NosotrAs: De tradwifes y dinero
Hablar de lo que ganamos, ahorramos e invertimos también es hablar de autonomía
—¿A poco sus mamás sí saben cuánto dinero ganan sus papás? —nos dijo una compañera de la carrera a mi mejor amiga y a mí.
—¿Por qué no lo sabrían? —contesté yo.
Últimamente he pensado mucho en esa conversación por culpa de una nueva tendencia en redes sociales: las tradwives. Una tendencia que busca contagiar a toda Latinoamérica con ideas conservadoras y de ultraderecha.
Después de años de vendernos la idea de que todas debíamos aspirar a ser una girl boss, pues se necesitaba la mano de obra barata de las mujeres, quienes durante 2024 en México ganaron únicamente 65 centavos por cada peso que ganó un hombre, según el INEGI, cifra que se agrava debido a la penalización por maternidad o en el caso de las mujeres indígenas.
Hoy, con el auge de la inteligencia artificial, se nos motiva a volver a los “valores tradicionales”: ser buenas mujeres, quedarnos en casa a atender a nuestros maridos como Dios manda, mientras realizamos todas las labores de cuidado no remuneradas y horneamos pan de masa madre.
Pero ¿qué implica ser una tradwife? En resumen, renunciar a la independencia económica para dedicarse únicamente al hogar.
¿Y será que realmente queremos eso? ¿O únicamente queremos la paz de una vida materialmente cómoda, en la que no tengamos que preocuparnos por un trabajo mal pagado de ocho horas diarias para después llegar a casa a hacer un doble turno lavando trastes y ropa, y cocinando?
¿O será que lo que hace atractiva la figura de la tradwife no es volver a depender de un hombre, sino la casa, la cocina de Pinterest, el tiempo libre y, sobre todo, la sensación de que el dinero nunca será el problema?
Sin embargo, estudios en Australia, Reino Unido y EUA nos muestran otra cosa. En estos lugares, la población que más ha incrementado las listas de nuevas personas sin hogar son mujeres que, durante las últimas décadas, ya jugaron este juego: se despidieron de su independencia económica para sostener su hogar, confiando en que el matrimonio sería su red de seguridad de por vida, y hoy, pasados los 50 años, terminan en la calle tras un divorcio. Incluso las que tuvieron la suerte de tener a su lado a un “buen hombre” enfrentan la misma desprotección al quedar viudas.
¿Qué pretendo con esta columna? Mostrar que la tradwife con vida “perfecta” que ves en redes y la mujer sin hogar tras un divorcio empezaron en el mismo lugar: normalizando que el dinero era asunto de alguien más.
Por eso, hoy que acabes de leerme, comienza a hablar de dinero. Con tu amiga, tu compañera de trabajo, tu pareja. Pregúntales cuánto ganan, para qué están ahorrando, si alguna vez han pensado en invertir.
Toda la vida nos han hecho creer que hablar de dinero es de mala educación. Pero, spoiler: no lo es. Solo nos han hecho creer eso para quitarnos el poder y la seguridad que el dinero puede darnos.