NosotrAs: cuando defender la dignidad cuesta el trabajo
Ninguna mujer debería elegir entre conservar su empleo o defender su dignidad. Cuando denunciar un entorno hostil se castiga con represalias, el problema deja de ser individual y se convierte en institucional
En plena celebración del Festival Internacional de las Artes en nuestra ciudad de Saltillo, mientras unas artistas celebran, otras somos silenciadas. Recientemente, en el aniversario de la Orquesta Metropolitana, interpretamos el Cuarteto No. 8 de Shostakovich. Esta obra, cargada de crudeza, evoca la censura y el asedio que sufrieron artistas bajo el régimen estalinista. Resulta alarmante que, en nuestra propia realidad, se repliquen prácticas autoritarias por parte del director de la Orquesta Filarmónica del Desierto (OFDC), Natanael Espinoza.
Hace unos días viví una situación que vulneró mi dignidad como mujer y violinista profesional. La Filarmónica nunca nos notificó el contenido de un artista con quien colaboraríamos en una grabación. Al escuchar la guía descubrimos letras que promovían la apología del delito, la violencia, contenido sexual y una profunda misoginia. Además, algunos invitados consumían alcohol, vapeaban y hacían comentarios obscenos. Sin previo aviso, compartíamos escenario con un intérprete con antecedentes delictivos. Por profesionalismo, me quedé en mi silla soportando un entorno hostil para las mujeres, ante la total indiferencia de nuestro director.
Al día siguiente, mi pareja —también integrante de la OFDC— y yo reportamos la situación ante la Secretaría de Cultura, manifestando nuestra negativa a participar en un contenido que vulneraba nuestra integridad. Aunque la titular de la dependencia sugirió detener la grabación, la dirección artística decidió continuar.
El 18 de junio nos citaron en las oficinas de la Filarmónica. La respuesta no fue una disculpa, sino nuestro despido bajo el argumento de “incumplir órdenes” e intentar “sabotear” el proyecto.
Al confrontar al director le dije: “Le aseguro que hasta usted estuvo incómodo”, a lo que respondió: “Sí, maestra, pero somos un equipo”. Me pregunto: ¿Desde cuándo una mujer debe tolerar discursos misóginos en su espacio de trabajo para conservar su empleo? ¿No es incongruente que se nos despida por supuesta insubordinación mientras un funcionario desobedece una instrucción sin consecuencia alguna?
Después de nuestro despido, la dirección informó que la dependencia no difundiría el material y que las y los músicos podrían solicitar que su imagen no apareciera. Sin embargo, quienes advertimos del problema seguimos despedidos y quienes nos respaldaron enfrentan represalias.
A la comunidad artística le pregunto: ¿Seguiremos enalteciendo liderazgos autoritarios y violentos? Al Gobernador del Estado: ¿Por qué las trabajadoras y trabajadores del estado debemos tolerar un entorno hostil para conservar nuestro empleo? ¿Quién supervisa las colaboraciones de la Filarmónica y por qué se facilitan recursos públicos para promover discursos que denigran?
Callar a un artista es apagar la voz de toda una sociedad. No nos callemos porque el silencio nos hace cómplices; la solidaridad nos hace libres. Saltillo no puede seguir aplaudiendo a personajes que silencian a quienes defendemos nuestra integridad, y mucho menos seguir fomentando las dictaduras orquestales en pleno siglo XXI.