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Mirador 22/10/21

Opinión
/ 22 octubre 2021
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Esta muchacha nunca se casó.

Vivió en el tiempo en que todas las muchachas se casaban, o al menos hacían todo lo posible sin casarse. Eran otros tiempos aquéllos, muy diferentes de éstos.

¿Por qué no se casó nunca esta muchacha? Porque dedicó su vida a cuidar a su padre, viudo e inválido, paralítico reducido a una silla de ruedas. Le daba de comer en la boca. Lo bañaba y vestía. Le leía el periódico. Le daba puntualmente los medicamentos que de nada le servían.

Al paso de los años el señor empezó a sufrir Alzheimer, que en aquella época no se llamaba de ese modo sino “demencia senil”. No la reconocía. La llamaba con el nombre de su madre o de su esposa. Otras veces la consideraba carcelera que lo tenía sin motivo en una sórdida prisión. Entonces la maldecía y trataba de golpearla.

Por fin el hombre falleció. Ella lloró su muerte, y sentía remordimiento por pensar que ahora estaba libre de la carga que toda su vida había llevado y que le había impedido vivir su propia vida.

Ahora aquella muchacha es una anciana que pronto morirá. Cuando muera se irá al Cielo. Si no va allá es porque no hay Cielo. Es porque no hay Dios.

¡Hasta mañana!...

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