Taca-tacatá...tacatá...tacatá-ca
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Nací en Saltillo y desde niño tengo troquelado el ritmo del 6 de Agosto: Taca-tacatá...tacatá...tacataca...Es el ritmo de los danzantes, o matachines ( matlachines).
Ellos son unos personajes indispensables en la Liturgia Del Santo Cristo de la Capilla y por favor no diga que son de la liturgia profana, porque su danza del atrio es tan sagrada como los ritos de la Catedral.
Celebran su liturgia danzando con un penacho de plumas de colores, espejitos refulgentes y collares de bisutería, revestidos con una jubón rojo adornado con carretes de carrizo que suenan como marimbas, y con unos huaraches de suelas de cuero y láminas convertidos en instrumentos de percusión que repiten a cada paso el Taca-tacatá...tacatá...tacataca incansablemente durante todo el día y desde hace siglos, sin faltar a la fiesta del Señor de la Capilla.
Es una Liturgia tan humilde como sus personas, su atuendo y su melodía: un violín y una tambora Su humildad no les es extraña. Reside en sus personas, en su historia, en su familia y trabajo, es la humildad transparente y transfigurada de su pobreza, crónica, secular de sus vidas que no se acaba con las carencias, los cansancios cotidianos, las oportunidades tan exiguas. Es una humilde pobreza que se eleva hasta el cielo con cada guarachazo que retumba hasta la sierra de Zapaliname.
Esta danza litúrgica de la humildad no es un rito folclórico para atraer turistas, ni una costumbre vacía de significados, ni una tradición secular que se mantiene por si misma gracias a la benevolencia de las autoridades y al empeño de mantener las tradiciones. Si así fueran las modernidades ya la hubieran eliminado por repetitiva, monótona y posiblemente lesiva a los avances ecológicos y culturales.
Ese Taca-tacatá...tacatá...tacataca tiene alma, tiene vida, tiene corazón pero no solamente posee la profundidad de lo humano que trasciende su pobreza inmediata, tiene la riqueza escondida, invisible, radical de una fe en el Señor de la Capilla.
El Taca-tacatá...tacatá...tacataca es la oración litúrgica de un pueblo humilde y pobre que no olvida a su Señor aunque pasen cuatro siglos. Es la oración simple y sonora, sin adornos artificiales del pobre que reconoce a su pobre Señor desnudo, crucificado y glorioso.
El Taca-tacatá...tacatá...tacataca es un himno de adoración que no necesita palabras estériles y ruidosas, requiere solamente la danza del cuerpo y del espíritu, el sudor del esfuerzo por vivir y la cadencia sonora de una frase: Creo en Ti porque me das la vida cada día.