El terror del albergue
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Y los niños siguen sufriendo. Apenas hace una semana comentaba esta columna el hacinamiento injusto de los niños migrantes-sin acompañante en los albergues de Texas y su impacto en la conciencia de todos los humanistas del planeta, y de nuevo en estos días se denuncian los siniestros secretos de La Gran Familia de Mamá Rosa.
Un orfanatorio que dio cabida durante más de 50 años a niños huérfanos o abandonados. Un albergue cuya fama creció con los años no solo por lo numerosa de su población sino por la atención escolar que proporcionaba, al grado que llegó a formar una orquesta que daba conciertos en diferentes ciudades y algunos de sus egresados obtuvieron títulos universitarios. Mamá Rosa dedicó toda su vida desde 1948, cuando todavía no cumplía 20 años, a rescatar, cuidar y atender a huérfanos, niños abandonados o entregados por sus padres. A todos los recibía y a todos los educaba según su leal entender el cual fue más el resultado de ensayo y error, que de una formación pedagógica profesional. La disciplina tal y como la describen algunos de sus egresados era rígida, autoritaria y dominaba con el castigo.
Con esta atención a los niños desvalidos a lo largo de décadas se construyó un mito de benevolencia y altruismo impoluto. Crea fama y échate a dormir. Todo mundo solamente veía en La Gran Familia las bondades de una solución a un problema social, pero al mismo tiempo el mito descalificaba cualquier crítica a los métodos anacrónicos e inhumanos que ahí se practicaban para educar, que no son nada inusual en nuestra sociedad (apenas está escandalizándose del fenómeno del Bullying que siempre ha existido en el ambiente educativo).
Súbitamente la PGR mediante un operativo policíaco ingresó al edificio debido a las denuncias contra La Gran Familia de secuestro, violencia y hasta prostitución infantil. Se derrumbó el mito y apareció el albergue del terror con cárcel, comida podrida, hacinamiento miserable y tanta basura como 20 toneladas que sacaron en un día.
¿Qué revela este acontecimiento? La ceguera o desinterés de las instituciones gubernamentales responsables de vigilar y supervisar las prácticas educativas que deterioran, no solo un sano desarrollo humano, sino la dignidad personal, cuyo respeto es el fundamento de toda educación. Existe un discurso social meramente teórico de los derechos humanos, una doble tendencia: por un lado a disminuir y no darle suficiente importancia a las actitudes que pisotean la dignidad de los niños en los orfanatorios, en las guarderías, en los hogares y en las escuelas, y por otro a sacralizar la dedicación de los educadores de tal manera que impide una supervisión crítica a su desempeño.
Así sucedió con Mamá Rosa, con su Gran Familia y con tantas obras, asilos y orfanatorios para pobres que han funcionado en nuestra sociedad, se venera y sacraliza su dedicación y buena voluntad, y se nubla la vista para ver el terror inhumano del albergue.