NosotrAs: ¿Cómo es nuestra movilidad?
Moverse por la ciudad también significa aprender a sortear el acoso, el miedo y la violencia que acompañan los trayectos de las mujeres
Tengo 30 años y la movilidad es parte de mi vida diaria. Primero vi a mi madre andar, andar conmigo y mis hermanos, y después me tocó a mí vivir mis propias experiencias siendo peatona y usuaria del transporte. Experiencias que se han ido acumulando desde la primaria hasta mi vida adulta.
Observar me hace sentir parte de esta sociedad y me lleva a tratar de comprender las vivencias de mujeres y niñas. Entiendo que la movilidad es de todos, sí, y sin demeritar las vivencias de los demás, solo me quisiera enfocar en mi experiencia como mujer usuaria del piso en el que habito y del transporte en el que me muevo.
Como mujer, hija, novia, amiga y vecina, escuchar las vivencias de nuestros traslados es una odisea. No es exageración, no es hacer menos a otros cuerpos, solo es aceptar la realidad del sistema deplorable e inseguro en el que nos movemos: un sistema con fallas y que nos debe muchísimo a las mujeres.
Un sistema en el que el acoso en el transporte público ha estado presente desde que tengo memoria. He sentido ojos hasta en la punta de mis dedos, oliendo el morbo y los pensamientos que desnudan mi cuerpo: infante, adolescente, joven y adulto. Sí, en ese orden, hasta el que sigue, sin dudarlo. Y no por disparar a ciegas, sino porque he visto a nuestras madres y abuelas vivir lo mismo. He escuchado sus vivencias cargando alfileres para picar a quien, sin vergüenza, les acercara su miembro; consejos como que la mochila cubra parte de nuestro cuerpo para que no haya roces, que vayas hasta adelante; escuchar la normalidad de la sobreprotección para llegar seguras.
Mi primer acoso lo viví en la ruta Periférico. Había asientos vacíos y un señor se sentó justamente a mi lado. Puso su mano en mi pierna, sin permiso, sin vergüenza, movió su dedo. Al enfrentarlo solo hubo un silencio, no una disculpa, no una palabra, solo una sonrisa en su cara. Se levantó y se fue. La poca gente que había escuchó, pero nadie dijo ni hizo nada.
Transporte público, taxis, transporte de aplicación, ninguno es la excepción.
Un sistema peatonal donde somos invisibles y visibles al mismo tiempo. La invisibilidad aparece frente a un automovilista al que una máquina con ruedas le dio el poder de pasar por encima de nosotras, con una prisa que los hace avanzar sin siquiera voltear a vernos. Pero, claro, la visibilidad sí la tenemos cuando somos ese objeto de consumo y el acoso y el morbo les mejoran la vista. Comienzan sus chiflidos, sus “piropos” morbosos, sus miradas y, solo por decir algo mínimo, porque para muchas fue más allá del acoso y ya no regresaron a casa.
Caminar con miedo, cargar llaves en la mano, gas pimienta, chicharras, silbatos y llevar siempre un paso acelerado. ¿Lo imaginas?
Tenía 17 años, un domingo en la mañana, alrededor de las 10-11. Venía caminando de casa de una amiga rumbo a tomar la 13B, en lo que ahora es Alsuper, tranquila y sin preocupaciones porque era de mañana, cuando de repente escuché que alguien venía corriendo detrás de mí. Mi reacción fue hacerme para un lado en caso de que fuera una persona con prisa, pero no. Apenas reaccioné cuando recibí una nalgada de un hombre que iba corriendo y que, no teniendo suficiente con hacer eso contra mi cuerpo, volteó, me gritó “preciosa” y me lanzó un beso. Me quedé inmóvil, con vergüenza y ganas de llorar.
Caminar para evitar el acoso y la deficiencia del transporte, y ser acosada caminando. Andar en bici para evitar las dos anteriores y, aun así, no estar exenta de la violencia y el acoso. Carrocentristas aventándote sus automóviles, intimidándote porque ellos van primero. Violencia y acoso, siempre hay acoso.
Entonces, ya en serio, ¿así viven su día a día?
Así como mi madre, tu madre, tu abuela y tus tías, cargándonos, cargando nuestros pequeños cuerpos, una bolsa y una pañalera. Sosteniendo en el cuerpo el cansancio, el dolor de espalda y ese dolor que pesa en la esperanza de salir adelante, de llegar a donde tienen que llegar, de sostenerse cuando un sistema de transporte que debe ser un apoyo se vuelve una carga más. No conformes con transportes insuficientes, con fallas mecánicas y con precios elevados, para nosotras las mujeres siempre hay un pesar más.
Mis mujeres y yo siempre buscamos cómo resolver: andar a pie por necesidad, contar pesitos para completar la combi. Siempre hay maneras, pero ¿qué pasa cuando salir es siempre vivir con acoso y violencia? Solo nos adaptamos y encontramos formas de mantenernos “a salvo”.
El acoso, la violencia y la discriminación no se resuelven con asientos rosas, con asientos prioritarios para adultas mayores o embarazadas, con botones de emergencia inservibles. Se resuelven escuchando lo que gritamos día a día.
La invito a seguir gritando, aunque sea tedioso, nos dé coraje y nos cause impotencia. El sistema y el patriarcado no merecen más nuestra incomodidad y silencio. Merecemos más, merecemos solidaridad y empatía, merecemos ser escuchadas y merecemos dejar de ser violentadas. Merecemos movernos de formas libres y seguras.