Padres ausentes, hijos desconectados

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Especial
/ 14 noviembre 2014

    El jueves pasado estuvo en Saltillo el doctor Jesús Amaya Guerra, dio una conferencia acerca de su más reciente libro: Padres ausentes, hijos desconectados y vacíos.

    Amaya narro anécdotas escalofriantes. A una jovencita de Monclova le robaron su iPhone en el salón de clases, la adolescente se quitó la vida colgándose con un cinturón en su clóset.  

    Una madre de familia en la ciudad de Monterrey fue a recoger a su hijo a la escuela, al llegar a su casa se dio cuenta que el niño no era el suyo, se había distraído todo el tiempo con el celular, por lo que no se percató del hecho. Regresó a la escuela por su hijo y reclamó a las maestras sin aceptar su culpa.

    Otra mamá que estaba en el consultorio de un edificio, mientras se entretenía con el celular, su hija de menos de dos años se fue al pasillo y cuando se abrió la puerta del elevador, se subió. Fue a dar al primer piso y ahí la detuvieron antes de que saliera a la calle, luego empezaron a vocear buscando a la mama de una niña pequeña.

    La mama aún no se daba cuenta, seguía entretenida en el celular, hasta que la otra hija le preguntó por su hermana; la mama fue por ella, regresó al consultorio y siguió con el celular.

    En un estudio se observó a 55 padres en restaurantes y se encontró que 40 de ellos usaron teléfonos celulares durante la comida. Los papás están pegados a la tecnología incluso en los momentos de familia. Los padres que utilizaban sus celulares en forma continua durante la comida en el restaurante, respondían con mayor agresividad a las interrupciones de sus hijos.  

    VANGUARDIA publicó una nota de El Universal donde menciona que: Si usted ha mandado mensajes por WhatsApp a sus hijos como: La comida está lista o ¿Cómo te fue?, o bien para preguntar cuestiones cotidianas que anteriormente se gritaban de habitación a habitación, ¡cuidado! puede estar haciendo un uso excesivo del celular.

    Usar aparatos inteligentes facilita muchas tareas de la vida diaria, sin embargo, especialistas advierten de la pérdida de las capacidades de socialización y del distanciamiento familiar, si no se da un empleo moderado a los teléfonos.

    Redes como WhatsApp o Facebook para mantener contacto con sus hijos mientras se encuentran fuera del hogar y sentirse tranquilos, pero también son usadas para comunicarse dentro de la casa, incluso cuando todos los integrantes están en la misma casa La gente no puede estar sin un celular porque siente que se le acaba la vida, aseguró la doctora Patricia Andrade, catedrática de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México.

    Si no lo cree, el caso de la muchacha en Monclova es una prueba. El problema es que existe el riesgo de que se pierda la capacidad de interactuar, si no se hace buen uso de la tecnología. No deja de haber interacción, se ha reducido, está siendo de otra forma.

    Amaya comentó que los celulares, tabletas y dispositivos, está demostrado que producen adicción. Hay niños que se en la noche se tapan con cobijas y se esconden a jugar videojuegos, mientras sus padres piensan que están dormidos. Esto tiene consecuencias serias en su aprendizaje, ya que no ponen atención o se quedan dormidos en el salón de clases.

    Amaya menciona que hay cuatro grandes epidemias: 1. Los hijos desconectados, generación idistraida. 2. Hijos vacíos, sin sentido de vida, narcisistas. 3. Adictos a la tecnología y a la pornografía. 4. Hijos inútiles, viviendo en la abundancia, vacíos. Llenos de lo que quieren, pero vacíos de lo que necesitan.

    El autor propone saber decir no, y dar las razones de porque no. Evitar decir no porque lo digo yo, o sea, no caer en el autoritarismo. Sin embargo se requiere más de padres duros, porque hemos caído en el otro extremo. Los padres deben permitir que los hijos vivan pequeños momentos de frustración, porque así es la vida real. De esa forma estarán mejor preparados para enfrentar las frustraciones de adultos. Amaya lo dijo así: Hay que traumarlos tantito.  Hijos que serán felices porque pudieron vencer sus impulsos.




    Columna: Ecos de la ciudad