vacaciones y decidí no volver.
Había dejado tantas pertenencias en la maquinaria que tuve que regresar por ellas en mi automóvil. El catre, la cocina, la despensa, los libros y los objetos que había comprado para resistir se habían convertido en una casa desmontable. No todo cupo. Regalé algunas cosas y me llevé las que pude. La máquina quedó limpia como si nunca hubiera dormido ahí.
El proceso comenzó con una peregrinación entre oficinas. En Querétaro me enviaron de la Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajo a la Procuraduría de la Defensa del Trabajador en Coahuila y luego me dijeron que debía presentar el caso en la ciudad donde había empezado a trabajar. En Saltillo fui primero a la oficina federal y de ahí a la estatal, que entonces estaba por Nogalera. El abogado Daniel aceptó llevar el asunto.
Me explicó que convenía concentrarnos en lo que podía ganarse con mayor facilidad: las horas extra y las prestaciones. Las condiciones de vivienda, los alimentos, los viajes, los viáticos y la falta de descanso quedaron fuera.
La empresa empezó ofreciendo diez mil pesos. Yo ya había esperado meses y después esperé años. Cuando obtuvimos un laudo todavía faltaba ejecutarlo. Me dijeron que un embargo podría prolongarse otros seis meses, que quizá tendrían que asegurar una camioneta, recuperarla, venderla y convertirla en dinero. Después de tres años firmé un convenio por sesenta mil pesos. Recibí una cantidad concreta por una jornada que nunca tuvo una medida razonable.
Desde entonces no he conseguido un empleo formal estable. Trabajé en una paquetería donde las jornadas duraban doce o catorce horas y el salario rondaba los tres mil pesos quincenales. Entré repartiendo sesenta paquetes y pronto entregaba ciento veinte.
Haber demostrado que podía hacerlo solo consiguió que esperaran siempre el doble. Terminé saliéndome. A veces pienso que las empresas me ven como un revoltoso. Yo nunca quise cambiar el mundo. Quise que se cumpliera la ley.
Durante más de un año aprendí a desaparecer mi casa en media hora. Al final necesité un automóvil para sacarla y, aun así, tuve que dejar una parte atrás. Me alejé con los libros, los documentos y lo que alcanzó a caber. En la estación quedó la maquinaria, lista para volver al trabajo en cuanto llegaran los operadores. También quedó libre el espacio donde otro custodio podía extender su cama o encadenar su vida.
