NosotrAs: Acompañar desde la gestación y la primera infancia
El juego, la música y la palabra compartida construyen vínculos afectivos desde la gestación y la primera infancia.
Escribo desde los círculos de mujeres embarazadas y las emociones que las invaden en su momento glorioso, desde los espacios de la primera infancia, donde la palabra se convierte en sostén y la música en memoria. La gestación no es solo biología: es un tiempo de encuentro profundo, un umbral entre lo visible y lo invisible, entre el sentimiento y el vínculo afectivo. Como dice María Emilia López, “el bebé recibe desde el vientre un envoltorio de palabras, caricias y emociones que lo preparan para habitar el mundo”. Ese envoltorio simbólico es también una primera experiencia de aprendizaje emocional, donde el cuerpo y la voz materna configuran la arquitectura afectiva del cerebro.
Mi práctica pedagógica se inspira en la mirada respetuosa de Emmi Pikler, quien nos recuerda que el movimiento autónomo es también libertad interior, y en Bernard Aucouturier, quien subraya la importancia del juego corporal como vía de seguridad afectiva. Estos referentes dialogan con los aportes de la neuroeducación, especialmente con las investigaciones de Francisco Mora, quien sostiene que “solo se puede aprender aquello que se ama”. Desde esta perspectiva, las emociones positivas —exploración, curiosidad, alegría, asombro— activan los circuitos neuronales que facilitan la atención y la memoria, mientras que el miedo o el estrés bloquean el aprendizaje. En cada sesión ritualizada con cantos, cuentos y cierres, busco precisamente ese clima emocional que favorece la conexión entre el cuerpo, la mente y el entorno.
No busco estructuras rígidas, sino espacios honestos y situados, donde el juego se manifieste en todo su esplendor. Allí, cada ronda, cada juego de manos, cada arrullo colectivo es un modo de hacer visible lo que suele quedar fuera: la ternura, el miedo, la resiliencia. La fenomenología y la tradición oral me enseñan que educar es también narrar, y narrar es acompañar. En la palabra compartida se abre un territorio de reconocimiento mutuo, donde la experiencia se vuelve relato y el relato se transforma en memoria.
En un mundo que acelera y fragmenta, mi apuesta es por la calma ritualizada, por la narración que sostiene, por el juego que tranquiliza, por la música que envuelve. Acompañar la gestación y la primera infancia es construir memoria compartida, abrir grietas en la página para que entren otras formas de mirar el mundo. Es también un acto político y poético: afirmar que la educación puede ser un espacio de cuidado, de belleza y de trascendencia. Allí donde el tiempo se detiene para escuchar un canto o un cuento, el cerebro y el corazón aprenden juntos, dando lugar a la posibilidad de un vínculo más humano con nuestra propia humanidad.