Pacheco y su credo político
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Vehemente, iluminado, hierático, el candidato a diputado federal Eduardo Pacheco está convencido de que su lucha electoral la está dando por obra y gracia del Dios de su religión, en una misión para la redención de los que han desviado el camino, al menos en su Distrito electoral.
Este columnista no cree que Eduardo Pacheco sea el candidato del Dios eterno, ya que es difícil aceptar que Jehová de los ejércitos necesite de candidatos que sean postulados por nuestro corrupto sistema de partidos, entre ellos, el Partido Encuentro Social, que es la ultraderecha de los protestantes, los que hacen política de púlpito, por no decir de campanario.
Y es que el peligro de todas las religiones que se convierten en partidos políticos es el fanatismo, el hecho de pensar a martillazos, el querer imponer su moral a los demás hasta el grado de convertirse en martillo de las brujas, como aquellos puritanos que ejecutaban a las mujeres en Salem.
Porque cierto es que la mayoría de nuestros males fueron motivados por el fanatismo religioso aliado con los enemigos de México. Así estuvieron contra los Insurgentes, contra la república, respaldando a los polkos, apoyando a los invasores norteamericanos, a los franceses, a Maximiliano, contra Juárez, contra Madero, con la guerra religiosa y en contra del régimen de Lázaro Cárdenas.
También es cierto que las religiones siempre han sido una amenaza para la democracia, tanto así, que el sistema democrático es imposible en todos esos países donde no existe una verdadera secularización. Lo vimos en España durante la dictadura nacional-católica de Franco, en los regímenes fascistas y, actualmente, en los Estados teocráticos del Islam.
No dude usted que cualquier credo, convertido en partido político, y que llegue al poder, va a tratar de convertir el código moral de su religión en código penal. Por eso nos debe preocupar el mesianismo de Eduardo Pacheco que pretende ser legislador.
Porque el problema con los iluminados es que se creen dueños de la verdad, como aquellos griegos elitistas que se llamaban a sí mismos los Veraces y que, según ellos, eran los únicos cuya palabra era la verdad. Por eso Saulo de Tarso, que era un judío helenizado, le dio por perseguir a los que aceptaban otra verdad. Como sucedió luego con otros pontífices, que lejos de ser sucesores de Pedro lo fueron de Constantino, convirtiéndose así en perseguidores de herejes.
Reflexionemos pues en Voltaire y en su Tratado de la Tolerancia, escrito en memoria de Jean Calas, ejecutado por fanáticos religiosos, a los que dice lo siguiente; Cuanto más divina es la religión cristiana, menos le corresponde al hombre imponerla; si Dios la ha hecho, Dios la sostendrá sin vosotros ¿Querréis pues sostener con verdugos la religión de un Dios a quien los verdugos hicieron perecer?.
Razone usted su voto y ciérrele la puerta al fanatismo religioso, más aun si es del credo protestante metido en la política; Mi reino no es de este mundo, le dijo el Cristo a Pilato, que era un político de este mundo, como lo es ahora el pastor Eduardo Pacheco.