NosotrAns: Orgullosas y en resistencia
En el Día Internacional contra la LGBTIQfobia, este texto recuerda que el orgullo no puede reducirse a espectáculo: mientras persisten la transmisoginia, la exclusión y la precariedad, la verdadera lucha sigue siendo por dignidad, salud y justicia
Según la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) 2021 del INEGI, los datos sobre la población LGBTI+ en Coahuila son los siguientes:
Total de población LGBT+: En Coahuila se identificaron 109,457 personas de 15 años y más que se autoidentifican como parte de la comunidad LGBTTTIQ+.
Llegamos a la XVII Marcha LGBTIQANB+ en medio de un panorama complejo. Entre empujones, gritos, disputas por protagonismos y la eterna discusión sobre quién “es dueño” de la marcha, algo queda claro: el orgullo también es territorio de tensiones. Mientras algunos reclaman pertenencias simbólicas sobre un movimiento que nació desde la resistencia colectiva, otros grupos han apostado por la organización, la profesionalización y la construcción de espacios culturales que amplían la conversación. Ahí está el festival que inicia este 20 de mayo en Casa Purcell, con más de 21 actividades gratuitas, demostrando que también se puede construir comunidad desde el arte, la memoria y la reflexión.
Pero en medio de los brillos, la lentejuela y la fiesta, existe una verdad incómoda que se resiste a desaparecer: la transmisoginia. Esa violencia sistemática que atraviesa nuestros cuerpos como mujeres trans, especialmente aquellas que sobrevivimos desde la exclusión, el trabajo sexual, la pobreza o el abandono institucional.
Porque sí, mientras algunos debaten escenarios, brillos y reflectores, hay hermanas trans que siguen muriendo lentamente. No de metáforas. No de discursos. Mueren de negligencia estructural.
Ahí está el caso de “la Vane”, nombre ficticio para una historia dolorosamente real. Durante años recurrió a modelantes estéticos inseguros para construir un cuerpo que le permitiera sobrevivir en una sociedad que exige feminidad pero castiga a quienes la encarnan desde la disidencia. Hoy vive entre dolor crónico, infecciones, inflamación, necrosis y el deterioro progresivo de su salud. Un cuerpo que alguna vez fue herramienta de supervivencia terminó convertido en un territorio de sufrimiento.
O “Violeta”, trabajadora sexual, rostro hermoso, cuerpo admirado, constantemente posicionada en plataformas donde muchas mujeres trans ofrecemos servicios para sobrevivir ante la falta de oportunidades laborales. Terminó sus días lejos de amistades y familia, acompañada únicamente por una expareja que insistía en no abandonarla. Recuerdo escucharla decir: “Manita, dime la verdad... ¿crees que me muera? Tengo miedo”. Le hablé de esperanza. Del amor incondicional. Le sostuve la mano. Una semana después murió por complicaciones relacionadas con VIH/SIDA.
Y sí, en pleno 2026 seguimos enterrando personas por una infección que, después de más de cuatro décadas, continúa cobrando vidas. Pero la pregunta incómoda es: ¿quiénes siguen muriendo? La respuesta tiene rostro, identidad de género y clase social.
Mientras tanto, emerge un activismo de escaparate: bien vestido, mediáticamente correcto, medido por vistas, coberturas y networking político. Personas provenientes de privilegios que, de pronto, deciden jugar al activismo desde problemáticas que nunca han vivido y probablemente jamás vivirán. Permanecen discretos, acumulando capital político, esperando el momento de ser lanzados a candidaturas o posiciones públicas.
No se trata de expulsar aliados. Se trata de preguntarnos: ¿quiénes están al centro de la conversación?
Porque nuestras historias arcoíris importan. Nuestros cuerpos importan. Y la resistencia verdadera sigue estando en quienes sobreviven al desempleo, a la desinformación, a la falta de acceso digno a la salud, al reconocimiento de identidad para infancias trans, a la precariedad y al abandono.
El orgullo no puede convertirse en espectáculo vacío. Si no incomoda, si no denuncia, si no abraza a quienes siguen siendo excluidas incluso dentro de la diversidad, entonces quizá ya no estamos marchando: solo estamos desfilando.